EN LA SEMANA DE UN NUEVO ANIVERSARIO DEL ZORZAL CRIOLLO

Carlos Gardel y el cine

Todo se redujo a unos breves cortos de canciones de su repertorio. Gardel y Francisco Canaro se asociaron al productor Federico Valle y contaron con la dirección de Eduardo Morera, hasta entonces galán de la pantalla muda y después realizador. El resultado fue discreto, con un valor de documento que la proyección gardeliana ha acrecentado. Se hicieron diez cortometrajes. En ellos, el canto está acompañado alternativamente por la orquesta de Canaro o por guitarristas. En algunos de los filmes, un invitado especial dialoga con él. En sus memorias, Canaro se queja de los manejos turbios de que fueron objeto estos cortos desde que murió Gardel.

El material comprendía Añoranzas; Canchero; El carretero (incluía un pequeño diálogo con el autor de la melodía ); Enfundá la mandolina; Mano a mano; Padrino pelao; Rosas de otoño (con una breve plática entre Gardel y Canaro); Tengo miedo; Viejo smoking (contiene una dramatización previa entre el cantante, César Fiaschi e Inés Murray) y Yira, yira (con la intervención de Enrique Santos Discépolo). Estos cortos se exhibían con las variedades que acompañaban a los largometrajes extranjeros. Y mostraban a Gardel con sobrepeso, pero firmemente convencido de que se abría con el sonoro y parlante una fabulosa perspectiva.

A finales de 1930, viaja a Europa. Va en el mismo barco con los autores teatrales Manuel Romero y Luis Bayón Herrera, quienes han decidido visitar Madrid, Barcelona y París, con su compañía de revistas.

En medio de la travesía, el cantante sugiere a sus amigos el rodaje de una cinta con asunto argentino. Y ya en París, les reitera e insiste en la idea, teniendo de su parte al cineasta chileno Adelqui Millar.

Puestos todos de acuerdo, los dos autores escriben el argumento, con preponderante papel para Gardel. Asignan roles destacados a Sofía Bozán, Gloria Guzmán y Pedro Quartucci, quienes pertenecen a la compañía de revistas. Y Millar, asistido por Romero, se ocupa de la dirección. Titulan el filme Luces de Buenos Aires (1931). Y completan el elenco artístico con elementos argentinos que estaban en París. La acción se desarrolla en el campo y la ciudad. Y aunque su asunto sea trillado y haya detalles para la exportación (como el gaucho que enlaza a su casquivana amada en el palco de un teatro. La cinta agradaba y ofrecía al cantante oportunidades magníficas para lucir su voz. Romero, con la colaboración de Bayón Herrera, fue uno de los arquitectos de la imagen cinematográfica de Gardel. Como haría luego en todos sus éxitos, se inspiró en la personalidad de su intérprete y le proporcionó situaciones y diálogos que constituyeran vehículos naturales para expresarla ante las cámaras.

El rodaje se efectuó en los sets que poseía la Paramount en Joinville, un pueblecito cercano a París. El éxito comercial fue tan grande, en todos los países de lengua hispana, que el sello envió copias a naciones de otros idiomas.

Al año siguiente Gardel está nuevamente en París y la Paramount lo contrata para rodar dos filmes. Le pagan seicientos mil francos. En los mismos foros de Joinville filma la primera de esas cintas, sobre un argumento escrito por Alfredo Le Pera, que sitúa al cantante en el ambiente suburbano de Buenos Aires.

La película es Melodía de arrabal (1932), dirigida por Louis Gasnier, mientras Florián Rey se ocupa de los diálogos. Su acompañante femenina es Imperio Argentina, quien se halla en los promisorios comienzos de una carrera cinematográfica pródiga en triunfos inmediatos. Como la vez anterior, el filme recorre victorioso las salas de América y España. Los públicos consagran definitivamente al cantante. Nadie piensa en los puntos vulnerables que pueda ofrecer como actor. Lo que todos esperan es el momento en que, al sonar de los compases del tango, surja el semblante del ídolo. Y su voz amorosa, dolorida o evocadora establezca la inolvidable comunicación. Ese mismo año hará Espérame, también dirigido por Gasnier, y será acompañado de Goyita Herrero. Igualmente rodará el corto La casa es seria. El futuro parece más luminoso que nunca.

En 1934, la Paramount se da cuenta de que el astro brilla intensamente y pronto le revela que no son los sets de Joinville el digno marco de su importancia estelar. Es en Long Island, Nueva York, donde quieren conducir de cerca al cantante, en una senda nivelada para emprender las mayores andanzas.

Y allá va él y mira los rascacielos como si fueran las casitas bajas del suburbio porteño. Filma Cuesta abajo, con Mona Maris, y El tango en Broadway, con Trini Ramos y Blanca Vischer, ambas realizadas por el inevitable Gasnier. Como de costumbre, las dos películas triunfan, arrollan.

Un año después le sigue El día que me quieras. Ahora lo ponen bajo la tutela de un director de cierto lustre, John Reinhardt, y lo hacen compartir el papel principal con la actriz hispanoamericana más cotizada, Rosita Moreno.

Finalmente interviene en la última cinta de su corta y sensacional carrera: Tango Bar, que filma con el mismo director y elenco de su anterior película, y la colaboración orquestal de Alberto Castellanos y Teric Tucci, músicos de su etapa neoyorquina.

De igual manera, participa en el filme promocional de Paramount en inglés Cazadores de estrellas, dirigido por Norman Tauroc, en el que interpreta, en español, dos tangos. Las películas de Gardel, pese a su relativo valor argumental, se impusieron por la personalidad y voz del cantante, muy bien canalizadas cinematográficamente. Sus cintas consolidaron el mito y lo instalaron de modo concluyente en el imaginario bonaerense. Aparte de que, no obstante haber sido rodadas lejos de la República Argentina, contribuyeron de lleno al alza del cine sonoro del país. Nada más natural que la compañía productora Lumiton decidiera incorporarlo al cine nacional. A principios de 1935 se formalizó el contrato, pero todo se malogró cuando se produjo el fatal accidente de Medellín. *

* Historiador crítico de cine. Autor del primer Diccionario de Cine de América Latina. (Prensa Latina).

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