Otras diez obras
Pão e circo
Por la Caravana Cultural Circo Girasol y la Compañía teatral «Ato Sereno», de Porto Alegre, dirección de Dilmar Messias, en la tradición de los circos itinerantes sudamericanos ofreció, a la vez, acrobacias y teatro.
Bajo su carpa, montada a la entrada del shopping horizontal «Distrito Comercial Navegantes», una joven cantaba dulcemente, los volatineros se ubicaban en los trapecios y se colgaban de las largas telas rojas que usan como cuerdas, y también se cuenta una tierna historia de una familia de payasos, cuya anécdota elude los lugares comunes del género: el padre ama a su esposa y a sus hijos; su peluca es de trapo y su nariz es roja; todos carecen felizmente de lágrimas pintadas, tropezones y puntapiés en el trasero.
Sin voces
De Elena Vinelli (libreto) y Marcelo Delgado (música) por el Centro de Experimentación del Teatro Colón de Buenos Aires, Argentina, con dirección de Emilio García Wehbi, se instaló en el galpón «K» del D. C. Navegantes, no sin demoler parte de una pared, para mostrar una abertura ruinosa en la parejamente ruinosa escenografía.
Hay una orquesta en vivo, una cantante clásica, un techo con goteras, luces de espectrales a siniestras, vestuario en cueros, y si acaso de prendas de cuero y metal, entre Mad Max y los filmes pornosádicos, una criatura con una máscara asiria o azteca y un prominente falo conduce a una mujer sojuzgada (estilo Pozzo – Lucky) y al fin muy machucada (Maricel Alvarez) que a sus ratos escribe en las paredes «Dies irae» «Ex nihilio nihil» y «Mehr licht!»
Finalmente hay un cerdo muerto, luego decapitado (similar a La Oresteia de Castellucci) y aún crucificado; hay tragafuegos, hombres con heridas abiertas en la espalda donde se vierten líquidos rojizos; todos los actores se embadurnan de arcilla, ruedan por el piso…
El argumento es la historia de Caín y Abel, transformados, toda una demostración de ingenio, en Cael y Abín; el diálogo se dijo en ese tono mate, de moda, que despoja de color y calor a la palabra humana y la sustituye por una especie de fluir de regaderas. Citemos al azar algunos fragmentos: «El lugar donde nos pusieron no es un lugar», «Nuestro cielo es ambiguo como el lado de adentro de un cuerno», «Las espaldas tatuadas por un clavo de olor».
El balance final de esta y otras similares piezas del Festival registra un experimento en incomunicación, que se produce especialmente entre el escenario y la platea.
Beckettiana
Dos obras breves de Samuel Beckett, puesta en escena de Rubens Rusche y actuación de Linneu Dias, fue de lo mejor del festival. La acción dramática se hace poesía y la poesía se hace teatro, cerrando la separación artificial de ambos géneros.
Es teatro esencial, despojado de todos los adornos que lo debilitan: en la primera de las obras, hay sólo un rostro, una máscara, y voces en off que dicen de la soledad y el adiós al mundo; en la segunda, Dias, inmóvil, dice el magistral texto y valoriza al máximo, con el autor, el mejor instrumento del teatro, la palabra.
Bugiaria, o El proceso de João Cointa
De Moacir Chaves (por la «Pessima Companhia» de Rio de Janeiro), se ofreció en el Teatro San Pedro, pero es similar a Sin Voces en su concepción y efecto.
La acción se abre sobre trastos de relictos, harapos miserables, cajones rotos, cestos inútiles y valijas vacías, desorden que los actores subrayan con puntapiés y diversos lanzamientos de objetos varios para cualquier lado.
Se cuenta una historia que alude a la religión, como en la anterior obra de Chaves sobre los sermones del Padre Antonio Vieira Sermón del miércoles de ceniza, y en particular a un proceso de la inquisición. Los actores divagan, cantan, improvisan, bromean; aburren. Al final uno de ellos, de pie frente a los espectadores, narra el final del proceso.
La obra ni siquiera es antirreligiosa, lo que la proveería de un rumbo; es un craso ejemplo de lo que Hannah Arendt llamó la banalización del mal: la reducción de episodios atroces a momentos cómicos o tontos. Como Sin Voces fantasea con el sadismo y la violencia, Bugiaria hace de una historia de horror, que prefigura a Auschwitz, una ocasión de broma y jolgorio.
Oscar Wilde
De Elías Andreato, dirección de Vivien Buckup, de São Paulo, pone en escena De Profundis. La larga carta o breve tratado que escribe Wilde a Lord Alfred Douglas desde la cárcel de Reading.
El libretista, que también interpreta a Wilde, espiga en la obra sin llegar más allá de la cáscara, lejos de la revaluación del dolor y del sufrimiento como una parte esencial de la vida humana que es la esencia del libro: hace exactamente lo que hace el hombre de hoy, tan similar en más de un aspecto al Wilde de las horas doradas, que niega la realidad con el narcisimo del culto de la propia belleza física, con la discriminación del enfermo, el acoso de los ancianos, la negación del pobre, la muerte médica de los moribundos, la proscripción de toda mención a la lucha de clases y hasta a las clases sociales. Andreato paga tributo a lo que terminó con Wilde, y prefiere la chispa de sus epigramas a sus hondas reflexiones.
