Reponen Flores de fuego

Ha vuelto a cartelera Flores de fuego de la nueva figura mimada del cine japonés, Takeshi Kitano. Un filme excepcional por más de un motivo.

Un policial de una tristeza difícil de transmitir. La violencia del cine japonés, y del de Kitano, está presente, pero no es un filme de acción ni ganan los buenos.

Al comienzo, el protagonista debe abandonar una guardia para visitar a su mujer, que muere de leucemia. Su mejor amigo lo suple, es baleado y queda paralítico. Entrevemos otro episodio violento en el que murió otro policía; su viuda debe trabajar de mesera. El protagonista se endeuda con una mafia extorsionadora.

El mundo funciona mal. La policía no ayuda sustancialmente y el protagonista no tiene ni paciencia ni luces para soportarlo. Así que renuncia al trabajo, se dedica a ayudar a su mujer, la viuda y su amigo. Elabora un plan suicida con el que quedará en paz y arreglará lo que está a su alcance.

Todas estas cosas pasan. Pero la forma de narrarlas es desconcertante. Casi ninguno de los momentos cruciales es mostrado. Vemos al protagonista acompañar a la playa, en silencio, a su amigo en silla de ruedas; más tarde alguien le avisa que aquél ha intentado suicidarse. Lo que vemos son los momentos muertos.

La violencia es eludida en su morbosidad, aunque no en su impacto. Dos hombres se acercan al protagonista en un bar en plan de pesados. En un segundo vemos volar los palitos chinos al ojo de uno y una piña demoledora al otro. Fuera de cuadro; un segundo y fuera.

Este trabajo con los silencios, muestra más opresivo al ánimo del ex policía. Impulsivo, pero con un corazón hecho de llanto, que proporciona una suma de dinero a la viuda, una segunda vida al amigo que descubre su aptitud para la pintura, y unas últimas vacaciones en la naturaleza más pura a su mujer. De paso, deja al mundo con una mafia menos.

Los silencios tienen un eco en las reflexiones del pintor y su observación de las flores y en esta mujer, que casi no pronuncia más que una palabra, al final: «arigato» (gracias).

Las significaciones se enriquecen con simbolismos no obvios, como la nieve y, sobre todo, el mar, que funciona siempre como un límite, algo que no puede traspasarse.

La película ganó el León de Oro en el Festival de Venecia. Vale la pena ver a este japonés, aunque sea porque no hay muchas otras opciones de interés en cartelera.

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