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    Los amores de Quiroga

    Desde las primigenias formas expresivas hasta los tiempos contemporáneos, la literatura se ha nutrido recurrentemente de la materia prima de la tragedia, como vehículo idóneo para retratar algunas de las peores facetas de la condición humana.

    Escrito por: HUGO ACEVEDO

    Domingo 06 de mayo de 2007 | 03:31

    En “La vida brava” la escritora Helena Corbellini recrea la pasional y tormentosa vida afectiva del magistral narrador uruguayo Horacio Quiroga, en una documentada obra que transita sus dolores, sus culpas y sus pérdidas irreparables, sin soslayar los claroscuros de una personalidad sin dudas controvertida.

    Nacido en Salto en 1878 y fallecido en Buenos Aires en 1937, Horacio Quiroga fue una de las plumas referentes de la literatura nacional y latinoamericana, cuya maestría narrativa alcanzó un justificado reconocimiento y admiración incluso fuera de fronteras.

    Su turbulenta vida, que tuvo naturalmente una visible influencia en su deslumbrante obra, estuvo prematuramente signada por la tragedia y la pérdida irreparable.

    Padeció prematuramente la muerte accidental de su padre, el suicidio de su padrastro y la autoeliminación de su primera esposa, que asumió con justificada culpa.

    El propio narrador se suicidó mediante la ingestión de cianuro, para terminar con el sufrimiento provocado por la grave enfermedad terminal que padecía.

    Como si se tratara de una fatalista herencia genética que trascendió en el tiempo al escritor, también se quitaron la vida Eglé, su hija mayor, y su hijo Darío.

    La historia de Horacio Quiroga fue una síntesis entre Eros y Tánatos, fruto de una existencia pasional y desenfrenada que desafió las convenciones de su época.

    En esta reveladora obra Helena Corbellini penetra la intimidad del itinerario afectivo del autor, a través del testimonio de María Helena Bravo, la mujer que compartió los últimos años de uno de los mejores cuentistas americanos de todos los tiempos.

    Asumiendo que el itinerario existencial de Quiroga es en sí mismo una valiosa materia literaria, la autora se interna en los entretelones de su cotidianeidad.

    Transformando a la última esposa en narradora y testigo privilegiado, el relato es un elocuente retrato del Horacio Quiroga hombre, más allá del mito o el genio literario.

    Sin emitir inoportunos juicios de valor, Corbellini “desnuda” a sus personajes, en un discurrir que sabe capturar los momentos cruciales de una relación tan controvertida como todos los amores del gran Quiroga.

    Desestimando de plano la posibilidad de transformar a la joven María Helena Bravo en víctima, la narradora asume el desafío de reconstruir una historia de encuentros y desencuentros.

    Situando al lector en el Buenos Aires de comienzos del siglo pasado, la narración reconstruye minuciosamente las circunstancias en las que el escritor conoció a su futura esposa, que era compañera de estudios y amiga de su hija.

    La narradora explica los conflictos derivados del inusual romance entre un hombre de casi cincuenta años de edad y una joven de apenas veinte, que generó la férrea resistencia de sus padres.

    El relato confirma el reconocido espíritu transgresor del escritor, quien, desafiando a todo y a todos, transformó inicialmente a la mujer en su amante.

    Los clandestinos encuentros entre ambos fueron cimentando una relación que se fortaleció en la adversidad y la intemperie de la incomprensión, hasta culminar en matrimonio.

    A través del complejo periplo afectivo de una pareja que maduró su amor contra viento y marea, Helena Corbellini ensaya una aguda mirada a las costumbres de la época, signadas por la doble moral, la pacatería y la hipocresía.

    En ese contexto, la autora no omite detalles que puedan resultar relevantes a su propósito de retratar ­con particular rigor y elocuencia­ a una sociedad bonaerense con mucho de provinciana y de intolerante.

    No obstante, sin afirmarlo explícitamente, Corbellini sugiere que el propio autoritarismo que condenó a los amantes a la crítica mordaz pero soterrada por su acto de osadía, también era una característica de la personalidad del célebre cuentista.

    En este relato, que recoge las memorias de la joven esposa, Horacio Quiroga es presentado como un hombre dominante, egoísta, patológicamente celoso y de carácter irritable.

