Un adiós al tanguero
No debió sorprendernos. Cuando alguien muere y ha llevado vividos 90 años, no nos puede sorprender ese accidente de morir. Eso nos pasó ayer, sobre el mediodía, cuando nos enteramos que había fallecido don Horacio Loriente. Quienes andamos en estas cosas del tango, sabemos todo lo que significaba Loriente, por sus conocimientos, que siempre supo transmitir, de la música ciudadana, de su historia, de sus creadores, de sus cantantes, de sus diversos estilos musicales. Coleccionista incansable, sabedor y conocedor de infinidad de sellos grabadores la mayoría de ellos desaparecidos y de los artistas que por estas casas discográficas pasaron. Para hablar de estos temas y de otros, se reunía en su casa con otros conocedores y referentes de la temática tanguera, como Boris Puga y Adhemar Panuncio, César Zagnoli, Martín Guarino, entre otros, con quienes intercambiaba conocimientos, informaciones de las investigaciones que ellos y otros desde Buenos Aires, España, Japón y varios países con quienes ellos mantenían correspondencia.
Colaboró en espacios radiales, en diferentes medios de la prensa escrita, con artículos donde exponía con claridad todo el enorme saber que tenía sobre la música ciudadana. Participó, hace alrededor de cuarenta años, con las autoridades de Palacio de la Música, en la recopilación de materiales grabados, en los viejos discos de 78 RPM, para la ser llevados a los larga duración de material vinílico.
Gardeliano de toda la vida, don Horacio Loriente afirmaba que entre todas las versiones insuperables de Carlos Gardel, el estilo «Pobre gallo bataraz» era la versión más impecable, más perfecta, que había realizado este cantante. «Y Gardel realizó muchas que eran impecables», nos dijo en una oportunidad.
Hace alrededor de unos quince años, uno de sus nietos, quien hacía rock, le regaló un compact disc, cuando éstos recién ingresaban al mercado con una selección de tangos grabados por Gardel y le preguntó qué le parecía las bondades de la nueva técnica de impresión que se venía. Don Horacio meneó la cabeza y le dijo que estaba muy bien, la alta calidad de la grabación, pero que a Carlos Gardel había que oírlo con el ruido de la púa. Esta debía ser una de las razones por las cuales conservaba con cuidado y atenta prolijidad un fonógrafo de corneta abierta, que le había regalado su padre a su futura esposa, en el día de su compromiso matrimonial.
A sus familiares y en especial a su hijo Horacio, quien es nuestro compañero de tareas, en LA REPUBLICA, nuestro más sentido afecto. En cuanto a nosotros, los tangueros, se nos fue un buen amigo, un maestro y un hombre de consulta permanente. *
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