LA REPUBLICA en los teatros de Buenos Aires

Cuatro obras, cuatro lecturas

Mi bella dama tiene algo para muy varios espectadores. Quienes entienden al arte como obra inseparable de la sociedad en que nació, se deleitarán con esta parábola de la posible emancipación de la humanidad, encarnada en la florista Eliza, al bajo costo de una apuesta entre un profesor de lingüística y un coronel retirado; el socialista que fue Benard Shaw se abre camino todavía a través de las sencillas canciones de Alan Jay Lerner, no menos ingenuas que. su heroína.

Para los aficionados a la lectura, la emancipación de la joven florista es suscitada por un personaje de ficción, nada menos que el filoso Sherlock Holmes, apenas disfrazado de profesor Higgins (Víctor Laplace) y que muestra su tarjeta de visita descifrando el lugar de origen de cada uno a partir del acento puesto en unas pocas palabras dichas al azar, todo ello con la impávida infalibilidad con que en Baker Street, pipa en mano y pies en pantuflas, descubría los caminos que. transitaron sus interlocutores con sólo verles la suela de sus zapatos; y por si no nos habíamos dado cuenta, allá está el Dr. Watson, sonriente y siempre asombrado bajo la identidad del coronel Pickering (Juan Manuel Tenuta).

Las lectoras de las revistas de moda, por su parte, podrán renovar sus sueños de codearse con ricos y famosos, que hoy no requieren esfuerzos de dicción sino de adicción a la anorexia y a la gimnasia jazz; quienes están convencidos de que el teatro es bellas mujeres ataviadas con lujosos trajes, bailarines expertos, escenografías móviles (Dick Bird), máquinas de humo y música en vivo, tendrán escenografías y coreografías (Michael King) importadas de Broadway, se sentirán bajo un cielo de diamantes.

Los adeptos a la filosofía encontrarán la fecunda relación maestro-discípulo con la que Platón comenzó la dialéctica. Mi bella dama tiene un aire antiguo, que le cae bien y lleva airosamente; no es lo suficientemente antigua como ser clásica, pero está en el buen camino.

De la puesta en escena (Mick Gordon) diremos que es todo lo profesional que podía esperarse: así y todo, sorprende el rendimiento que extrae el director de Paola Krum y Víctor Laplace, no ya como actores sino como cantantes y hasta como bailarines; en cambio, la magistral actuación de un actor de excepción, Pepe Soriano (en el papel de Alfred P. Doolitle), de quien conocimos en Montevideo El loro calabrés, estaba dentro de nuestras expectativas.

El malentendido de Albert Camus fue la primera vez que, sin duda haciendo honor al título, pudimos comprenderla y hasta disfrutarla.

La diferencia con versiones anteriores no estuvo tanto en la dirección (Juan Carlos Gené) como en la interpretación (Elsa Berenguer, Rita Terranova, Ingrid Pelicori), y en particular en la actuación de Ingrid Pelicori como Marta, la hija. En su voz y su gesto, las invitaciones al viaje de Baudelaire, que recita con un texto más seco su personaje, tienen unos armónicos tétricos, de angustiados, a desesperados, que retrospectivamente podemos encontrar en el poema al que se adjudica el insípido papel de inaugurar la «poesía de los viajes».

La anécdota, crudamente policial, cobra dignidad como la declaración de estupor de un hombre tan sensible como razonable ante el universo del genocidio, donde los crimencitos de las agonistas saben a limonada. Cuando debiera llegar la tragedia –madre e hija advierten que acaban de matar al hijo y hermano– está diluida, trivializada: nada de Esquilo aquí, sino una rutina, un malentendido, un error burocrático, como un expediente mal tramitado: un par de muertes sin pasión ni ironía.

Camus nos muestra el mundo al revés; luego que lo hemos rechazado con un asomo de espanto, nos da la llave para que comprendamos que, en realidad, no queremos salir de esta cárcel y que habitamos resignadamente el horror.

El director Gené nos ha administrado hasta la última gota de este rudo pero reconstituyente alcohol.