    Su inconmovible voluntad lo transformó en árbitro del destino de sus dos hijos mayores, quienes solían someterse a sus mandatos renunciando incluso a su propia autodeterminación.

    Esta es quizá la faceta más contradictoria del polémico personaje, quien negaba a los seres que amaba la libertad de la cual él siempre gozó con creces.

    Intercalando el presente con el pasado, Helena Corbellini redescubre un itinerario signado por la permanente controversia, impronta que recorrió toda la vida afectiva del inolvidable autor.

    Ensayando una minuciosa síntesis de amores correspondidos y a menudo desgraciados, la autora evoca a otras mujeres que desvelaron el corazón del emblemático escritor.

    En ese contexto, Corbellini recuerda a Ana María Cires, la primera esposa, que se suicidó; la poeta Alfonsina Storni, quien fue su única amiga, la joven Ana María Palacios y la adolescente María Esther Jurkowski.

    Cada nombre femenino que aflora en el horizonte literario del libro es ­a su vez­ una historia de pasiones lujuriosas y desenfrenadas, poblada de conflictos y agrias controversias.

    En esas circunstancias, esta novela biográfica contiene intrínsecamente varias novelas reales, que representan cruciales fragmentos de una existencia siempre situada en el ojo de la tormenta.

    Asumiendo la necesidad de explorar la vida del escritor con mayor minuciosidad, Corbellini reconstruye también algunos aspectos de la vida social bonaerense de la década del veinte del siglo pasado.

    En cierta medida, más allá de las críticas que motivaban sus actitudes claramente desafiantes, la obra confirma que Horacio Quiroga era igualmente tolerado y valorado por su extraordinario talento y prestigio artístico. Otro detalle no menos relevante es que ocupaba un cargo diplomático en representación de Uruguay.

    La recreación de los ambientes de la intelectualidad de la época constituye una imagen vívidamente testimonial de las costumbres, los hábitos y hasta de las manías de las elites vernáculas.

    Asimismo, la obra es también un elocuente espejo de la conflictiva coyuntura de la década del treinta, caracterizada por el autoritarismo, la violencia y hasta la intolerancia.

    Incluso, la propia circunstancia de que Horacio Quiroga se haya relacionado con algunas personalidades de fuerte compromiso ideológico, amplifica considerablemente la dimensión histórica que adquiere el relato.

    La recreación de las frecuentes estadías del famoso escritor en la selva de Misiones recupera ­en muy buena medida­ los paisajes y los espacios ambientales que constituyeron el núcleo inspirador de su producción literaria.

    Esa naturaleza en estado casi virgen y virtualmente incontaminado por la civilización, fue la materia prima vertebral de sus tribulaciones, sus obsesiones y su genial veta creativa.

    No obstante, el tórrido terror rural que recorre muchos de sus relatos, abreva no sólo de esas escenografías, sino también de su propio espíritu salvaje, emancipado y transgresor.

    El amor, la locura y la muerte aludidos en su más emblemática y exitosa colección de cuentos, son tres conceptos intrínsecos a su propia peripecia existencial.

    La recreación de las cruciales vivencias de Quiroga que son condensadas en este libro, confirma la indudable identidad entre la vida y la obra del extraordinario narrador.

    Pocas veces un escritor retrató tan elocuentemente sus pasiones, temores y obsesiones como Horacio Quiroga, la mayoría de cuyos personajes de ficción era una suerte de alter ego de su creador.

    “La vida brava” es un biográfico minucioso y documentado, que excede claramente el propósito de recrear la vida afectiva de una personalidad sin dudas excepcional.

    Más allá de que el mayor foco de atención reposa en la figura del controvertido cuentista, la novela otorga igualmente un singular protagonismo a María Helena Bravo y a otros afectos del insigne escritor.

    Helena Corbellini
    también ensaya una aguda y escrutadora mirada a las costumbres de una época, analizando sus conductas, sus prejuicios, su intolerancia y su exasperante doble moral.

    La obra tampoco soslaya los conflictos políticos, los desbordes autoritarios, los compromisos éticos y la actividad de los fermentales movimientos literarios.

    “La vida brava” es una reveladora y hasta descarnada radiografía de una personalidad referente de nuestra cultura, cuya vida transcurrió entre la pasión más exacerbada, el amor y la tragedia. *

    (Editorial Sudamericana)

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