El universo no quiere a las uruguayas
Miss Universo es el concurso de belleza con más reconocimiento a nivel mundial. Nuestro país, desde los comienzos en los años 50, ha enviado siempre a una representante. Nunca ha logrado ningún destaque, siempre lejos de las ganadoras. Pero en esa historia de 55 años algunos casos de chimentos han sido bien alimentados por las malas lenguas. Una de las primeras Miss Uruguay, por ejemplo, linda era, no obtuvo nada pero se contaba que era la amante de un ex presidente de la República y que había por ello logrado ese hermoso caserón que sigue tan campante al lado del arroyo Miguelete, cruzando el puente hacia el Norte, a la derecha, y donde el nauseabundo olor y los mosquitos siempre fueron pesadilla, no por la presencia, nunca confirmada, nunca desmentida, de su relación con el alto jefe de gobierno.
Otros problemas involucraron a un conocido locutor y animador, que por años fue el representante en Uruguay de los organizadores. Nunca confirmado, nunca desmentido el manejo de dineros.
Luego todo comenzó a caer en el olvido local aunque cada año la televisación ganaba más países y más televidentes preocupados por saber qué muchachita se llevaría diamantes y oros. Mientras se mentía que mil millones de televidentes estaban siguiendo esa emisión, cuestión ilógica por los problemas horarios, aquí nos adherimos a la emoción con dos días de atraso, en la versión de bolsillo, tipo «Selecciones del Reader´s Digest». Y esa falta de presencia celeste puede explicar que no muchos hayan seguido el programa que Teledoce emitió el miércoles 30 cerca de las 23.30 horas. Desinterés multiplicado por no ser en vivo ya que el concurso fue el lunes 28 en México y ya todos sabían quién había sido electa. Sin la esperanza de ver a la uruguayita peleando en las finales, poco podía esperarse del programa en diferido.
Sin embargo, hace mucho tiempo que no se veía y oía nada tan divertido.
Una pareja de desconocidos, hombre y mujer, fueron los conductores. Desde este «vamos» comenzó el descalabro. Usted que está acostumbrado a ver películas y seriales dobladas al español se habrá sorprendido de lo que intentó Teledoce: crear un doblaje total de lo que decían los dos presentadores y ese doblaje a la criolla fue tan a trasmano que encontrábamos a la voz femenina hablando en momentos en que el que se veía que conducía era el hombre y viceversa. Un desajuste total. Pero lo malo fue que quienes tenían a su cargo eran dos uruguayos muy conocidos: Victoria Rodríguez ponía la voz de la yanqui y Daniel Figares cumplía el rol masculino, aunque vale precisar que a las altas horas de la noche de la emisión, con el volumen bajito porque el resto de la familia dormía merecidamente, podríamos confundirlo.
Si bien los trastornos podrían haberse disimulado intentando no crear la falsa idea del doblaje real se fue más lejos aún. Victoria podía, en cualquier momento referirse a su compañero con el nombre del animador estadounidense o lo mismo ocurría con Daniel que hablaba a su compañera como si fuera la que se veía. Y se llegó, además, a un caso en el que Victoria entrevistaba a una de las candidatas y cubría con su voz los dos personajes. Por su parte, Figares olvidó el libreto y en un par de ocasiones llegó al corte con «enseguida volvemos en vivo por la tele», con lo que replanteaba otro de los problemas, el que el programa no fue en directo ni en vivo sino 48 horas después.
Más allá de estas divertidas pifias locales, el programa en sí tuvo un buen manejo publicitario de todo México, comenzando cada bloque con alguna de sus atracciones turísticas. Cuando se volvía a la emisión del concurso dominaba una escenografía poco creativa ya que se apoyó en la clásica división del fondo en áreas donde se ubicaba cada una de las bellas, en distintas alturas y aprovechando sus movimientos, todo al estilo de lo que había hecho Bob Fosse para «Chicago», que aquí en teatro Ahunchain tomó para su «All that jazz» y que luego se revivió en el filme visto hace un par de años.
En el balance, se presentaron setenta y siete países. Todo fue tan rápido, no hubo un desfile personal, que enseguida nos encontramos con que sesenta y dos habían pasado al olvido, luego otras cinco y otras cinco más para llegar al final de las más lindas.
La uruguayita, en esta emisión reducida, «for export», tuvo tres encuentros con las cámaras, nunca en forma completa, y apenas un segundo por vez, siempre detrás de otras, por lo que hasta sus familiares deben haber quedado con rabia por tan poca dedicación a ese país que quizás era asiático, europeo del este o, podría ser, latinoamericano. Una vez se leyó claramente «Uruguay», pero no más.
Muchos deberían preguntarse, si se quedaron viendo hasta el final, las cosas que pensarían, gritarían y callarían las participantes que eliminadas eran llevadas a la escenografía de las celdas para ver cómo las que se perfilaban como ganadoras desfilaban en malla o en traje de fiesta. Vale agregar que este concurso comenzó siendo auspiciado por mallas Catalina, una marca muy vendida en la segunda mitad del siglo XX pero ahora, cada año la promociona cualquier otra marca, en este caso fue una empresa tailandesa sin marketing por estos lares.
Con respecto al sistema de elección nada se supo. Ganó la japonesa, que era bella pero que al lado de la brasileña, un verdadero monumento, y a la venezolana, perfecta en sus rasgos, poco o nada podía hacer. Por lo que cabe pensar que estos premios están distribuyéndose con criterios poco ortodoxos, más cuando quien es dueño del concurso es Donald Trumpp, ese multimillonario que tomó a la tele como juguete con su programa «El aprendiz».
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