El trauma de la colisión de culturas
Este fenómeno conoció un doloroso auge en la segunda mitad del siglo pasado, a consecuencia de la instalación de dictaduras genocidas en la región, que promovieron la partida de miles de opositores políticos.
El exilio es, sin dudas, una de las facetas más dramáticas de la emigración, en tanto supone una suerte de expulsión y, a menudo, un agobiante sentimiento de desarraigo.
No en vano buena parte de los uruguayos que debieron abandonar compulsivamente nuestro territorio durante las décadas del sesenta y el setenta del siglo XX jamás regresaron a nuestro país pese a la restauración democrática iniciada en 1985.
Actualmente, el fenómeno migratorio responde, básicamente, a la expectativa de encontrar nuevas oportunidades y puestos laborales de mejor calidad en países desarrollados. Los últimos indicadores en la materia que se conocieron oficialmente en los últimos días constituyen un cabal testimonio de que la emigración uruguaya sigue siendo un problema traumático, pese a la visible recuperación económica observada en los dos últimos años.
La diáspora mundial tiene un origen multicausal, intrínsecamente ligado también a las guerras del nuevo milenio, que han provocado una auténtica estampida de las poblaciones damnificadas por la violencia del poder global.
En el filme indoestadounidense El buen nombre, la realizadora Mira Nair construye un sensible friso humano y en cierta medida hasta testimonial, que narra la peripecia de una familia bengalí que emigra a Estados Unidos.
Si bien obviamente la temática no es novedosa, la cineasta imprime a su historia una escritura de lenguaje entrañable, que discurre entre la atenta observación de conductas humanas, la tradición, la comedia y el drama.
El extenso relato se centra en la peripecia existencial de la familia Ganguli, cuyo traslado desde Calcuta a Nueva York requiere, naturalmente, de un complejo y traumático esfuerzo de adaptación.
Más dramática aún que la distancia geográfica es la radical colisión de culturas, entre una sociedad subdesarrollada en la cual la pobreza es asumida casi con resignación y el mito del sueño americano que atesora la emblemática jungla de cemento.
Aunque Ashoke y Ashima añoran a sus afectos y la impronta de su India natal, igualmente valoran las oportunidades que le otorga ese subyugante mundo consumista vacío de espiritualidad.
Sin embargo, las situaciones más complejas afloran en la segunda generación, cuando el hijo Gogol nacido, al igual que su hermana, en Estados Unidos asume la búsqueda de su propia identidad sin perder el legado de sus ancestros.
El relato transcurre entre la vida cotidiana fuertemente impregnada de la tradición familiar y el dilema de los jóvenes, quienes deben construir un delicado equilibrio entre dos universos culturales situados en las antípodas.
Como en cualquier historia humana, hay encuentros y desencuentros, amores fallidos e infidelidades, sueños consagrados y utopías amputadas por el destino.
El filme que está hablado en ambas lenguas discurre permanentemente entre la comedia y el drama, en tanto retrata la peripecia de una familia que intenta construir un nuevo espacio de felicidad a miles de kilómetros de su tierra natal. Apelando a permanentes pinceladas nostálgicas, Mira Nair contrasta el pasado con el presente, con el propósito de rescatar el lado más humano de los protagonistas.
Aunque el relato transcurre entre las décadas del setenta y el noventa del siglo pasado, la indudable universalidad del tema le otorga una rigurosa actualidad.
La película propone una enriquecedora experiencia de conocimiento de una cultura virtualmente desconocida en Occidente, que se visualiza a través de reuniones, casamientos y funerales, entre otros acontecimientos característicos de cualquier grupo humano.
Sin renunciar a algún oportuno toque sensiblero (o taquillero), la realizadora imprime a su obra un firme pulso narrativo, que le permite entretejer con oficio las diversas peripecias de un microcosmos dotado de una fuerte identidad.
No obstante, quizá falte un abordaje más profundo y minucioso de la psicología de los personajes y una mayor amplificación de los conflictos derivados de su entorno.
Las mayores virtudes del filme residen en su buena recreación de ambientes, una minuciosa descripción de los rasgos identitarios de la cultura de los emigrantes y un reparto actoral profesional y competente.
El buen nombre es un entrañable cuadro humano que discurre entre la nostalgia, el drama y el testimonio, convocando a reflexionar en torno al desarraigo que padecen millones de inmigrantes de la era contemporánea. *
EL BUEN NOMBRE. (Estados Unidos-India 2006). Dirección: Mira Nair. Guión: Sooni Taraporevala. Reparto: Irfan Khan, Kal Penn, Jagannath Guha, Ruma Guha Thakurta, Tabu y Sandip Deb.
Compartí tu opinión con toda la comunidad