Un adiós al ángel azul
No, no duele el dolor, duele la vida. La muerte, esa «señora otra» como decía el Darno, siempre nos deja sin palabras, desconsolados apenas con ganas de putear bajito, apenas con ganas de seguir, pese a los pesares, seguir, seguir construyendo humanidad, seguir adelante en el camino cueste lo que cueste. Se fue Darnauchans, un grande, sí, un grande que pese a la incomprensión de las multitudes vivió hasta su último suspiro, pensando y trabajando por ellas desde su inconmensurable sensibilidad, desde su fina elaboración poética, desde su inigualable voz. Darnauchans era un artista pero además era un trabajador de su arte. Se forjó a sí mismo leyendo todo aquello que llegó a sus manos, se nutrió de los cuatro vientos del mundo y procuró siempre mantener sus raíces bien sujetas al suelo que le vio nacer.
Conversar con el Darno desde los inmemorables tiempos del viejo Sorocabana de la Plaza de Cagancha, o del Picadilly, o del Luzón, o del Sportman o La Giralda y más recientemente en el Lobizón o en el Mincho era siempre una instancia de enriquecimiento espiritual, un placer intelectual. Sus comentarios y observaciones eran siempre críticos y agudos, así se tratara de arte, música, filosofía, literatura o política.
Inclasificable en ningún estilo determinado, su existencia fue la de un transgresor. Sembrador de afectos, supo cosechar amistades aun en el disenso. Amistades que le arroparon ayer en su último viaje y que fueron testigos del momento en que el cielo se puso a llorar cuando una solitaria nube descargó su bendición sobre el féretro, justo antes de la despedida final.
Se fue su palabra en el mano a mano, quedan sus obras, sus registros fonográficos de una dimensión creativa superlativa. Su particular forma de cantar, su voz inconfundible, la demostración de su habilidad de zurcidor para componer canciones de melodías delicadas y luego transferirlas a su garganta con una elaborada musicalidad. Quedan sus canciones, ésas que ahora, tardíamente, serán valoradas hasta por quienes le ignoraron. Vendrá el mito, vendrán caras extrañas, vendrán los mercaderes y él, desde la inmortalidad, seguramente con sorna, les enviará un dulce beso bolchevique.
Hasta siempre, Eduardo. *
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