ENTREVISTA: ENRIQUE ESTRAZULAS: LITERATURA, TANGO, ONETTI, BORGES Y OTRAS YERBAS

En la frontera entre lo real y lo fantástico

Advierto que Enrique ha quedado seducido por el sortilegio del boliche donde nos disponemos a charlar; se lo comento y me dice:

«Esto es de lo poco que le va quedando a Montevideo, y sospecho que en poco tiempo lo van a destruir. Habría que inventar algo para declarar a esta esquina monumento histórico. Estos boliches no pueden morir. Sin embargo, hay una tendencia que los hace desaparecer; una especie de actitud espiritual que la gente va perdiendo, ¿no?»

 

­Hace más de treinta años que se publicó tu primera novela, «Pepe Corvina». Desde entonces has desarrollado una intensa producción, sobre todo en narrativa.

­Sí, es muy rara la vida de los escritores; es un misterio el destino de los escritores. Recuerdo que en aquella época, en plena dictadura, a mediados de los setenta, gracias a «Pepe Corvina» yo era uno de los escritores más notorios, si no el más notorio. Después eso terminó, y en mi fuero íntimo pensé: «Bueno, eso ya pasó; evidentemente fue una ráfaga». Pensé que yo no tenía ya más nada que ver con la literatura, que había sido un flash de la vida, una etapa muy breve: como no había otra cosa, había aparecido yo. Después, me fui dando cuenta de que no era tan así. Cuando publiqué este último libro, hace un par de semanas, la encargada de prensa me decía que me conocía todo el mundo, y yo pensaba que no, fundamentalmente por todos los años que estuve fuera del país. Pero al leer las críticas de este último libro, como la de Hugo Acevedo, que me pone entre los más importantes, bueno, al final terminaré por creérmelo.

­Tal vez el hecho de no pertenecer a ninguno de los cenáculos «oficiales» te haya hecho suponer ­erróneamente­ que ya había pasado tu vínculo con la literatura; tenés algo de oveja negra entre los escritores uruguayos.

­No, para los escritores no, porque soy amigo de muchos de ellos, pero sí he sido naturalmente un anti-intelectual. Un anti-intelectual en el buen sentido, es decir que no me interesan las peñas, los cenáculos; no me interesan las divagaciones sobre retórica. Por eso es que he tenido amigos como el Pepe Sasía, como Pedrín Graffigna, como Roberto Perfumo en Buenos Aires. No solamente porque me gusta el fútbol sino porque eran diálogos mucho más interesantes, y sabías que al levantarte de la mesa nadie iba a hablar mal de vos. Y sin embargo en las peñas no podés levantarte porque no bien te fuiste, te rechinan los oídos. Y eso es algo que ocurre en todas las latitudes, en todos los países del mundo y no sólo en Uruguay. Pasaba en Roma, en París, en Madrid.

 

­Tu vínculo con la literatura se limita entonces a escribir, a crear, y no a practicar diletantismos.

­Mi tema es encontrar personajes, ambientes, y no hablar de eso; excepto con determinada gente, determinados amigos, determinadas mujeres con quienes se puede hablar de eso, y cortar el tema de repente y ponerse a hablar de cómo es este boliche, por ejemplo, o de lo que sea.

Esa seguidilla temática, pelotuda, de las peñas o cenáculos no me interesa para nada, entre otras cosas porque no se aprende nada de literatura. En cambio, aprendo de literatura si leo a Roland Barthes, o a Derrida, o a Sábato o a Borges, o a los grandes escritores que dio América Latina; o las literaturas más antiguas, los poemas de Virgilio, y también a los intelectuales explicativos como Octavio Paz o los ensayos de Borges. Pero no se aprende nada de literatura en esas discusiones de las peñas, en ese tipo de reunión social que te desgasta y no te aporta nada; y me asombra que no los desgaste a ellos, a los habitués de esas peñas. En general son los que les gusta Julio Sosa e ignoran a Gardel; al que le gusta Julio Sosa en general no sabe nada de tango, y de lo que entiende es de ordinariez y de mal gusto. Carlos Gardel es la fineza, la calidad, la lírica. Tiene que ver fundamentalmente con el buen gusto, y el buen gusto tiene que ver con la inteligencia, y la inteligencia tiene que ver con la sensibilidad.

