Muerte en la nieve
Una escenografía única, en base a unos maderos neutros que se cruzan en ángulos agudos, debió significar a la vez la planta baja de la casa de Borkman, el primer piso, el patio y la casa vista desde afuera, un claro en la soledad de la nieve.
Las detalladas acotaciones de Ibsen son ignoradas: pero ello no ocurre impunemente. La obra es de atmósfera y de climas, pero nada de esta puesta en escena lo dice. La iluminación pudo suplir la atravesada escenografía, pero no lo intentó siquiera.
La sensación fue la de escuchar una enredada historia de decadencia y caída mezclada con una extraña disputa de dos mujeres por un joven mayor de edad que repite como un autómata que es joven y quiere vivir.
Tenemos sin embargo una imagen de Juan Gabriel Borkman muy distinta. Lo vemos como un epílogo a Peer Gynt, y allí están Ela Rentheim como Solveig, y el páramo donde Peer se encontró con el Fundidor. Al final de su vida de escritor, Ibsen intentó la tragedia sin trama, algo tan puramente teatral que apenas se puede contar, y Juan Gabriel Borkman comienza, como toda verdadera tragedia, cuando todo ha terminado.
Borkman, luego de cinco años de cárcel y ocho de soledad, siente que ya ha sufrido bastante y decide una imposible reivindicación, pero le queda un primer pecado, que no ha reconocido, por expiar. Gunhilda sueña o más bien delira, desde otro ángulo, con la misma fantasía; Ela y la Sra. Wilton son conscientes de que todo ha terminado y se contentarían con mendrugos de afecto, que le serán negados a una de ellas; el hijo de Borkman y Gunhilda, Erhart, anuncia a plena voz su fracaso futuro, sus errores iniciales, su carrera hacia la nada.
Están en escena sólo los que han fracasado y los que van a fracasar. En ese paisaje dos veces desolado, Borkman avanza hacia su fin físico con la decisión de quien encuentra en la muerte la única salida: si Peer Gynt es el Hamlet de Ibsen, Juan Gabriel Borkman, con su pasión y muerte a la intemperie, con la única compañía fiel hasta el suplicio, es su Rey Lear.
Ya no hay, en realidad, acción: quedan los restos de naufragio que el mar trae a la playa. Los personajes, muertos antes de empezar, están listos para los tachos de basura de Final de partida; pero las sombras vampiro necesitan más muerte, y sólo sobre el cadáver del hombre que amaron las dos hermanas se tocarán sus manos.
Nos parece evidente en la obra una progresión en irrealidad, como si los fantasmas fueran abandonando, poco a poco, sus túnicas y encontramos una negación final de la escasa realidad que rodea la obra cuando Borkman, que no para de soñar ni a minutos de su muerte, habla de una mano de hielo que le oprime el corazón. Como nada de esto pudimos ver en la puesta en escena de César Campodónico, comprendimos a parte del público que, posiblemente desorientado, abandonó la sala en mitad de la obra.
Juan Gabriel Borkman, de Henrik Ibsen, con Walter Rey, Rosa Simonelli, Myriam Campos, Diego Savoia, Mariana Cardozo, Laura Barboza y Hagop Davidian. Escenografía y vestuario de Beatriz Arteaga, Gabriela Macellaro y Alvaro Domínguez, dirección de César Campodónico. En Teatro de la Candela.
Compartí tu opinión con toda la comunidad