Maestro del cine expresionista y también arquitecto de la luz
La influencia de Fritz Lang (1890-1976) fue y sigue siendo extraordinaria en todo el cine mundial a lo largo de los años, los países, las escuelas y géneros, desde Orson Welles hasta Akira Kurosawa, desde Alfred Hitchcock hasta Marcel Carné.
Las características de sus filmes forman un tríptico. Simbolismo expresivo traducido por el movimiento de las estructuras plásticas; continuo retorno a dos o tres temas, como fatalidad, culpabilidad y deseo de venganza o de justicia. Y finalmente el cerco de los personajes por el medio social, las circunstancias o el destino.
Desde una de sus primeras cintas, Las arañas, demostró preferencia por las intrigas rocambolescas, las sociedades secretas y las potencias misteriosas. Sin duda influyó en sus gustos Thea von Harbou, su mujer, novelista célebre, walkiria suntuosa y rubia que habría de «germanizar» al vienés Lang.
Algunos de sus más bellos filmes mudos los realizaron juntos. Por ejemplo, Tres luces, obra típicamente teutona. Poco después Los nibelungos, poema épico y obra monumental, en que lo simbólico de las formas (líneas, volúmenes, composiciones arquitectónicas) triunfa sobre la situación dramática, compuesta de heroicidades, hechos fantásticos, ambiciones, traiciones y venganzas.
Durante su estreno en Estados Unidos, Lang visitó Nueva York para presentar la película. Al contemplar los rascacielos se le ocurrió la idea argumental de Metrópolis, una visión de la ciudad del futuro, con su mecanización que esclaviza al hombre, quien no pierde por ello sus ansias de libertad. Plena de alardes escenográficos y fotográficos, la cinta es, desde cualquier concepto, intrínseco o representativo, una obra fundamental.
H. G. Wells, que se cree poseedor en exclusiva de las tramas futuristas, en un larguísimo artículo periodístico la desdeña al calificarla de «película estúpida».
Pero años después, cosas de la vida, el novelista inglés escribe para William Cameron Menzies la historia de La vida futura y se queda corto, pues si bien el filme es bueno, Metrópolis es un clásico.
La aparición del cine sonoro interrumpió la carrera de Lang cuatro años durante los cuales sus detractores no cesaron de afirmar que el cineasta era incapaz de hacer expresarse verbalmente a los intérpretes.
Sin embargo, recibieron un rotundo mentís con M, el vampiro de Dusseldorf, inspirado en los crímenes de un asesino de niñas, cinta que consagra a Peter Lorre y hoy es todo un hito en la historia del cine.
El filme despertó desconfianza entre los nazis. Pensaron que su título provisional -Un asesino entre nosotros- se refería a ellos. Cosa que igualmente ocurrió con su siguiente película, El testamento del Dr. Mabuse, que inclusive llegó a ser prohibida.
Pero entonces sucedió algo imprevisible. Joseph Goebbels llamó a Lang a su despacho en el Ministerio de Propaganda y, de manera conciliatoria, le ofreció la dirección de la nueva industria cinematográfica alemana. El cineasta escuchó atentamente lo que se le propuso, hizo algunas sugerencias y dijo que en breve daría la respuesta.
Ese mismo día, por la noche, se marchó a París. Abandonó bienes, fama, poder y hasta a su propia esposa Thea, ferviente nazi, quien luego se convirtió en una de las realizadoras más conocidas de Alemania.
Hoy se sabe que, después de finalizada la guerra, la ayudó a salir de la miseria al conseguir que le pagasen, sin que ella lo supiera, los derecho de autor de filmes rodados por él antes de abandonar precipitadamente Alemania.
En Hollywood, tuvo que enfrentar determinadas condiciones de producción tanto a nivel económico como estético.
Pero sin moverse en los géneros clásicos, y aun realizando en ocasiones películas de encargo, se las arregló para mantener un estilo propio y unas señas de identidad inconfundibles.
Además, había aprendido algunas lecciones. Quizás la primera y principal fue la de mantener siempre su independencia y estar atado por contrato sólo a una película a la vez, en lugar de mantenerse sujeto como la mayoría de los directores, a contratos a largo término, a las órdenes y caprichos de un estudio con derechos totales sobre lo que se debía o no hacer.
Tuvo que eludir, eso sí, numerosos problemas con la censura de la industria. Tras su primer filme en Hollywood, Furia (un alegato contra el linchamiento y la pena de muerte, que insiste, sobre todo, en la histeria colectiva del pueblo norteamericano), no se le perdió ni pie ni pisada.
En los veinte años que Lang permaneció en Hollywood rodó doscientos largometrajes. Entre ellos muchos títulos que pertenecen a lo más logrado del cine narrativo-representativo de la industria californiana del celuloide.
Como Sólo se vive una vez, interpretada por Henry Fonda, acaso su más depurado estudio sobre la fatalidad del destino; Los verdugos también mueren, con Brian Donlevy, drama escrito por Bertoldt Brecht sobre el asesinato de un jerarca nazi; La mujer del cuadro, con Edward G. Robinson, sobre lo sucedido a un hombre honrado que se ve arrastrado por una bella mujer a una situación criminal sin salida.
O Los sobornados, con Gleen Ford, historia de un policía que tras el asesinato de su mujer, convierte este hecho en una salvaje venganza personal. O Mientras duerme Nueva York, con Dana Andrews, brutal relato de la ambición de poder y una de las cintas preferidas por Lang de sus años en Hollywood.
Su carrera terminó pronto por propia voluntad. De regreso a Alemania, hizo sus tres últimos filmes: El tigre de Esnapur y La tumba india, en 1958, y Los crímenes del Dr. Mabuse, en 1960.
Después se dedicó a enseñar cine en las universidades de Yale y Berkeley.
La mejor definición y elogio de Lang es de Jean-Luc Godard: «Unico cineasta tridimensional. Escapa a toda medida, siendo él mismo la cuarta e inmaterial dimensión de una obra herméticamente cerrada sobre el vacío humano». *
(*) Historiador y crítico de cine cubano. Autor del primer Diccionario de Cine de América Latina. (Para Prensa Latina)
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