El gallinero, en el Teatro del Museo
Los actores se reparten el espacio en dos ambientes, al parecer dos habitaciones humanas provistas de un prieto tejido metálico que sugiere el gallinero, habitaciones prolija y hasta artísticamente decoradas (Martín Rodríguez). Esperamos, durante un par de minutos, lo mejor; pero alguien ha convencido a «Los polacos teatro de hambre» de viejos y lamentables sonsonetes del folclore teatral, como «lo que importa no es el texto sino lo que se hace con él» o, zoncera máxima, «el texto es un pretexto». Contada una vez la historia de las ratas y su musical seductor, esperamos que pase algo; pero vuelve y vuelve la misma historia hasta que, al final, luego de algunos amagues, entra en escena, con gran efecto de luces y sonido, la «mujer espejo» (Tania Casares), vestida de negro, pelo renegrido que cubre la mitad de la cara, para decir poco y nada. Los personajes, que hasta entonces han guardado, casi, la compostura, se entregan a tirar maíz al techo.
La interpretación, el maquillaje y el vestuario, están, dentro de adecuados límites, deliberadamente exagerados; la puesta en escena (Rafael Bottaro) es cuidada, tiende con eficacia a la síntesis. Pero, quizás por alguna carencia de nuestra psiquis, nada nos llega y, contra lo que postula el texto, nada nos llevamos. Leemos en el programa algunas frases que dicen, mejor que las líneas que anteceden, nuestra impresión de «El gallinero»: «… lo artificial desplaza a lo real, la necesidad de contar se ve corrompida por la forma, por la búsqueda del impacto, del artificio, olvidando su escencia» (sic) «y negándose a sí misma…» Es exactamente eso. *
EL GALLINERO, creación colectiva del grupo Los Polacos, con Martín Serrano, Valentina Setien, Adrián Prego y Tania Casares. Escenografía de Martín Rodríguez, luces de Marcelo Cabrera, vestuario de Gudalupe Puentes, máscaras de Fernando Sequeiro, música de Andrei Simeonoff, dirección de Rafael Bottaro. En el teatro del Museo Torres García, Peatonal Sarandí No. 683.
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