Excepcional confluencia de calidades para ver
Nadie se podrá quejar. En estos momentos, las salas de exposiciones montevideanas congregan una variedad y calidad de artistas nacionales y extranjeros fuera de lo común. A muestras admirables que todavía continúan ( Espejito… ¿Quién es la más bella?, para citar una de las que figuran en el recuadro Exposiciones) se agregan otras que redoblan el atractivo y movilizan al público a su disfrute. Es cierto que la conspiración de silencio de la mayoría de los medios de comunicación en torno a las artes visuales y la escasa habilidad de los interesados en difundir su actividad, son factores que opacan el singular esfuerzo y el brillo de la naciente temporada. En tiempos no muy lejanos, había secciones especializadas más atentas al comentario oportuno de las inauguraciones, hoy sustituidas por la banalidad gl ebalizadora.
El catalán Antoni Miralda, desde el Centro Cultural de España, presentará Sabores y lenguas: Montevideo. Miralda-Foodcultura museum, un proyecto en proceso itinerante y colectivo en busca de la preservación de la sabiduría culinaria y la memoria colectiva en diferentes ciudades. El proyecto consiste en una colección de platos/ciudades/ lengua, donde cada uno de ellos es un condensado, gusto y lenguaje de una ciudad concreta, en este caso, Montevideo. E l jueves, a las 19.30 horas.
Mañana, a las 19.30, el Museo Zorrilla, y la colaboración de Galería del Paseo y Galería Vasari, inaugura A la luz de la modernidad, muestra fotográfica integrada por Grete Stern, Annemarie Heinrich, Anatole Saderman, Sameer Makarius, Thomas Farkas y Bandi Binder. El miércoles, a las 19.00, en la Facultad de Artes, Guayabo 1773, Encuentro Québec-Montevideo, con performers canadienses y uruguayos, organizado por Plataforma del MEC y la Escuela Nacional de Bellas Artes.
Rosemarie Trockel
A estas tres interesantes, infrecuentes novedades, se agregan las recién inauguradas. Son numerosos los problemas que investiga Rosemarie Trockel utilizando variedad de soportes, técnicas y materiales (desde Beuys no hubo otro igual), incursionando por el video, la fotografía, el dibujo, la instalaciones, la pintura, el grabado, la escultura, objetos-máquinas y animales vivos. El público de estas latitudes desconoce a una creadora de primer nivel, huésped habitual de los principales encuentros internacionales, y su actual exposición en el Museo Nacional de Artes Visuales (imperfecta aproximación a una obra mayor), puede desconcertar o irritar, en su aparente dificultad para entender su significado, de despojada visualidad y hermético contenido. El ejemplar catálogo (a excepción del divulgado Slavoj Zizek, con extrañas consideraciones ajenas a la exposición) recoge textos lúcidos que hay que leer con cuidado para entender algunas de las claves que utiliza Troquel. Después de todo, son obras más comprensibles, por referencias a la contemporaneidad, que las Jan van Eyck (decodificado por Panovsky), Velázquez (por Foucault) o Picasso (Frank Russell). No basta el simple re-conocimiento de los elementos figurativos para acceder al significado último de un cuadro, aunque satisfaga a la percepción ingenua e inmediata. La comunión con una obra de arte siempre es difícil y a menudo de comprensión diferida. Lo es menos, para asiduos visitantes de Venecia, Lyon, Kassel-documenta, Münster o Basilea, vitrinas de exhibición, entre otras ciudades, de la actualidad artística.
Quizá faltó una introducción o guía de mano (ya que no siempre es posible adquirir los costosos catálogos suplantados con ventaja por disquetes) o textos de pared (una costumbre registrada en otras oportunidades), pero de cualquier manera la máquina de pintar, si estuviera en funcionamiento (como sucedió en otros lugares) sería más evidente el cuestionamiento al individualismo creador, así como la distinción de género y las tareas tradicionales asignadas a determinado sexo (tejer, hilar, cocinar para la mujer, lo mecánico para el hombre), la función de símbolos, de la identidad y el significado social del arte, en continuidad de la estética duchampiana, aún hoy de difícil acceso.
Murales del Taller Torres García
Después de una paciente labor de tres décadas, la curadora Cecilia Torres consiguió rescatar numerosos murales de los alumnos del Taller Torres García, en su etapa constructiva. Todo lo que pudo ser trasladado está en la muestra Murales del Taller Torres García, con el cuidado montaje de la directora Silvia Listur. A la entrada, en la planta baja, el visitante asiste al deslumbramiento con dos trabajos de José Gurvich, fechados a principios de la década del sesenta, Gonzalo Fonseca (azulejo esmaltado, 1950), Manuel Pailós, una pieza del Hospital Saint Bois, 1944, una enorme madera constructiva (1966) de Guillermo Fernández que estuvo en el Restaurante Morini, uno en cerámica, 1967, de Augusto Torres, otro de Horacio Torres , en cemento, 1967, uno en cemento de Julio Mancebo, 1975, un mosaico, 1956, de Julio Alpuy, un vitral de Francisco Matto, una extraña pieza, mural para estufa, 1947, de Rosa Acle y una pequeña cerámica grabada de Joaquín Torres García de 1936. El recorrido es fascinante por partida doble: el lado histórico en primer lugar, al rescatar del olvido obras de períodos decisivos en la trayectoria de cada artista y en segundo lugar, el haber reunido en un mismo lugar, en un contundente montaje, obras de pareja calidad en su diversidad de lenguajes.
En el primer piso continúa la muestra con proyectos y bocetos de casi todos los integrantes del TTG, con sorprendentes hallazgos (numerosos de Gonzalo Fonseca, cargados de ironía, de los anteriormente mencionados y de Dumas Oroño y Ernesto Vila, cargados de fresca inventiva. Hoy, a la distancia, se puede apreciar que no aplicaron una fórmula sino que cada uno puso una impronta personal, muy perceptible. La excelente muestra se completa con material fotográfico y documental, recogidos en el excelente de 145 páginas con inspirado diseño gráfico de Alejandro Sequeira.
Fotos de Grete Stern
Para inaugurar su temporada, el Museo de Arte Precolombino e Indígena eligió dos aspectos de la gran fotógrafa alemana Grete Stern (1904-1998): Aborígenes del Gran Chaco Argentino es una serie realizada entre 1958 y 1964, cuando pocos se animaban a recorrer territorios perdidos y aislados, y en condiciones difíciles de traslado y estadía, en un viaje de 800 kilómetros por tres provincias norteñas. Las fotos, con más de 1.200 negativos, en su mayoría en blanco y negro, recogidas en libro en 2005, muestran indígenas tobas en su habitat, sus trabajos artesanales, sus condiciones de vida, retratos individuales o de grupos, desde una óptica de entrañable comprensión hacia el Otro, los desplazados de siempre.
Otro sector pertenece a la profesional formada en la Bauhaus, a la experimentación formal dentro de la estética vanguardista de los años treinta y cuarenta, como el célebre fotomontaje para el grupo Arte Madi. El argentino Luis Príamo, es el responsable curatorial de la muestra. *
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