Si el título de Canciones maliciosas se presta a un malentendido (es un título que no resume la pieza, que no la acota ni la contradice) su contenido es, como en Mi bella dama, la relación maestro discípulo que sin contar a Platón, ha dado páginas tan brillantes como el libro de Boswell sobre el Dr. Johnson, las Conversaciones con Goethe de Eckermann, Oleanna de David Mamet, la autobiografía de C.S. Lewis y hasta los ensayos del Dr. Sigmund Freud y su diván revelador.

Un joven pianista fatuo viaja a Viena para perfeccionar su arte con un célebre profesor, pero encuentra un autoritario subalterno encargado de enseñarle acompañamiento de cantantes con Los amores de un poeta de Schumann-Heine.

Hay algo de Master Class, pero no su explosiva unión de arte y vida, que hizo su fuerza; hay algo de El maestro de música, con menos drama. Para una nueva edición de la relación de la enseñanza, trae poco de nuevo; como introducción al lied, le falta mucho; como obra dramática, es mucha extensión para una idea que progresa muy poco y que no parece culminar nunca.

La puesta en escena (Manuel Iedbavni) y la interpretación (Héctor Bidonde como el maestro, Juan Manuel Gil Navarro como el discípulo) arrancan fortissimo, tanto que todo crescendo dramático es imposible.

Unos viajeros se mueren de Daniel Veronese permite señalar algunas pautas de la nueva dramaturgia argentina. Suceden cosas horribles que son narradas con la frialdad con que un entomólogo ordena sus cajas; se dan por supuestas situaciones absurdas que parecen sueños y se cuentan sueños que parecen realidad; hay auténtico humor –todos los personajes mueren, pero por error– un humor intelectual, nada sombrío.

Curiosamente, la obra carece de realidad tanto como carece de irrealidad, de imaginación o fantasía: hay, como en El malentendido y salvando las distancias, un arte combinatorio, una manipulación de temas trágicos de modo impersonal, como el prestidigitador con sus conejos y sus palomas. Unos viajeros se mueren interesa sin recurrir al choque y, desconcierta sin agredir, logra la diversión en el horror.

Mi bella dama, de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, con Paola Krum, Víctor Laplace, Pepe Soriano, Juan Manuel Tenuta, Marcela Trepat, Estella Molly, Luis Blanco, Jorge Maselli, Ariel Altien, Sergio Di Croce, Jorge Blanco, Eduardo Alfonsín, Darío Petruzio, Alicia Mouxaut, Noelia Notto, Maggie Garbino, Cristian Zabala, Aída Luz, Daniel Bustos, Carmen Kacic, Fernando Mercado, Ulises di Roma y Marcela Pratt. Escenografía de Dick Bird, vestuario de Mini Zuccheri, coreografía de Michael King, iluminación de Neil Austin, dirección musical de Angel Mahler, dirección general de Mick Gordon. En Teatro El Nacional, Av. Corrientes 960. Buenos Aires.

El malentendido, de Albert Camus, traducción de Mirta Arlt. Con Elsa Berenguer, Ingrid Pelicori, Rita Terranova, Marcelo Nacci y Carlos Giordano. Escenografía de Carlos Di Pasquo, vestuario de Marcelo Salvioli, música de Luis María Serra, dramaturgia y dirección general de Juan Carlos Gené. En Teartro Santa María, Montevideo 842, Buenos Aires.

Canciones maliciosas, de Jon Marans, en versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Con Héctor Bidonde y Juan Manuel Gil Navarro. Escenografía y vestuario de Alberto Bellatti, iluminación de Roberto Traferri, dirección musical de Patricia Averbuij, dirección general del Manuel Iedvabni. En Teatro Regina, Santa Fe 1235.

Unos viajeros se mueren, de Daniel Veronese. Con Gabriel Levy, Javier Lorenzo, Mónica Raiola, Lalo Rotaveria, María Inés Sancerni y Alberto Suárez. Escenografía de Alicia Leloutre y Oria Puppo, vestuario de Oria Puppo, iluminación de Alejandro Le Roux, música de Edgardo Rudnitzky, dirección de Alejandro Tantanián
. En el Callejón de los Deseos, Humahuaca 3759, Buenos Aires.

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