"EL VIENTO QUE ACARICIA EL PRADO": UN FUERTE ALEGATO QUE DENUNCIA LOS ATROPELLOS DEL PODER IMPERIAL

La irrenunciable lucha por la libertad

Esas memorables epopeyas cuyo recuerdo no logra horadar el tiempo quedaron impresas en el imaginario colectivo, asumiendo, a la sazón, una dimensión cuasi mitológica.

Nuestra América tiene una vasta experiencia en materia de lucha por la liberación, que se remonta naturalmente a los tiempos de la colonización de las potencias europeas.

Luego de la pesadilla de la segunda mitad del siglo pasado, cuando padecimos el rigor de las terribles dictaduras genocidas, el continente asume contemporáneamente nuevos desafíos intrínsecos a la construcción de su destino soberano.

Como fenómenos históricos y sociológicos, los delirios imperialistas representaron siempre una grave amenaza para las legítimas aspiraciones de autodeterminación.

El discurso oficial ­que suele amputar la verdad­ ha silenciado recurrentemente algunas situaciones humillantes de dominación en el propio continente europeo. Un caso típico es la sempiterna lucha de Irlanda por su independencia de la corona británica.

En El viento que acaricia el prado, filme que cosechó la Palma de Oro en el Festival de Cannes, el realizador británico Ken Loach construye un contundente friso testimonial en torno a la resistencia combatiente del Ejército Republicando Irlandés (IRA). Cineasta sin dudas controvertido por su estilo siempre osado y contestatario, Loach ha cosechado elogios pero también ácidas críticas de sus detractores.

Sin embargo, su aguda y desafiante mirada encontró un cauce adecuado a la denuncia, a la cual siempre adosó la potencia de sus alegatos y la poesía de su lenguaje cinematográfico.

Entre sus más memorables realizaciones cabe recordar, muy particularmente, Tierra y libertad, La canción de Carla y Mi nombre es todo lo que tengo.

Esta nueva realización, que fue criticada por demonizar a los ingleses, confirma que Ken Loach mantiene intacta su puntería y su implacable discurso de compromiso con una de las causas más sensibles de la política europea.

El filme, que está ambientado en 1920 en un pequeño pueblo irlandés, narra la historia de un joven médico recién graduado, que aspira a desarrollar su profesión en Inglaterra.

Sin embargo, la violenta irrupción de un contingente militar británico que deviene en inexorable tragedia, modifica radicalmente el curso de su vida.

Asumiendo que su lugar está junto a sus compatriotas y sus afectos, el protagonista se enrola en un comando del IRA liderado por su propio hermano, que procura expulsar a los invasores y conquistar su autodeterminación.

Enfrentados a un poderoso imperio y superados en número y armamento, los combatientes recurren a la guerra de guerrillas, perpetrando sorpresivos ataques a cuarteles y unidades militares.

Sin embargo, cada operación deviene en una cruenta respuesta del ejército de ocupación, que se nutre de la información de traidores para identificar, localizar y aniquilar a los miembros de la organización clandestina. Mediante una magistral fotografía panorámica que registra la subyugante belleza de la campiña irlandesa, Loach construye un cuadro de violencia, que alcanza descarnadas cimas de dramatismo.

Esa crudeza sin concesiones está también presente en los interrogatorios a los que son sometidos los presos políticos capturados por los soldados de la corona británica, que incluyen terribles torturas y hasta mutilaciones.

Estas dos dimensiones de la pesadilla constituyen la matriz vertebral del planteo de Loach, quien no escatima su condena a las prácticas deleznables de las tropas de ocupación.

El cineasta no omite denuncias al odio que inspira a los militares, quienes no dudan en quemar y destruir las casas de los lugareños sospechosos de colaborar con la guerrilla.

Contrariamente a lo que afirman sus detractores, quienes le acusan de aportar una visión tergiversada y minimalista de los hechos, Ken Loach elabora un alegato honesto y maduro, que no soslaya la verdad histórica en torno a las disidencias, que provocaron una grave ruptura entre los propios irlandeses, tras la firma de un tratado con Inglaterra que no contempló plenamente las aspiraciones independentistas.

El realizador no emite juicios de valor acerca de las actitudes asumidas por uno y otro bando de esta contienda fratricida, limitándose a elaborar una minuciosa crónica sobre el trágico desenlace del diferendo.

Sin alcanzar la dimensión ni la contundencia de El precio de la libertad, de Neil Jordan, El viento que acaricia el prado ­que insólitamente llegó a nuestras pantallas con casi tres años de retraso­ es igualmente una obra de magistral registro cinematográfico, que mixtura el drama humano, la denuncia, la ética de compromiso y el heroísmo. *

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