"ESTOY LOCO PERO NO LO BASTANTE COMO PARA CONSIDERARME LIBRE"

Orson Welles: el genio frustrado

Orson Welles (1915-1985) fue actor extraordinario, director genial, personalidad volcánica, viajero constante, trabajador incansable, prestidigitador número uno del cine. Y por supuesto «niño terrible» del teatro, la radio y el séptimo arte. Amén de combativo, cínico, arrogante, orgulloso, fanfarrón, egocéntrico, gran seductor, irritante y fácilmente irritable.

O mejor aún, según decía Françoise Giroud, un ser exasperante como esos grandes muebles que no caben por ninguna puerta. Un individuo que destruía todos los órdenes, quebraba todas las armonías, dejaba atrás todas las conversaciones, pues era física y cerebralmente de un formato excesivo.

Welles fue un hombre de ideas que se levantó sobre un hombre de instintos. Un ideólogo que trató de poner orden en el mundo, sobre todo moralmente, pero que gustaba más que nada representar este mundo y los hombres tal cuales son.

Saboreaba narrar y representar lo que detestaba y todos sus personajes son esa contradicción entre lo que son y lo que debieron ser. Aborrecía de lleno el egoísmo y la violencia. Pero amaba todas esas cosas como la manifestación directa y primitiva de los hombres y es lo que plasmó básicamente en sus obras…

De todos los posibles genios de la pantalla fue el más rebelde, uno de los pocos en crear su propia mitología, y el menos clasificable. Dueño de una personalidad compleja y fuera de serie, que influye de manera decisiva en su obra cinematográfica, críticos, biógrafos e historiadores han intentado esclarecer esta simbiosis del conjunto de implicaciones que son todos sus actos, pero no lo han conseguido.

Antes de Orson Welles, el cine comercial norteamericano había evolucionado pero no se había revolucionado. La convulsión que produjo «El ciudadano» fue debida, en gran parte, a la resurrección y aplicación de viejas teorías olvidadas y al hecho de dar un ritmo nuevo al drama lento y apasionado de plena vida interior y de agudos perfiles psicológicos.

A lo que habría que añadir, claro está, el logro de un clima que se advertía desde el inicio y no se perdía hasta el final. La audacia de los primeros planos. La narración argumental episódica en puzzle con siete fragmentos para contar la historia de Kane. O la tan llevada y traída técnica de la «profundidad de campo», que coloca en una misma toma lo cercano y lo lejano sin pérdida de nitidez.

Todo unido y puesto bajo una acción nerviosa y una concepción sobrerrealista, como de quien no pretendía hacer una película comercial, ni dirigirse a todo el público, sino a esa «inmensa minoría», ya advertida por Juan Ramón Jiménez, que se hallaba preparada para comprender el proceso íntimo de los poetas oscuros. O para captar en un parpadeo el más mínimo gesto expresivo.

Es decir, el empleo simultáneo de estas y otras fuentes, que dan a Welles el mérito de ser ante todo un talentoso combinador, convierte a «El ciudadano» en una obra original, porque esos materiales no había sido reunidos antes de manera tan espléndida, vasta y armoniosa…

Lo difícil es tener la paciencia o la audacia de hacer lo que otros no se atreven. Esa confianza en sí mismo y ese tesón fueron su escudo y su espada, que al incorporarse al mundo del espectáculo llevaba a cada ambiente una bomba de tiempo que estalló en el momento preciso. Como había ocurrido en el teatro con su Julio César antifascista. Y la adaptación radial que hizo de «La guerra de los mundos».

Con su filme, Welles comenzó a crear un cine norteamericano genuino, profundo y pleno de grandeza. Pero nadie en la industria así lo entendió. En poco tiempo fue tildado de informal, de no terminar sus delirios cinematográficos y se le ignoró y postergó durante años.

En 1971, el American Film Institute le ofreció un banquete. No se dijo ni en parte alguna se publicó, pero el agasajo y el premio que pensaban otorgarle era una suerte de desagravio por las décadas de menospreciar sus proyectos y el ostracismo a partir de su excelente Sobras del mal, cinta que nunca se exhibió en una sala de estreno en Estados Unidos. Nunca tuvo la acostumbrada proyección para la prensa. Ni fue analizada por la crítica en los principales diarios y revistas de la nación. *

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