Neuronas y neurosis

Sensiblería y racionalidad

Siento una frustración grandota capaz de cambiarme el futuro. Creo que terminaré siendo un escéptico insoportable. Incapaz de dejar correr una lágrima ante un sentimiento compartido. Desde hace meses disfrutaba del comercial de Yerba Canarias en el cual Pedro se sirve un mate y tiene la linda idea de llevárselo a un amigo, «el Tato», que debe estar muy lejos. El muchacho, mate en mano, sale de su casa, camina por el pueblo, cruza puentes, sube a un camión y sigue su recorrido con una alegría de saber que está cumpliendo con una buena cuota de amistad, esa cuota en la que debe alimentarse cada uno. Por supuesto, cuando encuentra, tras su largo peregrinaje, a Tato tras el abrazo el amigo le dice «pero está frío».

Le confieso que siempre dominó mi flaca sensiblería y pensé lo bueno que era ese aviso, la emoción simple, pura, incontaminada, que lograba trasmitir sobre los valores permanentes, esos que deben asentarse entre cada uno de nosotros y que suelen demostrarse en compartir un simple mate a la uruguaya. Sentía, cada vez que lo veía, que me aflojaba el corazón por ese talento creativo que pudo acercarnos la verdad de que la amistad no tiene fronteras, no importa cuán lejos se esté, que en ella siempre podremos reencontrar momentos lindos de esta vida.

De repente, hace un par de días, el mundo se vino abajo. A mi lado se sentó mi hija, matera de buena ley, buena consumidora de esa marca además, y cuando le contaba cuánto me gustaba el comercial me pegó un «zácate» que dejó mi complicidad tirada por el suelo, pisoteada, atropellada por una mirada joven capaz de ver otras cosas más allá de la emotividad que sobrevolaba o subyacía.

Le bastaron pocas palabras, suficientes. «Pero, viejo, está todo mal, es una tontería… si es capaz de llevar el mate tan lejos por qué no se le ocurrió llevar el termo y el mate iba a estar bien caliente para compartirlo».

La miré, le di la razón calladamente, y me tomé un café bien negro, bien caliente. Todo fue una diferencia generacional, una definición imposible de vencer.

Lo que, cambiando de tema, está aún sin definir es el sistema de televisión digital que adoptará nuestro país. Si el japonés abrasilerado como Lula quiso venderle a Tabaré en su último encuentro o si el europeo como vienen intentando convencer a la Ursec los técnicos de la comunidad o si el americano que está basado más que nada en la «Alta Definición».

Hoy en día no hay decisión tomada. En ese organismo regulador están los optimistas que estiman que antes de fin de año se conocería el sistema a seguir por nuestro país. Están, también, quienes creen que esto llevará mucho tiempo ya que habría que esperar a que los otros países de esta zona sudamericana elijan para alcanzar, entonces, una única señal que no complique el futuro regional.

Llama la atención, mientras tanto, cómo la publicidad de televisores está insistiendo en la venta de aparatos con «Alta Definición». Que supone, en estos momentos, ver algo mejor si se tiene uno de esos aparatos, pero que no es todo lo que cambiará con la integración digital. Porque al final del camino, cuando el gobierno resuelva qué sistema adoptará, de nada valdrá que se tenga «Alta Definición» y pantalla con el nuevo formato. Siempre habrá, por lo menos, que poner un decodificador, que se tendrá que pagar para ver los canales nacionales abiertos y luego esperar otros años para juntar dinero que permita comprarse una tele digital con todas sus posibilidades, o sea la mejor imagen, la interactividad, la movilidad, las posibles conexiones a Internet y, lo que más importa, que ese todo sea un servicio gratuito, sin trampas al solitario.

Hoy, sólo se puede ver «Alta Definición» por cable siempre y cuando, esto lo reiteramos, si se cuenta con uno de esos aparatos que hay que vender a toda costa antes de que venga la verdadera televisión digital.

Ya que andamos en el camino de definiciones sería bueno saber hasta cuándo se permitirá el ingreso de programas idiotizantes, porque bien se podría exigir un certificado de calidad como se exige a productos nacionales, pero además porque en estos días las guerrillas entre Los profesionales de siempre e Intrusos en el espectáculo están llegando a límites poco aceptables. La pasada semana, en Intrusos… el conductor, Jorge Rial, además de calificarse como tonto y otras carencias más, que nadie le discute, se divirtió con una pelea entre dos figuritas de la tele en la cual, por cinco minutos por lo menos, lo único que intercambiaron fue una acumulación de barbaridades muy escatológicas, sobre el montón de excrementos humanos que una le echaba a la otra.

Mierda es una palabra aceptada en el lenguaje vulgar, casero,y no asusta, pero insistir en ella y sobre cuánta de ella puede llevar la otra persona atacada es demasiado barato, demasiado fácil. Y es un programa que se emite dentro del espacio admitido para los menores, que no siempre son buenos receptores de esas groserías.

El riesgo es grande porque parecería que se puede hablar únicamente usando palabrotas y eso puede ser porque se ignore que el idioma es muy rico en ideas que traduzcan igual sentimiento de desprecio o invalidez hacia los demás. Puede dar origen también, en una interpretación traída de los pelos, a las bravuconadas porteñas, a sus escándalos, a las barras bravas o a los piqueteros, que pueden hacer y decir cualquier cosa sin que nadie les ponga freno. Todo puede ser en la viña del Señor. *

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