CANCION DE CUNA PARA UN ANARQUISTA, DE JORGE DIAZ, EN EL GALPON

Romance sin palabras, pero muy entrecortado

Una de las más frecuentes modas de hoy es jugar a las escondidas. No se dice quién escribe (o habla) la novela hasta la página 85; otra, que suele acompañarla, es la de mentar a Susana o Raquel, persona a la que parece asignarse importancia, de la página 1 a la 20, sin decirnos ni quién es ni qué hace hasta el final, donde resulta que nada importa. Una tercera, no menos repudiable (visible en el filme «La vie en rose», sobre Edith Piaf, éxtasis de nuestras plateas) es saltar en el tiempo sin razón ni sentido, de comienzo a fin, del fin hacia el medio y luego para los costados y hacia arriba, como si el narrador fuera víctima, mientras escribe, de descargas eléctricas. La peor de todas es la que deliberadamente confunde realidad con ficción: se habla de Eva Perón («Santa Evita» de Tomás Eloy Martínez, uno de los ejemplos más cargosos), se cuenta su vida, se fantasea, se divaga; sólo porque no vemos en las últimas páginas la otra plaga de la densa bibliografía, nos damos cuenta de que aquello es ficción. No se tiene la decencia de demarcar el terreno, de decirnos, con la necesaria franqueza, hasta dónde es historia y desde dónde es ficción. A veces estas zancadillas al lector o al espectador se hacen en el cine, como en «Una mente brillante», donde nos muestran como real al personaje de Ed Harris hasta que al final nos dicen que vimos, por una concesión especial del autor de la obra, el delirio del protagonista. Como se comprende, estos trucos aparecen cuando los autores descreen de los méritos de la historia que emprendieron contar y tienden una trampa a toda posible crítica. Si uno dice: «¿Pero Delmira Agustini (o Batlle, o Saravia, o Lugones, o Santa Teresita, o Jesucristo) hizo eso? ¿Pensó eso?» la réplica prehecha es «¡Pero señor crítico! ¿no comprende que esta obra es ficción?» Y si uno pide coherencia, organización, belleza, algo hermoso construido con la realidad pero que debería crear una realidad distinta mejor, la réplica, falsamente modesta, falsamente resignada, es: «La persona histórica» (Delmira, Batlle, etc.) «era así, los hechos fueron así».

«Canción de cuna para un anarquista» confunde; pero confunde deliberadamente. Díaz demora en decir a quién estamos viendo salir de un mausoleo justo cuando la viuda visita la tumba del marido. Ese personaje, Balbuena (Walter Rey) parece vivir hace setenta años; la mujer, Rosaura (Maruja Fernández) parece actual, pero vestida a lo antiguo. Cada uno habla por su lado. No se miran, pero parece que dialogan. Para mayor claridad, la escena está llena de humo. A duras penas entendemos, o creemos entender, que el anarquista ama a la mujer, o que la amó, o que podría amarla… El anarquista proyecta matar a Hitler con una bomba. Da los detalles. Ella sigue estática. El se arrastra por el piso, enrollando y desenrollando sin fin un lienzo. Cuenta algo de su vida. Nada cambia. Cada tanto volvemos al tren que conduce a Hitler a Hendaya, el tren que el anarquista volará pero que nosotros sabemos que no pudo volar.

Estamos convencidos de que la atención que se presta a la obra de Jorge Díaz (nacido en Rosario, Argentina, 1930), del que sólo conocíamos «El cepillo de dientes», es inmerecida. No hay una situación dramática; no hay un momento de emoción; no hay un rasgo de ingenio verbal; no hay una réplica justa. Después de la primera media hora, cuando ya se ve que la «acción» no va a avanzar un centímetro más, y que nadie nos salva de más y mejor cementerio, la mayoría de los espectadores del día del estreno miran sus relojes.

Los ámbitos misteriosos atraen a Sergio Lazzo. Pero los misterios deben ser clarificados y los enigmas resueltos. La posible poesía de lo indefinido, de lo vagaroso, no funciona en teatro. Dudamos que funcione en algún género. Recibimos una invitación a caminar entre nubes; pero el hombre busca los cielos claros. La actuación, a cargo de buenos actores, no pudo superar las limitaciones de los personajes. *

CANCION DE CUNA PARA UN ANARQUISTA, de Jorge Díaz, por El Galpón, con Maruja Fernández y Walter Rey. Escenografía y vestuario de Raúl Acosta, iluminación y banda sonora de Fernando Tabaylain, canción de cuna de Alfredo de Vita,   dirección general de Sergio Lazzo. Estreno del 4 de agosto, Teatro El Galpón, sala Cero.

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