 

­Quiere decir que para ti, el buen gusto es inteligencia y sensibilidad en dosis parecidas, en una especie de amalgama…

­Claro. Es ese misterio que se puede percibir en París, que es una ciudad muy extraña…así como Buenos Aires es también una ciudad misteriosa, para hablar de ciudades donde he vivido, o Roma, que es un dédalo… Pero París tiene un maleficio que tiene que ver con los violines cuando celebran la llegada de la primavera, y tiene que ver con el misterio de los «clochards» (linyeras), que yo no vi en otra ciudad del mundo.

 

­Según tú, los «clochards» parisinos tendrían algo especial que los diferencia de los vagabundos nuestros, de los bichicomes.

­El atorrante nuestro, cuyo nombre proviene de la marca de los caños donde dormían, es otra cosa. Los «clochards» son abogados, sociólogos o poetas que eligieron vivir en la calle porque están hartos de la civilización. Yo los conocía mucho. Siendo agregado cultural en Francia, conseguía el cognac Napoleón a seis dólares. Y yo llegaba allí, a la Place de la Sorbonne, donde los «clochards» tenían un fogoncito, y me miraban como si fuera Dios (yo y el cognac), y bebíamos en vasos de cartón, y me cagaban a mentiras con historias inventadas… (se ríe) Algunas de esas historias figuran en este libro, «La cerrazón humana», cuyos cuentos tienen que ver con la gente marginada.

 

­A mi modo de ver, el cien por ciento de los personajes de «La cerrazón humana» son marginales.

­Digamos que un sesenta por ciento sí.

 

­Pero hay algunos que viven en sociedad y que tienen un lado marginal, un lado que los impulsa hacia la marginalidad.

­Pero son marginados por virtud. Al escritor que maneja gente «normal», gente oficinesca, por ejemplo, no le interesa absolutamente ninguna variación del ser humano. Le interesa lo que está a la vista.

 

­¿Estás pensando en algún escritor en particular?

­No, estoy pensando en todos aquellos que eligen personajes que aparentemente son reales; creen que escriben sobre personajes reales y que son realistas, y yo honestamente, no he conocido nada más aburrido que el realismo desde el punto de vista literario, no desde el punto de vista social.

 

­Esa tesitura puede irritar a mucha gente de izquierda que, además, te vincula con el Partido Nacional…

­Contrariamente a lo que se cree, he tenido una serie de variaciones políticas, porque he sido un libre pensador ­que es la condición natural del hombre­; y si bien elegí históricamente al Partido Nacional, no he tenido una militancia cerrada. El Partido Nacional históricamente me interesó, y me interesó especialmente el último líder que tuvo, el último caudillo: Wilson Ferreira Aldunate. Esa es la clave. No quiere decir que no haya admirado y no haya tenido simpatías enormes con otros líderes vinculados al Frente Amplio; quiero decir que esa vinculación con el Partido Nacional no está atornillada, nunca estuvo atornillada… Pero bueno, basta de política por esta noche.

 

­Me parece bien. Volvamos al tango. El tango ha dado grandes poetas, o si lo preferís, hay letras de tango que son profundamente poéticas. ¿Cuáles son, a tu juicio, los mayores poetas del tango?

­Nombraría, sin duda, a Homero Manzi…

 

­¿El hecho de nombrarlo en primer lugar se debe al azar?

­No, lo menciono en primer lugar porque se lo merece; es el gran poeta lírico del tango. Sigo con otro grande, un filósofo: Enrique Santos Discépolo, y luego Enrique Cadícamo, Cátulo Castillo, Homero Espósito… Son mucho más poetas que muchos poetas cultos argentinos y uruguayos.

 

Borges, Onetti y otras amistades

­Y a propósito de poetas cultos, sé que tuviste una relación de amistad con Jorge Luis Borges.

