Un zoológico invertebrado
Una clave está en la escenografía (Lil Cetraro y Martín Banda), abstracta, impersonal, por demás simplificada, sin ninguno de los muchos y hasta rebuscados detalles que indicó el autor; tantos son, que uno se pregunta por qué el director (Dumas Lerena) los juzgó irrelevantes o secundarios. Williams ordena mostrar apartamentos con las conocidas escaleras de incendio, que según el autor son una sugestión poética, porque «…todos estos grandes edificios están ardiendo con los fuegos de la desesperación humana». Las transparencias, que también indica, mostrarán el cruce de lo real con lo soñado o evocado; la colisión del mundo, aparentemente tan fuerte, de las escuelas de negocios y de oratoria con el universo, tan visiblemente frágil, de los zoológicos de cristal.
Pero la pieza pudo sobrevivir a la simplificación de la escenografía y a la supresión de las leyendas que se le superponen, con una adecuación mayor del texto a la perspectiva histórica. Muchas cosas eran evidentes cuando Williams escribió su obra; otras recién lo son ahora, con el cambio de proporciones y el realce del tiempo transcurrido. Es muy clara la oposición dialéctica del viejo Sur, derrotado pero que se resiste a morir, con los cargosos recuerdos de Amanda (Nidia Telles) de su juventud en Blue Mountain, lidiando con diecisiete pretendientes, casi a pura conversación. El mundo semifeudal de las plantaciones ha perdido la batalla contra la industria y el comercio que se enseñorearon de la vida. Literalmente, las virtudes del Sur, como las del Antiguo Régimen, o sea «…la devoción mística y piadosa, el ardor caballeresco y la tímida melancolía, han sido ahogadas en las aguas heladas del cálculo egoísta» (Marx y Engels, «Manifiesto del partido comunista»). Vemos las víctimas: una de ellas es Laura (Natalia Chiarelli), la hija, con su pie defectuoso, porque no tiene belleza que vender y se quedará soltera. Está sumergida en un pasado inmóvil, simbolizado en el rígido zoológico de cristal. Amanda vive en la ilusión de un pasado a revivir, donde los problemáticos pretendientes de su hija soltera llamarán a la puerta con un ramo de flores en la mano. Sabe que el mundo de los pioneros antes y luego el viejo Sur, donde se disponía de tanto personal de servicio que nunca se aprendía a hacer nada que valiera, está siendo arrollado por la civilización del dinero. No se le escapa a Amanda la carga económica de la hija soltera para la familia: trata, en vano, de que estudie dactilografía, porque de otro modo deberá resignarse a vivir bajo la égida de un cuñado o cuñada, en cuartos como ratoneras. El mundo de Amanda es un mundo reprimido: reprime, hasta que ya no puede más, toda mención a la discapacidad de Laura; también padece y ejerce la represión sexual, ella rechaza «ese repelente libro del insano Mr. Lawrence», que no puede ser otro que «El amante de Lady Chatterley». Sintomáticamente, Amanda no se casa con un plantador de algodón, todavía semifeudal: fue hechizada, en cambio, por un empleado de la moderna compañía de teléfonos.
A su lado, su hijo Tom (Gabriel Hermano) no logra ningún equilibrio. Ama la poesía: es despedido del depósito donde trabaja por escribir un poema en el envoltorio de una caja de zapatos. Vive atontado por el cine, que consume como una droga; se refugia en el alcohol; finalmente huye, para no volver. Se convertirá en una réplica del padre, que abandonó a la familia y que todavía muestra su encanto irresistible desde una fotografía. Pero es con el cuarto protagonista, Jim O’Connor (Alejandro Martínez), con el que Williams muestra las cartas. Jim ha sido catequizado por el capitalismo rampante. Su ideal es el ejecutivo, el hombre de negocios. Lo oímos hablar y pensamos en seguida en Dale Carnegie. Nos parece muy clara la vinculación de su célebre libro «Cómo ganar amigos e influir sobre los hombres de negocios» con la conducta de Jim. El libro de Carnegie es de 1936: en tanto se escribía «El zoo de cristal», cuando se estrenó y aún más allá, este libro de autoayuda no abandonó la lista de «best sellers» del New York Times, posición que conservó por diez años (1936 -1946).
Jim, con sus cursos de oratoria, con su fe en la autoestima, con su pensamiento «positivo» es un retrato del hombre que proyecta Dale Carnegie; y, de paso, Williams desliza una pulla contra ese pensamiento optimista, cuando adelanta que Jim, con los años, no va a conseguir nada mucho mejor que el empleo de Tom en el depósito. Jim es, por supuesto, un bruto sin remedio, que de buenas a primeras golpea a Laura con uno de los lugares comunes más molestos de la seudo psicología, su «complejo de inferioridad», que hoy se llamaría su «baja autoestima». Y cuando se asoma al mundo, para él temible y prohibido, de la intimidad, del asomarse a otra alma, de la verdadera vida, en un único momento de auténtica comunicación, Jim retrocede espantado ante el temor de ser devorado por ese universo en extinción y saca a relucir su compromiso con Betty, de quien cree estar enamorado (esos encuentros únicos atrajeron a Williams; hay un claro parecido con el encuentro de Hanna Jelkes y Shannon en «La noche de la iguana»). Pero Jim, aún sin quererlo, ha logrado romper el unicornio del zoológico de cristal; aún ha destruido a Laura, que ya pertenecía a una especie en extinción. Algo tan delicado que, como dice ella, el solo aliento lo quiebra.
Privada de su armazón social y su trasfondo económico, la obra palidece. Los actores muestran, todos ellos, sus aptitudes, pero sin la columna vertebral de una visión histórica de la pieza, sólo queda un cuento triste. Una anécdota fría, con tan poca vida como el zoológico de cristal.
EL ZOO DE CRISTAL, de Tennessee Williams, en traducción de Antonio Larreta, con Nidia Telles, Gabriel Hermano, Natalia Chiarelli y Alejandro Martínez. Escenografía de Lil Cetrazo y Martín Banda, ambientación sonora de Fernando Condon, vestuario de Diego Aguirregaray, iluminación de Martín Blanchet, desplazamiento coreográfico de César García, dirección de Dumas Lerena. Estreno del 26 de julio, teatro Alianza.
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