Cortar y pegar a Miguel Hernández
Varios años han pasado, pero el planteo es el mismo: el joven poeta de 32 años que muere en la prisión de Alicante, seis años después de concluida la guerra civil, condenado a treinta años de cárcel. Planteo un tanto extorsivo, que equivale a decir «Aquí le muestro una víctima del franquismo. Si Ud. no se conmueve, es un fascista». Muchos años han transcurrido desde 1942; hasta ahora no hemos visto en el teatro ni el intento de un juicio sobre el arte poética del poeta; qué digo, en esta obra de Lucía Arbondo ni siquiera está la poesía de Hernández. Si no nos equivocamos, no se pronuncia una sola línea de sus poemas y sólo está en el título, uno de los peores versos de Hernández, que muchos hay («Me llamo barro aunque Miguel me llame», de «El rayo que no cesa»). Nos preguntamos la razón de este estreno, que si nada dice de la poesía trae muy poco, y nada nuevo, de la vida del poeta, vista a través de sus cartas, notablemente las cartas a su mujer, Josefina Manresa (386 páginas en la edición de Alianza Editorial, 1988). No nos sorprende: porque cada vez que se trata en nuestro teatro de un escritor sabremos de su vida sexual, de sus viajes y de sus cambios de domicilio, pero poco o nada de su arte.
En unos pocos puntos Lucía Arbondo innova sobre sus predecesores. Sus novedades son formales: más que novedades son novelerías de diagramación. La primera es dividir la vida de Miguel Hernández en cuatro partes: Vida, Muerte, Amor y Sombra. En ese orden, que no es el cronológico, «Vida» relata diversos episodios referentes a su contacto con otros escritores (Juan Ramón Jiménez, José Bergamín, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda); en «Muerte» la autora salta hasta los últimos tres años de Hernández, en la cárcel; «Amor», cuenta su idilio con Josefina Manresa, su esposa, madre de sus dos hijos; «Sombra» alude a la guerra civil española y termina con la detención de Hernández en 1939. La segunda novedad es que, quizás pareciéndole a la autora que la anécdota que tenía entre manos era demasiado simple, la alambicó atribuyendo a una Josefina muda (Cecilia Sánchez) poses y movimientos propios del ballet y haciendo de todos los amigos un solo músico (Emiliano Pereira) que tampoco habla y que toca el muy poco español saxofón.
Estas módicas arbitrariedades no son imaginación: casi no pueden considerarse un capricho. Tanto como este reparto de papeles, músicos y bailarina, podría justificarse la personificación de los amigos en un bailaor gitano y la amada en una amazona en la fiesta del Rocío; o bien atribuir a Josefina afición por el cante jondo y resumir a los amigos en un jugador de fútbol, imagen esta última que podría justificarse con la «Elegía al guardameta» del mismo Miguel Hernández.
Esta y similares piezas de teatro referidas a personas reales (generalmente artistas) nos convencen de que los uruguayos somos radicalmente antihistóricos. Se diría que consideraríamos la congelación del tiempo una situación ideal: esta pieza no delata en ningún momento que se escribió, suponemos, en el año 2006. Nuestro campeón de la antihistoria acuñó la expresión «tener ojos en la nuca» para zaherir a quienquiera revise críticamente lo que ocurrió y de paso, tratarnos de monstruos. Todo lo que ocurre modifica al pasado: hoy los españoles discuten la revisión de los sucesos de la guerra civil y sus mutuas atrocidades, pero entre nosotros causa espanto que se hable de lo que fue, quizás porque cada vez que se levanta la losa de un sepulcro puede cambiar el curso de la historia. Por eso no alcanza con hablar de una víctima de Franco: hay otras víctimas, más cercanas en el tiempo y en el espacio, que esperan una boca que por ellos hable.
La interpretación está a cargo, como narrador y como Miguel Hernández, de Darío Campalans, actor y autor que conocíamos por la muy notable «La isla», que presentó el año pasado con Martín Irigoyen en «La casa de los siete vientos». Campalans da lo mejor de sí mismo, pero su registro verbal no es suficientemente amplio y le es difícil decir con adecuada expresión un monólogo hecho a base de cartas, textos que no siempre pueden convertirse con naturalidad en lenguaje hablado. *
ME LLAMO BARRO AUNQUE MIGUEL ME LLAME, por teatro 30.10.10, con dramaturgia de Lucía Arbondo sobre textos de Miguel Hernández, con Darío Campalans Cecilia Sánchez y Emiliano Pereira. Escenografía, vestuario e iluminación de Adán Torres, música original de Emiliano Pereira, selección musical y dirección de Lucía Arbondo. Estreno del 2 de marzo, Museo Torres García, Peatonal Sarandí Nº 683.
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