­Sí, tuve una muy buena amistad con Borges. Pero no es el único amigo célebre; también fui amigo de Zitarrosa, de Capagorry. Son íntimos amigos que se me fueron. Alfredo, Wilson Ferreira, Capita, un personaje notable… Pero volviendo a Borges, yo diría que tuve una amistad secreta con Borges. Tuvimos innumerables diálogos secretos que guardo en mi memoria. Alguna vez escribí algo para «La Opinión», pero la amistad con Borges fue muy divertida porque es uno de los hombres más divertidos que he conocido. Un hombre de una cultura realmente asombrosa y con un sentido del humor muy particular. Haber conocido a Borges, haber charlado con él, es como llevarse varios libros y guardarlos en la memoria. También tuve una amistad ­tal vez más entrañable­ con Onetti, del que me llevé un libro más corrosivo, más corrosivo que el libro que te llevás de Borges, porque Onetti era mucho más oscuro: miraba la vida por un agujerito negro; yo lo admiraba pero al mismo tiempo no compartía su pesimismo. El escepticismo que compartía con Borges (fundamentalmente Borges era un escéptico político, fue la única ideología que tuvo) era ese escepticismo político; en cambio Onetti era un escéptico de todo; la confesión de Onetti iba a ser escéptica irremediablemente. Misteriosamente él mismo me decía: «Nada tiene que ver que un escritor sea pesimista u optimista; el asunto es que escriba bien o no». Y bueno, dentro de los escritores rioplatenses ­fundamentalmente del Uruguay­ creo que no hubo otro. Lo de Borges está a nivel universal, es un clásico…era un clásico ya en vida. Pero creo que Onetti es el escritor más importante desde una mirada que se la dieron el Uruguay y el Río de la Plata. No se le antojó solamente sino que se la dio esta comarca.

 

­Hay otros escritores uruguayos que me consta que tú valorás. Pienso en Paco Espínola, por ejemplo…o en Felisberto Hernández.

­Sí, sin duda. Felisberto Hernández es uno de los escritores más importantes de la literatura universal, también, junto con Onetti. Recuerdo haber leído a Felisberto Hernández a escondidas, en la biblioteca de un tío mío; nadie encendía las lámparas… Recuerdo que la contratapa estaba escrita por Vaz Ferreira, y en una parte decía más o menos así: «Seguramente su literatura le puede interesar a cinco o seis lectores en el mundo, y yo me cuento entre ellos». Poco a poco fue interesándole a muchos más escritores. Recuerdo que cuando yo conocí a Cortázar, él estaba asombrado con Felisberto Hernández; lo estaba descubriendo, era el año 76, y estaba prologando una edición de sus cuentos que se publicó en París y que tuvo poco éxito aunque al final, hace pocos años, se agotó. Bueno, lo mismo pasó con «El pozo», de Onetti, que tardó 30 años en agotarse. Quien conseguía un ejemplar de la primera edición lo vendía en dólares; me acuerdo que un amigo compró uno a un «bouquiniste» (librero de viejo) de orillas del Sena, la primera edición de «El pozo» (en español) en papel de almacén.

 

­¿Y Paco?

­Y Paco fue más un gran personaje que un gran escritor. Sin embargo, hay tres cuentos que lo colocan en el primer nivel de la literatura uruguaya campesina, tres cuentos que grabó en un disco; él sabía cuáles eran los mejores: «¡Qué lástima!», «El hombre pálido» y «Rodríguez». Pero lo de Paco es que interpretaba su propio personaje: Paco era Paco. Y todas las veces que hablé con él, le encantaba hablar, exagerar, inventar e interpretar a Paco Espínola. Muy entrañable tipo, inolvidable para sus alumnos.

 

­También conociste a Cortázar.

­Sí, misteriosamente, él quiso conocerme a mí. Estando en París me llamó para invitarme a almorzar porque quería conocer al autor de «Pepe Corvina». A través de él se tradujo al francés y después a varios otros idiomas.

 

­En francés se tradujo como «Les feux du Paradis».

­Sí, algo así como «Los fulgores del Paraíso». Y en Cuba ­donde no hay corvinas­ también se editó con ese título, «Los fulgores del Paraíso».

 

Una familia especial

­En general la gente tiene una imagen tuya un poco contradictoria. Te ven como un intelectual aristócrata que sin embargo fue amigo del Pepe Sasía…

­(Se ríe) El tema del patriciado, en mi caso, o de la aristocracia, no es verdad. Es más bien una pose humorística. No he tenido nunca una actitud que tenga que ver con eso. Ni de hablar constantemente de antepasados ni de pertenecer al club de golf o countries ni nada de eso. No tengo nada que ver con eso. Me gusta bromear con eso aunque alguna gente se enoja porque cree que lo digo en serio.

