Antes y después de un gran filme
El manicomio era el planeta entero y los locos gente que quería salvarse del horror de vivir en medio de la represión absurda y desarticulada. (En muchos países se han suprimido los manicomios, como si a nadie le interesara que el loco estuviese debidamente etiquetado).
Todavía no habían construido Guantánamo ni George W. Bush se había proclamado emperador del universo como en una versión mejorada y ampliada de «La guerra de las galaxias». Nadie sabe hoy dónde están los malos y quiénes son los buenos. El cine con sus peripecias políticas-taquilleras obliga a un maniqueísmo primario y pusilánime entre el bien y el mal.
Alguien voló sobre el nido del cuco y dejó huellas profundas en la gente que piensa, es decir uno por ciento de la humanidad, lo que no es mucho para ganarse la vida con la taquilla.
Nos pegó en el hígado a quienes teníamos edad suficiente para comprender una parábola fuerte y sin remilgos y años bastantes para poder convertirnos en uno de los compañeros de Jack Nicholson, retorcidos por la represión de un ente político-social que ya entonces no admitía los francotiradores.
Para Jack Nicholson, probablemente aquel filme marcó un antes y un después. A partir de entonces, su aspecto de chiflado sin compasión se ha acentuado actuación tras actuación. Y le ha mejorado como actor y tal vez hasta como persona. ¿Será eso la locura?
Don Quijote estaba profundamente demente y todavía hoy es el héroe de referencia lejos de Itaca y de las calles de Dublín de James Joyce.
El médico, que no estoy seguro de que hubiese hecho gracia a Molière, que prefería a sus enfermos imaginarios y a sus doctores de mentirijilla -aunque tenía frases como ésta: «Es cosa admirable que todos los grandes hombres tengan siempre alguna ventolera, algún granito de locura mezclado con su ciencia»-, asegura que no me estoy volviendo loco.
Y si insisto en que estoy metido en el túnel de nunca volverás se pone sarcástico. Eres un pretencioso, mira que creer que cualquiera puede volverse loco. La locura hay que merecerla. Es un grado de sabiduría que no se alcanza sólo queriendo. Repito, hay que merecerlo.
El pasado 13 de julio estuve viendo a un psiquiatra que me recomendó un amigo, igualmente candidato a la locura. El tipo me gustó porque tenía aspecto de loco de película mala.
Durante una hora me interrogó, me miró como si se dispusiese a pedirme una cita para salir juntos y, al final, después de haberse embolsado los 100 euros de la consulta decretó: Puede estar tranquilo, usted no está loco, ni mucho menos.
Me fui pegando un portazo. Los médicos no saben distinguir la locura porque ese estado huele a represión y porque ellos ignoran que mi máxima ambición es que me proclamen oficialmente loco.
Quiero escapar al raciocinio, a la realidad, convertirme en un inocente, esos tontos que todavía existen en algunos pueblos y son vistos y tratados con el cariño de la condescendencia. No quiero tener que pensar. No quiero que nadie me cargue de culpas y de responsabilidades. Quiero estar loco. Estoy loco.
Me ocurrió hace ya veinte años cuando miraba un coche verde Peugeot modelo 65 que se estrellaba al ralentí contra la tapia de una propiedad fastuosa donde el dueño mimaba probablemente plantas de adormidera traídas de un lejano Laos, cuando la guerra de Indochina dejaba que los hombres eligiesen.
Desde entonces me volví tonto. Seguí escribiendo pero nada más que para decir tontadas, gritar, aullar y asustar a editores que sueñan con la paz. Como si la paz no fuese la locura.
Al mismo tiempo creció en mí una aversión patológica por la gente, tan grande que un amigo médico, en la confidencia de cuatro güisquis con cine, lejos del estetoscopio oficial, me aseguró que Kafka con su monstruosa cucaracha había tenido más compasión que yo por la humanidad.
El otro psiquiatra, el del portazo, cuando ya se le acababan los argumentos freudianos y lacanianos tuvo una gran idea: Si usted cree tanto en Dios, arréglese con él. Pero en ese momento Dios no pudo atenderme porque asistía a una conferencia sobre medio ambiente con Bush.
Tal vez ni siquiera se hubiese enterado de que su hijo Jesús fue crucificado en una tierra que con los años se ha convertido en un matadero más o menos municipal donde ya no se sabe o nadie quiere saber quién mata a quién y por qué. Da igual.
Quisiera que por lo menos asimilasen mi caso al PTSD (Post-Traumatic Stress Disorder) con lo cual me dejarían estar loco. Pero dicen que no, que yo no estuve en Vietnam, ni siquiera en Irak. Perra vida, hubiese mascullado Céline.
Pero Céline no ha inventado todo el horror. Cuando huyes de tu casa con 40 grados centígrados a la sombra y crees refugiarte en un parque que antes conocías allá en lo más profundo del sur de España, en una ciudad-pueblo llamada Fuengirola, te das cuenta de que todo ha cambiado.
De los árboles que antes te procuraban la cordura de la sombra no quedan más que unos pocos y los bancos han sido reemplazados por lápidas mortuorias de granito gris que impide al mendigo de turno echar un sueño.
Lo único que han dejado los hunos del modernismo arquitectónico es un trozo de columpio al que una niña con pantalón verde y chaquetilla rosa imprime un infinito pasar. Crujen los rodamientos, suponiendo que los tenga, y las cadenas que no parecen querer romperse.
A tres metros, su papá la contempla embelesado desde un carricoche con motor y ruedas, del que nunca podrá moverse. Sonríe debajo de unas gafas negras que parecen ocultar sus piernas sin vida. Sonríe como si estuviese vivo. Como yo hace un rato, cuando se me ocurrió romper mi llanto en una exposición municipal de cuadros.
Me senté para reponerme de la angustiosa visión de una Mona Lisa completamente desfigurada -lo que ya es difícil- y de cuadros mojados en la impertinencia del talento nunca adquirido. Quedé tan embelesado que de pronto oí el crujido de una cerradura. Me levanté corriendo. Me habían encerrado en aquella infame exposición de inmadura estupidez.
Aporreé la puerta de cristal como el personaje de Kafka cuando sabe que es un escarabajo. Por fin llegó una minifaldera atosigada por mil golpes inoportunos. Me explicó con toda la tozudez de una mente enfangada en la inopia que había cerrado porque eran las tres. ¡Y como no venía nunca nadie! Salí huyendo.
Unas horas antes, en la playa había estado a punto de ahogarme. Los sádicos empleados de la municipalidad habían horadado trampas mortales en el fondo de las olas, allí donde no existían. Era viernes y 13. *
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