Escrito por: GUSTAVO IRIBARNE

Veneno en la sangre”, donde un asesino a sueldo (Jason Statham) resulta envenenado mientras duerme y debe recorrer Los Angeles a velocidad crucero haciendo que la adrenalina retrase el efecto mortal del “cóctel chino”, a la vez que salda alguna cuenta que otra en el recorrido. La propuesta (una suerte de “run for your life” bastante atípico) marca el debut de Mark Neveldine y Brian Taylor, dos jóvenes publicistas que se juegan al envase ansiógeno donde lo que menos importa, en realidad, es el contenido. (Los propios realizadores han confesado sufrir “del síndrome de atención deficiente, igual que setenta millones de norteamericanos, por eso quisimos hacer una película que fuera completamente loca”). Esta prioridad de la forma (acelerada) genera un ejercicio de narrativa cinematográfica non stop, una especie de caligrafía Speedy González para incondicionales del Correcaminos (pero que se identifican con el Coyote). Podría ser perfectamente “esponsorizado” por una bebida nitro supercafeinada de las que beben los noctámbulos para seguir danzando música electrónica. Todo el montaje impresiona como una sinopsis en permanente construcción; una sensación de vértigo en estado de clímax continuado que satura un poco pero no demasiado. Como si el muchachito de la película fuera ganando puntos y subiendo de nivel al derribar obstáculos, la vorágine del relato deja un sabor a violencia express (persecuciones automovilísticas; motocicletas que derrapan, balazos por doquier, saltos al vacío, explosiones varias, etcétera); un formato “de prisa, de prisa” que contamina hasta las escenas eróticas. El papel, justicia es decirlo, le viene como anillo al dedo a Stataham, ex nadador olímpico del seleccionado británico (que entró al cine de casualidad, por un llamado del realizador Guy Ritchie) y poseedor de un adecuado entrenamiento físico como para soportar la intensidad del rodaje.
En definitiva, “Crank” funciona como una rara mezcla entre el género policial (que no es; tampoco un thriller) y el cine puro de acción en clave de producto lúdico audiovisual; es “Máxima velocidad” al cubo, una montaña rusa sin mayor sentido ni propósito que dejarse llevar por el impulso. Sólo para incondicionales de la Fórmula Uno y futuristas como Marinetti, quien consideraba “la velocidad y la afición al peligro” como un hecho estético. Game over.
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