Escrito por: NELSON DI MAGGIO

El considerable nivel económico de galerías y centros particulares, así como el apoyo oficial para los museos es notorio, aunque nunca suficiente. Sólo así es posible emprender investigaciones en profundidad y traer muestras importantes del exterior. Algo impensable al nivel local. Por eso, cruzar el charco, por lo menos a los que no pueden ir, por diversas razones, más allá, supone ampliar el horizonte del arte actual y enriquecer la sensibilidad para estimar convenientemente las pocas novedades que recalan en los espacios montevideanos para evitar desatinos parroquiales.
La idea del curador Eduardo Díaz Hermelo de inaugurar la primera bienal de arte geométrico, sin premios ni jurados, surge en un momento de recuperación del arte geométrico. Desde hace algunos años, varios coleccionistas nacionales y extranjeros procuran obras de los integrantes de Arte Madí y los concretos uruguayos. María Freire, Costigliolo, Llorens, Uricchio (sus mejores obras salieron del país), Pareja y Presno, para citar algunos artistas, han obtenido el fervor estimativo que no consiguieron en otros tiempos. Además de un indudable componente comercial (es difícil adquirir instalaciones y videos), existe una necesidad de rescatar y jerarquizar el aspecto histórico de una corriente que caracterizó a buena parte de la producción latinoamericana a partir de la década del cuarenta, alcanzando auge internacional en los cincuenta. Una manifestación estética que unió a Caracas, Rio de Janeiro, San Pablo, Valparaíso, Lima, Buenos Aires y Montevideo en tónica simultánea, y a veces anterior, con otras capitales europeas y estadounidenses. Geometría y cinetismo adquirieron una resonancia que, en muchos casos, además de los uruguayos circularon por Montevideo (Pettoruti, Vasarely, Julio Le Parc, Soto, Mc Entyre, Vidal, Cruz Diez y su frustrado proyecto de jardín costanero).
En un edificio reacondicionado de la pequeña calle Ayolas, en La Boca, cerca de la Fundación Proa y otros museos y talleres de pintores, se inauguró la Primera Bienal de Arte Geométrico. En principio se pensó de alcance internacional pero luego, con prudencia, se limitó a 20 galerías porteñas, las más afines a la tendencia más la participación del Centre d’Art Géometrique Madí-Orion, de París.
El valioso conjunto rescató nombres históricos, algunos casi olvidados, desde cuadros de Pettoruti, el pionero, a Del Prete, Yente, Lozza, Hlito, Miguel A. Vidal, Marta Boto, Vardanega, Barragán, Noemí Gerstein, Jorge de la Vega anterior a su etapa de la nueva figuración, los cofundadores de madí Kosice y Arden Quin (con numerosas obras repartidas entre diferentes galerías, una suerte de homenaje a sus 94 años), Julio le Parc, Brizzi, Polesello, Carlos Silva, Bolívar Gaudin y numerosos jóvenes renovadores y continuadores del geometrismo, muy bien presentados por el Centre d’Art Géometrique, el stand que se distinguió por la sobriedad y eficacia del montaje, al contrario de otros con demasiadas obras que dificultan la apreciación individual o alguna galería que equivocó el envío.
Más allá de inevitables pequeños desajustes, inherentes a todo nuevo emprendimiento, el conjunto es sumamente estimulante y aunque como toda expo-feria no admite una lectura lineal, sino alternada, el observador inteligente puede establecer un guión personal entre obras poco conocidas y artistas reconocidos y emergentes. La presencia de Martín Blaszko al acto inaugural contribuyó a realzar la muestra (continúa hasta el domingo), importante revaloración de una parte de la historia artística argentina y rioplatense.
Pero la Primera Bienal de Arte Geométrico es apenas la introducción a una ambición mayor: la edificación del Museo del Arte Construido, en la misma calle. El proyecto de la fotografía publicada en el catálogo está de acuerdo con el arte que ocupará sus varios pisos. Ya se anuncia para julio, en el mismo lugar de la Bienal, que hospedará exposiciones temporarias, una gran retrospectiva de Carlos Cruz Diez, mientras la Fundación Proa, en plan de ampliación, promete la de Marcel Duchamp para la próxima temporada. La Boca, ese barrio deteriorado y turístico, se convertirá así en un punto de referencia cultural inevitable.
En coincidencia, se exhibe en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) una retrospectiva del italiano Alfredo Volpi, emigrado a Brasil con su familia a los dos años de edad. Trabajó desde la infancia como pintor de paredes. De escasa escolaridad pasó, ya adulto, a interesarse por el cuadro de caballete, a vincularse con los modernistas y recién en 1944, en su primera exposición individual, llamó la atención de la crítica y los intelectuales. Con el apoyo incondicional de Mario Pedrosa, el gran crítico carioca, que lo incorporó al movimiento concreto, no sin cierta imprudencia, Volpi, que nunca adquirió la ciudadanía brasileña, se convirtió en un icono del geometrismo.
