Flores de fuego de Takeshi Kitano

Poesía a quemarropa

Quien haya tenido la oportunidad de acceder a Violent con en video –por ejemplo–, podrá tener una referencia más clara de esta sobria caligrafía que apela, en varias escenas, a una frontalidad exasperante mientras se toma sus tiempos silenciosos para examinar un mundo estigmatizado por la violencia y la corrupción.

Dotada de un estilo sobrio y despojadísimo, la narrativa visual de Kitano, sin embargo, se aparta de varios comunes denominadores que hacen al cine de acción, para registrar una marca tatuada con hierro candente, tan personal como fascinante.

Vale la pena subrayar esto porque reducir el universo del rockero Kitano a la agresión puro puede resultar superfluo y bastante esquemático. Filmes como Sonatina o Escenas en el mar ya han dado cuenta de un vuelo lírico que va más allá del simple registro de las furias desatadas sino que, además, exhiben una preocupación extrema por el cuidado formal y las intensidades cromáticas que sus fotogramas brindan en tomas polarizadas, dilatados planos secuencia o una rigurosa cámara fija, a secas. Lo mismo podría decirse de esos diálogos cortados con hachazos, lacónicos pero significativos como para ajustarse a la perfección en ese formato visual, por momentos moroso o impregnado de una terrible crudeza, que Kitano impone en la historia que narra.

En este caso, los hechos explorados en pantalla dan cuenta de un policía «duro» a lo Harry, el sucio que hace justicia por mano propia aunque marca su potencial ético en actitudes que tienen que ver con la ayuda económica que brinda a la viuda de otro agente caído en acción, el apoyo a un colega lisiado y la decisión de brindar el último momento de felicidad a su esposa quien sufre una enfermedad terminal. Esta sintética paráfrasis debería incluir, además, cierto ajuste de cuentas y una transgresión delictiva que funciona como paradójico acto de justicia. Pero todo lo señalado es, apenas, una débil pincelada que no alcanza a sugerir el vuelo poético dibujado en Flores de fuego. Es que, con mano maestra, este escritor, conductor televisivo, músico y cineasta del Oriente, logra una simbiosis de ternura, brutalidad y muerte como pocas veces se ve en el cine.

Hay algo de magia en la cinematografía de Kitano; podría decirse que su técnica nos golpea con contrastes de sangre y belleza. Es, en resumen, una poesía a quemarropa que deslumbra aunque puede llega a descolocar a espectadores que sólo vayan a buscar el balazo fácil y una historieta convencional del hampa. La ley de la jungla que capta Hana Bi también recoge matices del arco iris y minúsculos fragmentos de una piedad oculta bajo coraza. Hay que saber buscar, claro está, porque estas flores de amor y muerte sólo ofrecen su aroma a una platea decidida a aceptar el desafío de una extraña experiencia estética de alto vuelo.

Definitivamente, este inefable cineasta no es, simplemente, un Tarantino a la japonesa aunque pueda tener algo del creador de Tiempos violentos o, incluso, de Jarmusch y Ferrara. Pero la labor audiovisual de Kitano resulta inconfundible (y singular), como para merecer un etiquetamiento comparativo. Por cierto que esta obra en particular ya ha sido debidamente laureada en el Festival de Venecia con el León de Oro además de varias nominaciones que incluyen el Premio César de Francia y un sustantivo reconocimiento de los críticos estadounidenses. Merece celebrarse, (aunque sea con retraso), el estreno de un largometraje realmente filmado para encandilar. De lo mejor del año. Enhorabuena.

Flores de Fuego («Hana Bi», Japón, 1997). Guión, Dirección y Montaje: Takeshi Kitano. Producción: Masayuki Mori y Yasushi Tsuge. Música: Joe Hisaishi. Sonido: Norihiro Isoda. Con «Beat» Takeshi Kitano, Kayoko Kishimoto y Ren Osug.

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