Rostropovich en Uruguay
Menuhim se presentó con un sencillo traje gris, sin ningún atuendo, y tocó como los dioses el opus 61 de Beethoven, el único para violín. De Rostropovich no recuerdo el programa sino algo muy especial que contaré después. Richter ejecutó al hilo dos sonatas de Prokofiev, una maravilla que disfrutamos junto con Carmen Garayalde.. David e Igor Oistraj nos regalaron el concierto para dos violines de Juan Sebastián Bach, uno de mis favoritos.
A Rostropovich lo escuché desde la platea de la sala de Andes y Mercedes. Músicos amigos me habían conseguido una invitación. No ocurrió como decenas de otras veces, cuando entraba de colado con mi barra de amigos a los conciertos de los sábados a las 18 y 33, en que durante años tuve cero falta. Rostropovich fue ovacionado. Mauricio Müller, el musicómano de origen húngaro comentarista de Marcha me comentó que Rostropovich volaba en el espacio exterior (hacía poco de la hazaña de Yuri Gagarin, el primer vuelo orbital tripulado). Después invitaron a un grupo a un pequeño piscolabis en la embajada soviética, y allí marché en el pelotón, con mis amigos de la Orquesta Sinfónica. Lo que viene es lo que quería contar.
El encuentro se deslizaba, plácido y distendido, entre copitas de vodka y saladitos crocantes, y Rostropovich como uno más. Había ingresado a la embajada abrazado al violoncello, que dejó a buen recaudo. Cuando se le pidió que tocara, tomó el instrumento y se transfiguró. Era otro hombre. Se concentró. Silencio. Tocó La danza del Fuego de El Amor Brujo de Manuel de Falla con pasión española, se sentía que la música le corría por dentro.
Ahora Mstislav Rostropovich ha muerto. Ocurrió el 27 de abril, con 80 años cumplidos. Un mes antes le habían celebrado su cumpleaños en el Kremlin. Está enterrado en el cementerio Novodevichi de Moscú junto a los compositores Serguei Prokofiev y Dimitri Shostakovich, que fueron sus maestros. Ahora recuerdo cuando escuché en el Sodre durante la guerra la primera ejecución en el extranjero de la Sinfonía de Leningrado (Nº 7) de Shostakovich, dirigida por el gran maestro argentino Juan José Castro. En el cementerio mencionado está enterrado también el cantante de ópera Fedor Chaliapin, que mi madre oyó cantar en su Odessa natal. Hay una foto de Lenin, tomada en una calle de Moscú, en que se ve un cartel pegado en la pared anunciando un recital del célebre bajo, que hacía temblar las paredes. Allí yacen también esas glorias literarias que se llamaron Antón Chéjov, Nikolai Gogol y luego Mijail Bulgakov.
Las necrológicas describen a Rostropovich como «el mejor violoncellista de la segunda mitad del siglo XX». Durante un período compartió ese rango con el catalán Pablo Casals, integrante a su vez de la tríada de los Pablos famosos junto a Picasso y a Neruda, uniendo la música, la pintura y la poesía. ¿Conocen esa cabeza de Falla dibujada por Picasso? Ya ven como todo se junta. Estos días los cables hicieron caudal de los encuentros y desencuentros de aquel azerbayano nacido en Bakú con el régimen soviético, su prolongada estadía en el extranjero, su relación con los disidentes como Alexander Solyenitsin, los enredos de su esposa, la cantante Galina Vichnevskaya, con el Bolshoi, su reconciliación en el período de Gorbachov (1990) y su posterior permanencia en el país. Para mí es ante todo el director y solista de los conciertos para cello de Vivaldi, Tartini, Boccherini, Shostakovich, de las Variaciones sobre un tema rococó de Tchaikovsky, del Canto del trovador (ministril) de Glazunov, de las Meditaciones de Leonard Bernstein, que tengo reunidas en un CD doble. Y sobre todo, el ejecutante inspirado de aquella Danza del Fuego que me quedó vibrando en el recuerdo. *
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