El rictus de Mona Lisa
Así lo cuenta la leyenda y así se forjan las mentiras históricas. Siempre que he ido al Louvre, he preferido disfrutar de la sonrisa de la Venus de Milo, despejada, sin misterios y hasta sin sonrisa.
Lo de Mona Lisa se ha convertido, por obra de los agentes publicitarios, en un marketing que ha generado infinidad de preguntas, algunas tan inteligentes como intentar saber si la modelo del cuadro estaba embarazada, era esposa o amante de un agente de la propiedad o de un electricista.
En cuanto al porqué de su sonrisa, ¿importa realmente que sonría de lado o de frente, que lo suyo sea un rictus consecuencia directa de una dolencia de muelas o de una virginal muchacha asomada al balcón de la vida?
Tal vez sea alguien que ya había inventado la técnica de Amsterdam donde las señoras de vida más o menos ligera se exhiben lo mejor que pueden en escaparates alimentados por luz eléctrica frente a la estación de ferrocarril.
La primera vez que fui a verla con receta médica al Museo del Louvre de París fue por prescripción expresa de mi entonces psiquiatra, empeñado en curarme lo incurable a base de lo que había bautizado como risoterapia.
En realidad el médico estaba locamente enamorado del cuadro más falsamente enigmático de la historia del arte y mandaba al Louvre a sus pacientes para darse celos. Se volvió loco de celopatía y nunca he vuelto a saber de él.
Ya les dije que, a la sonrisa de Mona Lisa, siempre he preferido la de la Venus de Milo, que tan feliz me ha hecho desde que aterricé frente a ella en mis primeros días por París. La de Mona Lisa me recuerda la de una guapa panadera de la calle Mouffetard, en el París de mis años sesenta. (Nunca comí tanto pan como en mis inicios en la vida parisiense). Me había enamorado de ella mocita y cuando llegaba a comprar mi baguette le soltaba una frase muy cursi en francés y trataba de que mis ojos tuviesen una apariencia inteligentemente enamoradiza, como cuando Errol Flynn (Robin de los bosques) ve por primera vez a Olivia de Havilland (la dulce protegida del rey).
La panadera se limitaba a sonreírme, tan tontamente como la modelo de Leonardo da Vinci. Empecé a cansarme al cabo de quince días. Justo a tiempo para enterarme de que mi Julieta era polaca recién llegada a París, por lo que mi lenguaje francés le hacía tanta mella como un croissant en el estómago de un jacaré perdido en el Pantanal brasileño.
¿Recuerda alguien la sonrisa de Madame Bovary, ese personaje de mujer fatal o ideal, según se mire, que el franés Flaubert inventó ya hace ciento cincuenta años? A ella nadie la inmortalizó en un cuadro que se fuese a contemplar a través de los tiempos, las modas y las revoluciones.
Fue sencillamente esa mujer que se casa con un médico de campo, trata de ser un ama de casa en un pueblo perdido en Normandía, tierra de manzanas, que se beben más que se comen tras un concienzudo paso por un ilegal alambique que produce alcoholes para inmolarse por dentro.
Normandía es también, y sobre todo, un infinito solar de aburrimiento. Me pregunto si, aunque es yanqui, uno de los personajes de la novela «Otra noche de mierda en esta puta ciudad», no habla de esos parajes cuando pontifica: «No te fíes de quien no bebe. Los que no beben tienen algo que ocultar, un secreto horroroso que saldrá a la luz el día que se emborrachen».
Madame Bovary bebía poco o no bebía, ni siquiera por aburrimiento y sólo una vez, según Flaubert, cuando consumió, como para desafiar a alguien, medio vaso de aguardiente. En realidad, ahora que lo pienso, sonreía poco. La mujer del médico tuvo algunos amores, que hasta la hicieron sonreír a medias, como su primer amante con el medio noble y en todo caso cacique del lugar Rodolphe Boulanger, propietario de un castillo bautizado La Huchette.
Llevo años preguntándome si no sonrió con ganas, con la desesperación un tanto triste de la desenamorada, cuando decidida a acabar con la estupidez de su vida se apodera de un frasco lleno de arsénico, lo abre y empieza a comerse el polvo mortalmente blanco.
Llevo dos semanas agotado de espanto pensando que más de una mujer que se cruzó por mi vida me recuerda todavía por mis zapatos italianos. Peor que el cianuro a puñados. *
* Periodista y escritor francés. (Colaborador de Prensa Latina)
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