Konga, callejón de los espejos, en el Maipo
Podríamos decir que estábamos ante un artista mayor en un género considerado menor. Todas estas cualidades reaparecen en «Konga, callejón de los espejos», que se ofrece en el Maipo Club, en el segundo piso sobre el teatro Maipo. Como en «Segundo piso ascensor, casa de citas» podemos escribir ahora que todo «refulge sobre el raso o el satén, desde los omnipresentes rojos y negros a los ocres que, suspendidos en el aire como por arañas geómetras, compensan a ingrávidos azules. Los destellos son sombríos, como si en los reflejos de las lámparas apareciera cada tanto la perla de una gota de veneno. La atmósfera es calma, cargada de un erotismo restringido». También podemos ahora señalar la originalidad en el travestismo, que es donde Casanovas Solá logran su mayor impacto. Los hombres están vestidos de mujer y los trajes son elegantes y sugerentes, pero nunca sensuales; las sombras de los ojos están marcadas más allá de lo usual en una mujer, lo que hace más inquietante la mirada, que es masculina; y el centro de gravedad de los cuerpos y el andar son delicadamente femeninos, pero sin subrayados. Hay una «brisa inquieta que parece venir de las procesiones de «Eyes Wide shut» de Stanley Kubrick pasadas por los dibujos de Aubrey Beardsley: una sensación de crepúsculos alertas y fiestas derrotadas». Destacamos un esquicio muy inteligente, a cargo del mismo Jean François Casanovas, que lo comienza vestido de hombre para pasar a ser mujer en medio minuto, sin que se vea el punto de transición. No hay tanta distancia entre ambos sexos, parece decir Casanovas, más elocuente así en favor de la libertad, del derecho a ser homosexual o bisexual, que la ingrata e hipócrita «diversidad sexual» y las demostraciones de «orgullo gay».
Konga…» es un claro ascenso en relación a «2º. Piso ascensor, casa de citas». En particular la labor de Eduardo Solá es superior a la que le vimos en la obra anterior: no tienen una sola falla. Es muy competente como pianista; pero destacamos la hilarante lectura de la carta de un niño a Papá Noel, del que esperaba una computadora y una bicicleta, donde la chispa del libreto está en zaherir, mostrándola como lo que es, un gesto infantil, a la coprolalia reinante en los espectáculos llamados «cómicos». Cada una de las «malas palabras» que escribe el niño, y creemos que están todas, en una masa informe que nada significa, fue dicha por Solá a enorme distancia de la dicción corriente, y con un gesto de urbano desagrado que significaba, asociándonos a su justo menosprecio: «¿Qué quiere decir esto?» En las brillantes imitaciones, recordamos la muy lograda evocación de «Gilda» y de Rita Hayworth, con su traje negro y el guante que se desliza sinuoso, a lo largo del brazo, la de Edith Piaf, aguda y tierna, y, para mayores solamente, la resurrección en un escenario de la ingenua Betty Boop.
No necesitamos decir cuáles son nuestras preferencias en materia de espectáculo. Pero si los lectores están en Buenos Aires, han apreciado a «Caviar» y quieren disfrutar de una hora y media de animada diversión, de entretenimiento y de buen gusto, todo ello presentado con brillos de vestuario y color, «Konga, el callejón de los espejos» será una buena elección. *
KONGA, CALLEJON DE LOS ESPEJOS, de Jean François Casanovas y Eduardo Solá, con Jean François Casanovas, Eduardo Solá, Sandy Brandauer, Daniel Busato, Omar Mamani, Diego Nocera, Lucas González, Martín Vojacek. Iluminación y banda de sonido de Jean François Casanovas, diseño de plumas de Eduardo Solá, arreglos musicales de Solá. En Maipo Club, Esmeralda No. 443, 2º piso.
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