"Cansiones" al estilo Serrat

Declaración de amor a América Latina

Este disco desde el título anuncia sorpresas y guiñadas cómplices para quien lo escuche: (la ese de Cansiones) responde a que en América Latina la gente dice cansiones y no canciones; Tarrés no es otra cosa que un palíndromo (palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha y de derecha a izquierda) y que en el juego que propone el catalán es su alter ego, su otro yo.

Salvo «Tarrés», con texto de Serrat y Tito Muñoz y música de Serrat, que inicia el disco, las restantes trece canciones parten de múltiples ritmos y estilos: ranchera, son, mazurca, tango, candombe, guarania.

Serrat es un pionero en todo el sentido de la palabra. Ha demostrado que recreando historias, esas de ayer, de hoy y de siempre, es posible rescatar lo perdido. Aún en las canciones más festivas es posible encontrar esas imágenes que llegan directo a la sensibilidad, esas palabras que llegan a la conciencia del escucha para dejar grabado un concepto que ya nunca podrá borrarse.

A «Tarrés» le siguen «Soy lo prohibido», de Roberto Cantoral y Francisco Dino López; «En la vida todo es ir», de Juan Antonio Corretjer y Roy Brown; «El último organito», de Homero y Acho Manzi; «Mazúrquica modérnica», de la inmensa Violeta Parra; «Yo sé de una mujer», de Sánchez Galárraga y Graciano Gómez»; «Sabana», de José Salazar y Simón Díaz; «El amor, amor», una canción popular colombiana adaptada por el propio Serrat; «Che pykasumi» (Mi tortolita) un texto que el catalán canta en idiomas guaraní y español; «La maquinita» otra canción anónima, en este caso mexicana y adaptada por Serrat; «Fangal», de Enrique Santos Discépolo y los hermanos Virgilio y Homero Expósito, «El cigarrito», de Víctor Jara; «De un mundo raro», de José Alfredo Jiménez y por último «La Llamada», del uruguayo Pedro Ferreira.

Como el poeta Antonio Gala ha dicho de él, no sorprendía hace veinte o treinta años que Serrat fuese un rebelde, pero podría sorprender que lo siga siendo hoy.

Casi todos los que entonces oían a Serrat están muertos o inmovilizados de una u otra manera. El continúa idéntico. Se ha resistido a acomodarse en la poltrona del éxito, de la consagración o el estrellato: el laurel de oro que acaba por vaciar las sienes del creador. No se alinea en ningún batallón: ni de los acomodados, ni de los destructores. No se proclama definidor ni defensor del orden, pero tampoco del desorden. Su constante posición es la de romper filas. Su misión no es la de prometer falsos paraísos, ni vestir al desnudo, ni consolar al triste; no se autoadjudica misión alguna: es un francotirador contagiando a los otros. Si resulta ejemplar es porque lleva la vida entre los dientes, como un cuchillo y como un beso.

Nadie puede dudar un instante que varios de sus discos (el dedicado a Miguel Hernández, el dedicado a Antonio Machado, Mediterráneo o En tránsito, por citar algunos ejemplos) son inobjetables obras maestras. Suma de canciones que marcaron definitoriamente a más de una generación, hecho que le ha permitido a Serrat reciclar en forma permanente sus auditorios. Cansiones es otro de los ejemplos.

Días pasados comentábamos en estas páginas el relanzamiento a nivel mundial por parte del sello BMG y en formato compacto de los veintinueve discos que forman –hasta el presente– su producción. Continuar opinando sobre la personalidad de este artista sería como llover sobre mojado. Vale sí insistir en la cuidada presentación técnica de este trabajo. Se escucha de maravillas y el librillo que acompaña el envase del disco, complementa de manera efectiva el disfrute y la comprensión de la labor. En él se incluyen los catorce textos, todos los datos técnicos y una serie de fotografías que permiten acercarse aún más al espíritu de la obra.

No se trata entonces de una antología de las mejores canciones de América Latina –lo que sería imposible de realizar ya que todo y sobre todo en cuestiones de arte es discutible y opinable– son simplemente un manojo de canciones que el catalán conoce desde larga data, canciones que él ha escuchado y le han acompañado durante su extensa y exitosa trayectoria, canciones que también le han nutrido y que ahora vuelca reversionadas en su propia voz y a través del tamiz de su propia peripecia personal. Todas ellas tienen el estilo Serrat, el sello inconfundible de su personalidad. Luego de El sur también existe, con textos de Mario Benedetti, esta es la más clara declaración –en sus obras– del amor que Serrat profesa por nuestro continente, por los seres humanos que cubren la vasta geografía comprendida entre el Río Bravo y la Antártida.

Obviamente en nuestro país se va a difundir hasta el cansancio «La llamada». Sería una pena quedarse solamente en esa canción.

Sería muy bueno que las radioemisoras –vehículo primordial de la difusión discográfica– difundieran todos los surcos, destacando «En la vida todo es ir», «Mazúrquica modérnica» y «El cigarrito».

Hoy, en conferencia de prensa que se realizará en la Intendencia Municipal, se va a anunciar oficialmente lo que LA REPUBLICA anticipó en exclusividad hace una semana: que parte de lo recaudado en el espectáculo que Serrat ofrecerá el miércoles 8 de noviembre en el Velódromo, será donado para la construcción del Memorial a los Detenidos-Desaparecidos que será emplazado en la zona del Cerro.

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