"Kid A", el nuevo disco de Radiohead

Contra toda despersonalización

Thom Yorke, ese pequeño con rostro de duende, es de esos intelectuales que promueve secuencialmente la cultura rock para determinar desmarques e imparidades y, al mismo tiempo, determinar la sonoridad de una época. Y por supuesto su banda Radiohead es el equivalente a un proyecto superlativo de rock: una posición que los separa de la media porque se trata de esos que son todos oídos y practican lecturas, de los que corrigen obsesivamente sus materiales y de los que planean muy cuidadosamente su itinerario, a la manera de predecesores como los inolvidables Talking Heads, o más cercanamente en términos estéticos, los REM de Michael Stipe.

Para la edición del imponente Kid A, los Radiohead se abocaron a una suerte de silencio en movimiento perpetuo. Ciertamente las críticas unánimes en todo el mundo a favor del combustible y/o la poética mayúscula que exponía el memorable OK Computer, su anterior compacto, derivó desde luego en un importante debate interno, algo que no logró el anterior y no menos atractivo The Bends. Por ejemplo, el rumbo a seguir, no convertirse en una variación de sí mismos, no ser finalmente retóricos o repetitivos, no dejarse tentar por el tremendo aparataje industrial de la música popular.

Así que Thom Yorke, el poeta y compositor por excelencia de los noventa, se hundió en un profundo ejercicio autocrítico, desarticuló jota por jota –por decirlo así– los logros alcanzados que por otra parte no se lo esperaban. Es que OK Computer, en términos de impacto en sus receptores, había rebasado sus expectativas aun cuando intuían que habían escrito uno de los discos faro de la década del noventa. Había que despojarse, pasarse en limpio sin perder el temperamento que los caracteriza ni tampoco perder esa línea de gestión cancionística que los convirtió inicialmente en banda de culto y enseguida en una propuesta de auténtica trascendencia.

El resultado de esas jornadas individuales y colectivas del grupo fue gratificante: salieron fortalecidos como banda y Yorke se volvió tan profusamente creativo que escribió canciones como para publicar dos discos. Ya editaron este estupendo, por momentos asfixiante y en consecuencia complejo Kid A. Pero asimismo Thom Yorke y la banda (integrada por Jonny Greenwood y Ed O’Brien en guitarras, Colin Greenwood en bajo y Phil Selway en percusión) ya poseen material suficiente para lanzar otro registro que, en rigor, ya anunciaron que se editará durante el transcurso de 2001.

Uno puede hacer la lectura de Kid A desde un lugar si se quiere literario, algo que seguramente gratificaría a Yorke y al resto. No es un disco borroso, como vienen insistiendo ciertos colegas. En todo caso el quiebre sonoro de la sintaxis, como también ocurre en ciertos sistemas escriturales, hace la forma del disco desde que arranca con «Everything in it’s right place».

Es como si en Kid A hubiese una declarada intención de destruir toda linealidad facilista y complaciente, y esta actitud no gesta un contenido borroso sino que por el contrario es una exquisita aunque densa movida de riesgo estilístico y estético donde no aparecen estribillos ni ritmos previsibles y en donde toda la tradición de la cultura rock –vaya paradoja– aparece por acumulación, en pequeños pero avasallantes reflejos, como para apuntalar un universo que ataca ferozmente los mecanismos de la despersonalización o la deshumanización –por allí en «Kid A», la canción, hay inquietud por el tópico de la clonación– y en donde la letrística y las coloraciones de las voces de Yorke delatan con una precisión notable.

La estructura sonora rompe con cualquier situación convencional, desde esa proposición de lectura literaria del disco. La escritura sonora evita trazados que serían agradables y hasta solventes, pero los Radiohead elevan su carga hasta redondear un pesado juego entre los ingresos y salidas de las cuerdas, los ritmos percusivos al frente o lejanísimos, las máquinas o los sintes dotándole de una metafísica oscura o más bien caótica en un mundo donde uno piensa, parece sugerir Yorke, después de acudir a Internet y existe si es teledirigido por todas las gestualidades del establishment.

Kid A se revela y se rebela: es una pequeña obra maestra y nunca un disco de transición. Experimentar es la consigna y Yorke emerge como un letrista mayor, un cantante-gnomo que hechiza aun cuando parece estar cantando desde la nave Nostromo un ese o ese (SOS) melancólico que te golpea en el cerebro, como para decirte date cuenta, kid, levántate y anda. De lo mejor del año.

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