 

­Sin embargo, venís de un hogar patricio; y para explicar en parte la temática de tu narrativa, hay una infancia en Punta Carretas con una familia muy particular, una familia numerosa, con personajes fuera de serie. Si te planteo esto es porque desde «Pepe Corvina», que fue la primera novela que yo leí, hasta en los últimos cuentos, tus personajes exhiben de algún modo una cierta dosis de locura. Recuerdo incluso el acápite de «Pepe Corvina», sacado de un poema de Machado: «No fue por una trágica amargura. Esta alma errante, desgajada y rota, purga un pecado ajeno: la cordura; la terrible cordura del idiota». Creo que no fue porque sí que lo elegiste como acápite de tu primera novela…

­Las mejores críticas que se hicieron en Argentina (acá no había crítica literaria, estábamos en plena dictadura), tenían títulos como «Elogio de la locura», por ejemplo, o «La locura como salud». Esos títulos de las críticas me llamaron la atención y me aclararon muchas cosas. Yo digo sobre eso que reconozco que me inspiraron algunos personajes de algunas ramas de la familia. Me inspiraron en forma consciente. Pero el tono mayor de la locura no existía allí; sólo existía en un personaje, que es «el Mariscal». Los demás tenían una hipérbole exagerada para cualquier cosa, para la pasión por la arqueología, para la pasión por la música, para la pasión por el Uruguay, que era una pasión zorrillesca (el Uruguay era el país más importante del mundo para casi todos los Zorrilla). Los Estrázulas, no; mi padre, por ejemplo, tenía una actitud más bien levemente despectiva, digamos. Entonces a mí me llamaba mucho la atención desde chico ese patriotismo, esa admiración por el Uruguay, esa forma de ser oriental, que a mí se me pegó un poco a raíz de que anduve más entre los Montero, los Zorrilla, los Bustamante, que entre los Estrázulas. Los Estrázulas eran personas que no padecían la «terrible cordura del idiota», era gente muy inteligente pero que estaba dentro de la normalidad absoluta, gente centrada… Excepto un tío mío que era gigoló (en quien me inspiré para el protagonista de «El amante de paja»), Dick Estrázulas, impresionante humorista; creaba escenas desopilantes en cualquier reunión y era un pintor extraordinario ­el mejor discípulo de André Lothe­ que no quiso ser pintor. Eligió la vida, y sobre todo eligió a las mujeres; se murió a los 48 años.

 

Cuentos extraños

­Tengo entendido que «La cerrazón humana» se iba a subtitular «Cuentos extraños». Era un poco inútil, porque todos tus cuentos son extraños, ¿no?

­Yo creo lo mismo. Y ese es uno de los ganchos para el lector; leer a Estrázulas evidentemente es leer una literatura fuera de lo normal, fuera de lo común.

 

­La gran mayoría de tus cuentos ­si no todos­ curiosamente llegan al límite de lo fantástico pero no lo traspasan; quedan en esa frontera incierta entre lo real y lo fantástico.

­Claro. Es lo que Graciela Mántaras llama «literatura fronteriza». Por eso el cuarto cuento se
llama «La frontera», donde aparece un personaje a la rastra de un jinete que soy yo, y que fue verdad. Aparentemente, el lector puede llegar a la conclusión de que ni siquiera pertenecía al planeta, ¿no? No llega a ser fantástico…es simplemente extraño. También es extraño el cuento que da título al volumen, «La cerrazón humana», donde aparece Onetti como personaje, aparece Paderewsky, que ya estaba en una novela anterior, «Los manuscritos del caimán»…

 

­Hay sin embargo un cuento que sí, que traspasa el límite de lo fantástico, «Una estrella fugaz», donde hay una mujer que se le aparece al protagonista, y que está rodeada de un misterio inquietante justamente porque aparentemente viene de otro tiempo,

–Sí… Y en «Cercanías» planteo una situación nada extraña, porque no tiene nada de raro que un hombre siga a determinada mujer por una calle por una cierta obsesión sexual; eso no tiene nada de raro, lo raro es el final; lo raro es que aparezca un tercer personaje, que el lector no percibió. Y no lo percibió porque no fue dicho, excepto por una sola frase, una sola línea que dice que hay un oído por encima del diálogo, que para el crítico Hugo Acevedo ese tercero es el escritor, ese voyeur soy yo. Aunque también puede ser que no sea yo…puede ser otro que yo también inventé… En fin.

 

­¿Estás trabajando en algo últimamente?

­He trabajado en una novela durante el año pasado y lo que va de éste, que se llama «El enigma de la Savoyarde» (aclaro que no es la campana de la iglesia del Sacré Coeur, que pesa 19 toneladas, sino una casa). De ahí en adelante vamos pensando qué podrá ser esa novela que no tengo muy presente, la tengo medio olvidada. En realidad, «El enigma de la Savoyarde» es una parábola erótica. *

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