EN ESPAÑA NO EDITAN SU NUEVO LIBRO POR SER UN "AUTOR DEFENSOR DE LA DICTADURA COMUNISTA DE LA FAMILIA CASTRO"

Escritor francés denuncia persecución ideológica

Una editorial española, Altera, de Madrid, que seguramente no es de izquierda, me ha castigado con la brutalidad de la infamia y del macartismo.

Llevo años en que, cuando se presenta la oportunidad, pongo mi granito de arena para que Estados Unidos sepa por lo menos que los intelectuales del mundo les estamos vigilando estrechamente. Hasta ahora, Bush no lo ha entendido, tal vez porque le cuesta leer y escribir y debe de tener el respeto del analfabeto por quienes no lo son.

Como muchos otros periodistas y escritores de este continente europeo, soy de los que trata de razonar con ideas para hacer comprender a la gente, a la buena o a la mala, que Cuba es un maravilloso país y tiene que seguir viviendo.

Soy cubanista y que se me perdone el atropello a la lengua.

En 1987 descubrí Cuba y sobre todo La Habana y el Festival de Cine al que trataban de ignorar en Europa, porque los europeos son muy exquisitos y todos los izquierdismos no les hacen tilín. Yo venía de todos los grandes festivales europeos pero nunca había visto como en la capital cubana tamaño despliegue en pos del cine y tan tremendo entusiasmo.

Escribí mis impresiones y los intelectuales europeos empezaron a caer en la cuenta de que tal vez habían minimizado ese Festival, el único en el mundo donde pueden verse películas de toda América Latina, un continente que hoy día, pese a los Chávez y Lula, Europa se empeña en ignorar y vituperar. Mi entusiasmo me valió, al regresar a París, que fuese considerado algo más que simpatizante del comunismo cubano, ni siquiera de la Revolución.

Quedaron algunas trazas en mi currículo pero fue pecata minuta. Desgraciadamente desde los ataques de Al Qaeda contra Nueva York y Washington, el 11 de setiembre de 2001, la lucha por la libertad, el derecho de expresión y la libertad individual sin más fueron monopolizadas por el gobierno de Estados Unidos, que en un delirium tremens, que ni siquiera habían provocado los ataques japoneses de Pearl Harbour en los años cuarenta, sembraron el terror.

El maniqueísmo se ha instalado y desde entonces no ser políticamente correcto ha dejado de parecerse a una broma.

Muchos periodistas norteamericanos tienen miedo a la hora de escribir. Se les espía, se rastrea sus vidas como si fuesen delincuentes y todas las agencias gubernamentales están encargadas de reprimir la libertad de palabra.

Hace ya más de un año, tal vez dos, se me ocurrió escribir que La Habana era la ciudad más bella del mundo. Inmediatamente, un artículo en español, distribuido en Internet por una de esas agencias publicitarias yanquis, me clavo en la cruz. Yo no era más, según ellos, que un vendido al régimen cubano.

Soy un hombre liberal (de libertad, no de pachanga derechista) y la editorial que me ha castigado, Altera de Madrid, parece que tiene pretensiones de renovar una derecha española rota de confusión.

Hace un tiempo, en respuesta a la recepción de un manuscrito mío, recibí el siguiente correo electrónico de esa editorial firmado por un tal Pedro Fernández, que creo es un ejecutivo de la misma: «Hemos leído su manuscrito Otro güisqui con cine… y nos ha gustado mucho el estilo en que está redactado, además es ameno y divertido».

El pasado 16 de julio, celebración de la Virgen del Carmen en Andalucía, el tono de Don Pedro Fernández había cambiado: «Le escribo para comunicarle que no vamos a editar su litro Otro güisqui con cine. Consideramos contraria a nuestros principios editoriales y morales la publicación de un autor defensor de la dictadura comunista de la familia Castro, que encarcela a los disidentes y prohíbe la libertad de expresión».

Curioso individuo el Perico ese. Dice que en Cuba prohíben la libertad de expresión, pero ellos le retuercen el cuello a la mía. ¿Qué tienen que ver en lo absoluto mis ideas políticas para prohibir textos míos donde se habla de todo menos de ideas políticas?

En los Estados Unidos de los años cincuenta, el senador Mc Carthy desencadenó la más brutal represión contra los intelectuales habida en el mundo desde la época de Adolfo Hitler.

En Hollywood, aquellos que el senador o sus esbirros catalogaban de comunistas eran enterrados en vida en la miseria de las listas negras.

Muchos huyeron al extranjero y entre ellos un director de mucho talento, Jules Dassin. Otros se ahogaron en la desesperación.

Han pasado más de cincuenta años y Europa, con España a la cabeza, recupera la grandeza de aquel senador nefasto para la inteligencia. *

* Escritor y periodista francés residente en España. (Colaborador de Prensa Latina)

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