Las cosas que faltan y las cosas que sobran
Aparece en casa e la vivaracha anciana viuda Mercedes Arévalo (Elena Zuasti) un escritor, Sebastián (Guillermo Vilarrubí), que vive en un cuarto de pensión en cuya pared, atisbador o atisbado, están los agujeros. Sebastián toca el piano; y de buenas a primeras toca el piano de Mercedes, mudo desde la muerte del marido.
Al escritor no lo recibe la dueña, sino un homosexual amigo de la anciana, insinuante y pegajoso (Fabio de la Cruz, por Alvaro Pozzolo), que es, desde hace años, algo entre valet, mayordomo y confidente. Pero la pieza no se detiene: concluido su mini espectáculo, Fabio no significará nada en la trama. Comprendemos: es la casa de «Vive como quieras»; también, ay, del «escribe como quieras». Mercedes tiene una hija, Raquel (Mirtha Cazet) y una sobrina (Laura Moratorio).
Son personajes que aparecen y desaparecen sin dejar huella. Parecería que existieron porque una señora debe tener una hija, una sobrina, etcétera. Como debe pasar algo, Mercedes flirtea con el joven Sebastián, más por aburrimiento que por impulso erótico. ¿Por qué no? Ama como quieras. La diferencia de edad sugiere un drama, pero la sangre no llega al río; aquí cuadran los besos en la frente; pero ¿dónde está la margarita? Por supuesto, Mercedes es una flor, margarita marchita.
Se la presenta más grande que la vida; pero no es mucho más que una vieja impertinente. Sobran todos los demás personajes. Es adecuada, para esta pieza, una clásica definición del agujero: «ausencia de una cosa rodeada por la misma cosa».
Una fiebre de innovación a ultranza recorre a nuestro teatro. Se diría que la gente se muere de ganas de innovar. Se repuso, por segunda vez, «Paternoster», del mismo Langsner, un artefacto mecánico que sería desagradable si no fuera tedioso.
Ahora «Un agujero en la pared», que ya se dio por la Comedia Nacional con Maruja Santullo en el papel protagónico, luego por China Zorrilla. Se regurgitan cada tanto Lorca, Miguel Hernández, supersticiones como «Una carta perdida», «Arlecchino», etcétera. Parecería que toda obra debe darse, por lo menos, dos o tres veces; el repertorio universal espera, en el silencio de las librerías. Tras un amago frustrado de ver a Sófocles («Las traquinias»), la hermosa novedad de nuestro teatro es el joven Eurípides, con «Las bacantes» y «Las troyanas». Su inquietante, valiente y enérgica voz es mucho más nuestra que estas tristezas.
En las críticas suele venir un «pero» luego de los moderados elogios. En este caso es al revés: el «pero» es Elena Zuasti. «Un agujero en la pared» es lo dicho; aparece Elena y es un milagro. Con sólo entrar en escena cambia la atmósfera. Por un instante, el espectador cree que aquello es verdad. Como en el caso de Maruja Santillo o de China, hay una mujer, un arte consumado, un encanto. Hay una voz única, que puede expresar todo desde su peculiar registro, bajo pero pleno. Hay los gestos medidos y adecuados de una actriz que domina sus medios y que también supo dirigir la obra, con ritmo, medida, agilidad.
Elena es toda la diferencia; pero, ay, su brillo no hace más que resaltar el vacío en que destella. El crítico, ese eterno desconforme, sueña con lo que ella podría hacer con un libreto digno de su arte. *
UN AGUJERO EN LA PARED, de Jacobo Langsner, con Alvaro Pozzolo, Guillermo Vilarrubí, Elena Zuasti, Mirtha Cazet y Laura Moratorio. Compaginación musical de Carlos García, dirección de Arte de Cristina Cruzado, luces de Sebastián
Marrero, dirección general de Elena Zuasti. En Teatro Alianza, sala 2.
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