Las ideas y el guión
La primera de éstas contiene personajes a los que les sucede algo y es la idea principal, es decir, la que hace referencia a la historia. La segunda, suele ser muy poco concreta y es difícil de describir, ya que es la idea motriz asociada a la primera con un tema o contenido de fondo.
Tanto la una como la otra puede que no broten de las neuronas del guionista y así ha ocurrido en más de una ocasión. Hay casos, pero sin duda el más notorio es el acaecido con una cinta cuyo argumento fue escrito por el gran Charles Chaplin.
La idea dramática en que se basa «Monsieur Verdoux» es de otro grande, Orson Welles. El cineasta le había vendido el proyecto a Chaplin por 25 mil dólares. Y era tan importante su aporte, que por mucho que algunas modificaciones en los detalles fuesen aportadas a la historia inicial por Chaplin, por mucho que éste enriqueciera las situaciones con gags y otros hallazgos felices, la paternidad del argumento pertenecía por completo a Welles.
Cuando concluyó la cinta, Chaplin invitó a Welles a una comida y le rogó que renunciara a su mención en los créditos de presentación. Un filme de Chaplin era siempre un filme de Chaplin, cualquiera que fuera la personalidad de sus colaboradores.
Además, deseaba unos créditos bien breves. Y como en ese momento también era objeto de persecución judicial por un escritor que afirmaba ser el autor del argumento de «El gran dictador», Chaplin prefería, teniendo en cuenta el punto de vista psicológico, difundir su nueva película sin el más leve equívoco respecto a la autoría del relato.
Welles accedió. Admiraba a Charlot y de seguro hubiera deseado ver su nombre junto al del genio, pero ya que éste no lo juzgaba conveniente, era mejor someterse sin discutir. En vista de ello, el maestro, enternecido, agradeció la actitud de su discípulo, asegurándole que su nombre sería puesto en los créditos tan pronto como el mencionado proceso entablado por el escritor se hubiera solucionado.
«Monsieur Verdoux» se estrenó muy pronto en Hollywood. Los créditos decían: «Escrita, producida y dirigida por Charles Chaplin». El nombre de Orson no aparecía. Tampoco el de Robert Florey, quien había sido su ayudante de dirección.
Poco después el filme se presentó en Nueva York con los mismos créditos. Pero allí la cosa fue distinta, pues al día siguiente de la exhibición la prensa de la ciudad dio cuenta de la película en unos términos poco favorables, y lo hizo ensañándose particularmente con el argumento.
Con la celeridad que lo caracterizaba, Chaplin dio marcha atrás a lo acordado con el director de «El ciudadano» y veinticuatro horas después unos créditos distintos figuraban al principio de la cinta, donde podía leerse: «Según una idea original de Orson Welles».
De poco le valió la maniobra. El comediante estaba entonces en plena batalla con Estados Unidos. Eran los años de las persecuciones dirigidas por el senador McCarthy, de su réplica con el artículo «Yo declaro la guerra a Hollywood y sus habitantes»; del escándalo con Joan Barry y su supuesto hijo. De la campaña de prensa y de opinión pública desatada sobre él.
La tesis de la película, según Chaplin, era ésta y no otra: «Von Clausewitz dijo que la guerra es la continuación lógica de la diplomacia; ‘Monsieur Verdoux’ estima que el crimen es la continuación lógica de los negocios». Y en un país donde los grandes negocios son un régimen de vida y un ideal, eso se tomará como un ataque a fondo que va a desencadenar la persecución.
La cinta fue boicoteada por numerosas organizaciones cívicas; piqueteada por veteranos de guerra; atacada por innumerables órganos de prensa. Chaplin había visto todo bien claro cuando proyectó la cinta para ponerle la música. «Después de esta película me echan del país», dijo. Y así fue.
En sus memorias contaría que Welles se había limitado a darle la idea bruta de un filme sobre el célebre caso Landrú, aunque la verdad es que le sugirió también episodios concretos y escenas que pensaba utilizar si él mismo dirigía el filme.
En 1941, un lustro antes de que se rodara «Monsieur Verdoux», Welles le dijo a la prensa que le había vendido a Chaplin aquel material porque creía que era el único actor capaz de interpretar el papel.
Y seguidamente le expresó a un periodista: «En mi proyecto hay una imagen que es clave para toda la cinta. Se ve a Chaplin, bien vestido, de buen humor, cortando la hierba, con las manos y las tijeras de podar bailoteándole como centellas, mientras al fondo sale de la chimenea una densa nube de humo negro». Y la escena que describió Welles aparece ciertamente en «Monsieur Verdoux». *
* Historiador y crítico de cine cubano. Autor del primer Diccionario de Cine de América Latina.
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