El recorrido por medio siglo de su actividad pone al descubierto la fragilidad de sus cuadros figurativos iniciales, el candor, de auténtico naïf, que circula por la abstracción y el geometrismo, incluso en su serie más famosa de banderitas y fachadas, casi siempre ejecutadas a la témpera sobre tela, alternando con tiernas imágenes religiosas. El atractivo principal estriba en la franqueza de sus composiciones, la captación de un colorido propio del país, visible aún hoy en las casitas playeras o en los adornos de las fiestas populares heredados de Portugal, la variedad de tonalidades y la movilidad interna de la superficie que, en cierta medida, lo aleja de los rígidos postulados del geometrismo y de las formulaciones teóricas. En ese sentido, Alfredo Volpi ocupa un lugar singular en el arte brasileño.
También en el Malba, las golpeantes obras de David LaChapelle, el fotógrafo de la revista Interview de Andy Warhol. Consagrado entre los diez primeros fotógrafos actuales, LaChapelle arremete con lujoso desparpajo manierista, llevado hasta la insoportable sofisticación barroca, por las a veces excedidas turgencias de mujeres famosas y otras no tanto, mientras figuras masculinas desfilan ante su cámara. Cantantes, modelos, actrices, actores, diseñadores, gente de la farándula del espectáculo: las atrevidas poses desnudas de Naomí Campbell y Angelina Jolie, la exhuberancia transexual de Amanda Lepore, el grotesco felliniano de Uma Thurman y Pamela Anderson, conocidas en libros ya publicados. Aquí, de tamaño gigante, las fotos resultan estridentes, como la boteriana Muñeca solitaria o las escenificaciones para Madonna (también hay un videoclip abrumador de la cantante), La última cena o El sermón de la montaña. La maquinaria publicitaria en la sociedad del espectáculo realizada con talento que, por momentos, aparece atravesada por la irónica violencia visual de lo que muestra.
Instrumentada por el alemán-uruguayo-estadounidense Luis Camnitzer, Negatec, en el Espacio Fundación Telefónica, es otra muestra impactante sobre los excesos tecnológicos de la sociedad contemporánea. Los nombres seleccionados, muy del gusto particular del curador Camnitzer, recorren el espectro de la desesperanza, lo siniestro, lo apocalíptico, la crítica social, la violencia en plurales manifestaciones. Win Delvoye despliega los dibujos para Cloaca, una obra que recicla los excrementos humanos para convertirlos en alimentos; el video Masa de pan, de Mika Rottenberg, incorpora el sudor de las amasadoras al pan, y el video de Yes Man, en una descacharrante entrevista sobre la comida basura, dejan al espectador desalentado de la gastronomía. Otras instalaciones transitan por ideas menos repugnantes y catastróficas pero igualmente acuciantes. Rodeado de lágrimas, de Oswaldo Maciá, recoge los lamentos del mundo en altoparlantes colgados del techo; R epública de Refugiados de U
ngo Günther, crea un pasaporte de un país ficticio, mientras Roberto Jacoby explora las virtudes del amor platónico. Es una lástima que el catálogo se haya agotado, como sucede a menudo en este centro cultural, y no se pueda seguir con mayor amplitud las consideraciones de la propuesta, fascinante, por cierto.
La rigurosa investigación de Laura Malosetti (Imago, Fundación Osde) lleva el título Pampa, ciudad y suburbio. Es un itinerario histórico acerca de las raíces y transformaciones de la ciudad y el campo desde el siglo XIX hasta hoy, escudriñando en pinturas, grabados, fotografías, videos e instalaciones las modificaciones representadas en el paisaje y los diferentes enfoques de creadores conocidos.
Curiosamente, la exposición arranca con un grabado del alemán Willems, El pasado. El porvenir, con la alegoría de la República uruguaya embanderada y Montevideo al fondo en oposición a la orilla pedregosa del campo inhabitado. El recorrido, al principio descriptivo, va tomando envergadura conceptual en los diferentes apartados desde la metrópolis tranquila a los suburbios, la pampa domesticada y colonizada, con obras provenientes de colecciones particulares y museos, de nivel extraordinario: Adolphe D’Hastrel, Prilidiano Pueyrredón, Angel della Valle, Ramón Silva, Eduardo Sívori, Walter de Navazio, Onofrio Pacenza, Fortunato Lacámera, Xul Solar, Guillermo Facio Hebecquer, nacido en Uruguay, Alfredo Guttero, Antonio Berni, Badi, Alonso, Bedel, Bony, Dowek, Noé, Ocampo, Nigro, León Ferrari, Kuitca, Juan Doffo, Juan Travnik, las excelencias del video de Graciela Taquini y Eloísa Cartonera, con arte en la calle (muy superior a lo presentado en la última bienal de San Pablo), van enhebrando, entre otros artistas de enjundia, una visión compleja y aguda del relacionamiento y transmutación entre la ciudad y el campo.
Junto con los unipersonales de Jorge Macchi en Ruth Benzacar, de refinado ascetismo, y la curiosa de Aníbal Garfunkel en Ro, una mirada crítica al gourmet, complementan algunas de las muestras dignas de ver en Buenos Aires. *
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