Murió el más audaz de los artistas uruguayos
Montevideano, nacido el 6 de noviembre de 1936, desde chico se interesó por las artes visuales, pero recién al medio siglo de su vida se convirtió en intrépido protagonista del escenario nacional. Toda su vida fue un rechazo permanente. Y un martirio. Primero, al nacer con ictiasis (enfermedad que convierte la piel en escamas similares a la del pescado, de ahí su nombre), por su madre, luego por el entorno afectivo al vestir siempre con ropas cubriendo la totalidad del cuerpo, fue funcionario administrativo de la facultad de Odontología, conoció la arbitrariedad de la dictadura militar y la pérdida del empleo, la discriminación y rechazo como militante del partido comunista por su homosexualidad que sin ser explícita, la confesó sin pelos en la lengua. Tuvo contactos con Club de Grabado en el taller xilográfico de Nelbia Romero y con ella continuó un par de años en reuniones semanales, además de acercarse a las lecciones impartidas por el español Antoni Muntadas en su visita a Montevideo en dos oportunidades. Viajó por Estados Unidos y varios países de América (en Ecuador participó en la bienal de Cuenca) y como tantos otros artistas uruguayos en su momento (Vicente Martín, Ruysdael Suárez, Claudio Silveira Silva) murió sin ser convocado al Premio Figari ni representar al país en bienales brasileñas o porteñas.
En 1993, a los 56 años, con poca difusión y escasa repercusión en la distraída crítica local, inauguró su primera unipersonal en el Complejo Cultural Cinemateca Pocitos. Allí dejó la marca indeleble de sus preocupaciones estéticas que exploraría con creciente intensidad en el futuro. La muestra, significativamente titulada Salir del ropero, fue toda una revelación. Por la valentía temática y por el cuidado formal que implicaban una posición radical frente a la sociedad y el mundo. No le resultó fácil dar a conocer una obra que cuestionaba los sacrosantos altares de la iconografía artística nacional. Apeló al apoyo figurativo de revistas eróticas masculinas sobre cuyas imágenes fue estableciendo un proceso de ocultación y desocultación por medio de la decoloración, el dibujo, a veces un poco de color, el collage y, finalmente, la impresión. El resultado, turbador, de sostenida impostación lírica, emparentado con los pre-rafaelistas ingleses. Lo presentó, desde el catálogo, Fernando Beramendi con un texto incisivo, Los nenes con los nenes: «Dos hombres besándose. Dos hombres acariciándose los testículos. Fotos rígidas sin más encanto que fomentar el voyeurismo presente en la cabeza del imaginario colectivo. A algún inquisidor se le ocurriría que esta exposición debería exhibirse envuelta en una gran bolsa de polietileno negro. Sin embargo, D ´Angelo toma como punto de partida las foros de revistas porno-gays y desde allí construye un universo plástico. He aquí la validación de su propuesta temática. El cuerpo masculino como objeto estético existe desde los primeros grafismos. La relación homosexual, independiente de la orientación sexual que e receptor de la propuesta elija puede ser también sustento del arte visual».
No había en Salir del ropero ninguna exaltación homoerótica ni insinuación hacia una conducta sexual determinada. Al exorcisar una temática soslayada por la censura cultural, D´Angelo actuó como un liberador de conciencias desbrozando el camino hacia la aceptación de la pluralidad sexual que coincide con la pluralidad estética. Así, sin escándalo, sin agredir al contemplador prejuicioso, tratando con sutileza la existencia del Otro, el artista dio una lección de probidad y expresión convincente. Pero sobre todo dejó la sensación de desenfado juvenil en el tratamiento de una temática incómoda vehiculada con tranquila sensibilidad veterana.
Pero no se abroqueló en ese tema. Amplió el espectro en la serie de instalaciones Ausencias y presencias que a partir de 1995 comenzó a explorar con una contundencia nunca antes transitada por el arte nacional. No tuvo rival. Utilizó como referente su propio cuerpo (performance en Marte Up Market, 2006), empleando las escamas de su piel para construir las franjas de la bandera nacional (Alianza Francesa, 1999) pero siempre como soporte de una idea poderosa: el rescate de la memoria como hilo conductor de una posible identidad uruguaya, cuestionando el Poder (de ayer, de hoy), la arbitrariedad, el devaluado uso de los íconos patrios, la manipulación sostenida de la verdad, los desaparecidos (realizó un emocionante homenaje a Elena Quinteros en el Instituto Goethe, 2003). Su osadía encontró en la estatua ecuestre de Artigas el cuestionamiento a la heroicidad acartonada, reducida al bronce y a una entelequia, retaceando el carácter humano de su personalidad y humanista de su pensamiento. El especial enfoque de la fotografía del héroe, luego montada en una impresionante instalación (Alianza Francesa, espacio exterior de la facultad de Odontología), las referencias al nefasto Año de la Orientalidad, a los Treinta y Tres Orientales (Centro Municipal de Exposiciones, 2001), dejaron constancia de un talento impar para destruir lugares comunes y una penetrante percepción para derribar estereotipos.
Fue un outsider, de bondad infinita y sensibilidad extrema, con pocos pero fidelísimos amigos, a quienes confiaba sus proyectos, sus dudas existenciales y estéticas, casi siempre desorientado en una sociedad y una cultura que no le facilitó (más bien se interpuso) sus proyectos. Fue un imprescindible en el escenario artístico montevideano, un interruptor de convenciones, con vibrantes cuestionamientos verbales en reuniones públicas. Dejó una obra, felizmente registrada en buena parte en video, de difícil reconstrucción práctica, que habrá que estudiar y valorar como uno de los mayores legados de todos los tiempos al arte nacional. Sintetizó su pensamiento cuando afirmó: «También creo que existe una relación arte-vida que me es muy próxima y yo la vivo con verdadera angustia y con verdadero dolor. No soy un artista profesional ni deseo serlo. Siento que en este fin de siglo estamos en un tiempo de búsqueda, de aceptación del Otro, del diferente, donde todo es una permanente incitación y exaltación, en la precariedad de la sociedad actual». *
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