Nuevo título de Ettore Scola

La (es)cena está servida

Lunes 23 de octubre de 2000 | 12:00
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De inminente estreno local “La cena” posee, indudablemente el sello del maestro italiano Ettore Scola. A sus 70 años prosigue fundando historias calurosas y humanistas y que, en este caso, reúne a un elenco brillante, entre ellos a Vittorio Gassman (en uno de sus últimos filmes), Fanny Ardant y Stefania Sandrelli.

El filme llega con cierta tardanza porque Ettore Scola lo presentó hace dos años, pero de igual modo puede situarse a La cena como una verdadera celebración cinematográfica y una suerte de variación estupenda de los temas o el tema que ha teñido generosamente a su vasta obra fundada.

Por cierto que el realizador italiano ya finalizó Competencia desleal, con rol protagónico para el inmenso Gérard Dépardieu, un registro que ya está pactado para estrenarse durante la próxima temporada y que en su trama revela una rivalidad de tiendas de confección con el telón de fondo de la avanzada nazi hacia 1939.

La cena, sin embargo, tiene puntos de contacto con La terraza y si se quiere con Un día muy particular o inclusive La familia. Ejes de reunión en el sentido de la escritura narrativa, de la elaboración de contrapuntos en el desarrollo de los diálogos, en la forma en que Scola detiene rostros que desde sus conflictos personales describen un entorno y una comarca, una superficie histórica, una o más impresiones políticas, una o más reciprocidades afectivas.

Dice Scola con aire de queja: “El cine últimamente lo veo en crisis porque, en rigor, todo o casi todo se ha frivolizado y porque no hay forma de enfrentar las imposiciones que llegan desde los Estados Unidos. Los estadounidenses hacen algunas películas muy valiosas, pero obligan a los empresarios a comprarlas dentro de un paquete mucho más grande donde se encuentra cualquier cosa. Así muchas películas italianas no tienen sitio o sala, es un verdadero desastre”.

Y agrega el notable cineasta de Splendor: “Por otro lado, está el fenómeno Berlusconi y su mala influencia desde la televisión. Ese, el de la televisión, es un gusto difuso y vulgar, además de superficial y que promueve instintos egoístas en el público y a cerrarse ante las novedades”. La cena se desarrolla en una única locación: un restaurante romano sin demasiado lustre atendido afectuosamente por Fanny Ardant. Se trata de catorce mesas: una de ellas la ocupa un viejo y sabio profesor encarnado por el excelentísimo Vittorio Gassman, el que las irá recorriendo una a una inmiscuyéndose en los conflictos de cada comensal. Otra de las mesas la ocupa Stefanía Sandrelli y su hija: la madre, en ese universo bullicioso, se topará con una confesión de parte de su hija que la dejará de cama.

“La cama está planteada como una superficie cinematográfica en donde se puede conversar y discutir, donde hay disidencias y gratas confrontaciones y hasta recuperar lenguajes ya olvidados”, insiste Ettore Scola como para definir un modo, un estilo y una estética.

Y hay razón: la concentración de los parlamentos carga de sentido la caligrafía visual del filme, le otorga una densidad y una fina poética si se quiere urbana ya característica en la obra de Scola. Los personajes obtienen, así, una encomiable carnalidad: delatan sus fortalezas y sus debilidades, dejan fluir sus reflexiones afectivas e intelectuales, también sus posiciones políticas y en consecuencia su red de emociones en un espacio absolutamente de tono familiar durante una extensa velada de la gastronomía y las palabras encendidas. Toda una comedia de costumbres, La cena es de esos filmes que reflexionan junto a los espectadores. Puro cine que libera el estrépito de sentirnos inconfundiblemente instantáneos y eternos, humanizados por las flaquezas y las susceptibilidades en un restaurante muy particular.

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