Salt
Del ballet canadiense Lalala Human Steps que dirige Ãdouard Lock, tuvo votos a favor, unánimes, en cuestión de técnica. Los bailarines manejan sus cuerpos con energía, gracia y precisión, son capaces de cualquier pirueta, salto y casi hasta levitación: la velocidad de sus movimientos deja atrás a nuestras lentas retinas, que ven como simultáneas posiciones sucesivas de piernas y brazos y nos presenta seres fantásticos con alas como pájaros y aletas como peces.
Pero, agotado el repertorio del asombro, esperamos inútilmente que el espectáculo comience, por fin; pero no encontramos en los 75 minutos que dura Salt ni el comienzo de una idea. La música (piano, violoncello y guitarra eléctrica), se apoya por demás en la percusión, no tolera melodías, golpea sin piedad. Es un estilo monástico (los hombres actúan vestidos con saco, chaleco y pantalón, las mujeres con trajes más pequeños pero asaz discretos) pero el espectador es abandonado en la puerta del templo, como un feligrés madrugador extraviado en los maitines. La iluminación, con cuatro o cinco luces, sólo permitió entrever las figuras de los bailarines, y ninguna luz rasante u horizontal dio relieve a los rostros, que se perdieron en la penumbra rojo y negro del teatro SESI. La sensación final es de respeto; pero un respeto que dice de dioses remotos e inaccesibles.
Mehrdas, presidentas, o Mehr da Presidentas
Del escritor suizo Werner Schwab (1958-1994) es también una obra del inquieto, activo e imaginativo creador Camilo de Lélis, un riograndense al que nuestro público debe la magnífica opera rock Jacobina y del que hemos visto obras tan sólidas y bien presentadas como Uma bota e sua méia de Achtenbruch o El extraño Señor Paulo de Tankred Dorst, considerada por «Clarín» una de las mejores obras del Primer Festival de Teatro de Buenos Aires.
La pieza original presentó tres mujeres que conversan en una cocina; Camilo potenció la idea y las confinó en tres water closets colgados del techo como jaulas que también pueden ser oratorios donde cumplen a lo largo de toda la obra las funciones digestivas finales. Una de ellas (Renata de Lélis) tiene delirios místicos, otra trata una anécdota personal de matices políticos. Como desenlace, hay un cambio de identidades y reaparecen unos monjes budistas o tibetanos que prologaron la pieza.
No nos aflige el reiterado tema, pero las costumbres modernas, pese a las sugestiones de Buñuel reservan la evacuación a una zona muy privad
a de la vida. Se fractura la percepción, es verdad, hay un llamado de un mundo extraño, el ángulo de visión cambia. Pero como nada sucede, el salto mortal que propone De Lélis es en el vacío. La pieza se ensombrece sin ganar en densidad, se enrarece antes de haber conquistado al espectador. Si la percusión de Salt aburre, los trombones de Mehrdas, presidentas dejan de oírse muy pronto.
Viva o povo brasileiro
Del Grupo Ponto de Partida, de Barbacena, Minas Gerais, es conocida de nuestro público por su presentación en nuestro teatro «El Galpón», es una cálida recorrida histórica y musical de la formación del Brasil contemporáneo –algo similar al «descobrimento» de Luciano Alabarse–; está dirigida en forma tan magistral como artesanal por Regina Bertola. El elenco es sustancialmente el mismo, y participa en la parte instrumental el sobresaliente guitarrista Gilvan de Oliveira.
Anjos duros
De Luiz Valcazaras, que también la dirige, narra la apasionante vida de la psiquiatra brasilera Nise Silveira; al trasluz puede leerse la vida de la actriz que interpreta la obra, Berta Zemel, alejada de los escenarios, por decisión propia, durante veinticinco años. Zemel es sobria, expresiva, comunicativa, de rostro peculiar pero atrayente; brinda una clase magistral de actuación. La obra, sin calzar los puntos de la actriz, es inteligente, con escenas bien seleccionadas y está bien construida.
El Festival fue, como su nombre lo adelanta, una fiesta de teatro, con espectáculos que alcanzaron la perfección y que por sí solos lo justificarían.
Nos ha permitido conocer mucho mejor el teatro del Brasil: hemos comprendido más cabalmente la integridad moral, la calidad artística, la energía con que se empeñan noblemente en transformar al hombre y cambiar el mundo Zé Celso Martínez Correa (Boca de Ouro) y del Grupo Oi Nóis Aquí Traveiz (Máquina Hamlet).
Su devoción por el teatro, su absoluto desdén por las delicias imaginarias de la boletería, honran a las tablas y las inundan de alegría y felicidad. En la luminosa minoría a que pertenecen, brilla, al fin pero no el menor, con luz propia, el organizador y director del Festival, Luciano Alabarse. Es para todos ellos, y en general para todos los que profesen la necesidad de la unión del pensamiento y la vida, va toda nuestra admiración y nuestro afecto.
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