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Rock que me hiciste mal

En «Rock que me hiciste mal», Fernando Peláez y Gabriel Peveroni elaboran una ambiciosa y prolija investigación, con el propósito de recrear el parto, crecimiento, evolución y maduración de un género musical que mutó radicalmente los valores y las pautas de comportamiento en la segunda mitad del siglo XX.

En este minucioso trabajo, los autores asumen el desafío de reconstruir un itinerario de más de cuarenta años, que discurre entre la historia y la recreación de una profunda transformación cultural.

A los efectos de explicar los diversos componentes de un fenómeno que trasciende al mero ámbito artístico, Peláez y Peveroni ensayan una atenta mirada retrospectiva, que se remonta naturalmente a comienzos de la década del sesenta del siglo pasado en nuestro Uruguay.

El análisis de un tema que tiene una indudable dimensión sociológica, amerita la exploración de un tiempo de cruciales cambios a nivel planetario, que marcaron su fuerte impronta en varias generaciones de uruguayos.

Partiendo de la tesis que la historia del rock uruguayo es intrínseca a la propia evolución de la música nacional contemporánea, ambos investigadores buscan la génesis de este masivo movimiento.

El rumbo cardinal de la obra está obviamente pautado por una permanente interpelación al pasado, que logra identificar inicialmente los orígenes del rock uruguayo en la influencia de numerosos intérpretes extranjeros.

Sin embargo, este trabajo corrobora que, tras superar algunos prejuicios y una fase experimental, la creación artística compatriota asumió la búsqueda de una identidad propia que le permitió construir su propia estética.

Dividiendo su libro en capítulos cortos y concisos, Peláez y Peveroni retratan el paisaje de la década del sesenta, cuando la «porteñada» de fácil digestión comenzó a ganar espacios entre el mercado consumidor local.

Eran tiempos del Club del Clan» de Palito Ortega, Violeta Rivas, Johnny Tedesco y otros célebres íconos de una movida artística digestiva, pero musicalmente pobre y conceptualmente vacía.

En ese escenario fuertemente permeado por la beatlemanía, los autores evocan la irrupción de los legendarios Shakers, que, cantando en inglés, tuvieron un impactante pero efímero reinado, tanto en nuestro país como en la Argentina.

Pese a su fugacidad, el recuerdo de esta banda, que en buena medida reproducía la estética del mítico cuarteto de Liverpool, quedó impreso en la memoria colectiva.

Mediante numerosas anécdotas y algunos valiosos testimonios, los escritores confirman que esa década de oro de la música uruguaya fue pródiga en la aparición de diversas agrupaciones, como Los Mockers ­que tuvieron una fuerte influencia de los Rolling Stones ­ Los Delfines, Los Bulldogs, Cold Coffe y Los Killers, entre otros.

Por debajo de esa superficie algo clonada a imagen y semejanza de los grandes referentes de la música contemporánea extranjera de la época, afloró, por ejemplo, el fenómeno del legendario Kinto, una auténtica revolución musical de fuerte impronta uruguaya.

En este trabajo, la referencia a esta emblemática banda está intrínsecamente ligada a la figura del monumental Eduardo Mateo, uno de los grandes referentes de la cultura uruguaya.

La presencia de este tan genial como controvertido personaje marcó un punto de inflexión en la historia de nuestra música popular, que luego se proyectó a otros exitosos epígonos.

Demostrando una particular versación sobre el tema, Peláez y Peveroni se adentran en una aventura tan cambiante como apasionante, que marcó hitos singulares en la evolución de la música uruguaya y en la construcción de una identidad roquera.

Asumiendo que sólo el efectivo ejercicio de la memoria permite reconstruir la verdad histórica, los autores evocan a comunicadores referentes que hicieron posible la difusión de la música uruguaya, en un mercado virtualmente invadido por los enlatados.

Hay referencias explícitas a figuras de la talla del inolvidable pionero Rubén Castillo y a otros colegas como Carlos Martins, Lalo Menafra, Horacio Buscaglia y Elías Turubich.

Sin soslayar el marco histórico referencial de la época caracterizado por una escalada de la violencia política y la represión estatal, los investigadores exploran los territorios de la primera mitad de la década del setenta, que marca el segundo gran punto de inflexión en la historia del aún incipiente movimiento del rock nacional.

El trabajo analiza minuciosamente los radicales cambios en la estética y particularmente en los lenguajes musicales, que, en todos los casos, apuntaban a una identidad bien nacional.

No en vano se comenzó a cantar en español y las letras exhibían una mayor preocupación y compromiso por la cotidianidad de los uruguayos.

Esa tendencia, que merece un lúcido abordaje por parte de los autores, también se reflejó en la creación musical, tanto en lo que atañe a las bandas que cultivaron el género roquero como en aquellas que incursionaron en el denominado candombe progresivo.

La explicita referencia a una etapa fermental y hasta de dimensión experimental, confirma que la producción uruguaya comenzó por entonces a cortar el cordón umbilical con lo foráneo, en una búsqueda caracterizada por la fusión de ritmos y la exploración de nuevas posibilidades creativas.

Algunos de los recordados exponentes de esa corriente fueron: Génesis, Opus Alfa, Psiglo, Días de Blues, Moonlights, Tótem, Limonada, El Sindicato y Miguel y el Comité, entre otros.

En este tiempo tan prolífico brillaron con luz propia nombres de artistas que aún conservan una aureola paradigmática, como Rubén Rada y Dino, sin soslayar, obviamente, a un permanente referente como el maestro Eduardo Mateo.

Peláez y Peveroni explican hasta qué punto la dictadura decapitó a este fermental movimiento musical rico en talento y versatilidad creativa, que no pudo soportar las tensiones y la salvaje censura impuesta por el autoritarismo.

La consecuencia, como en otros casos, fue el exilio y el vaciamiento de nuestra escena cultural, que se transformó en un paisaje caracterizado por la desolación.

Con la compulsiva desaparición de una generación de músicos cada vez más comprometidos con nuestra problemática cotidiana, el poder logró consolidar su proyecto liberticida de anestesiar conciencias, manipular la voluntad colectiva y amputar de plano todo atisbo de rebeldía o utopía de cambio.

Este trabajo exhuma, obviamente, el momento de la resurrección a la salida del gobierno dictatorial, cuando la escena artística fue dominada por recordadas bandas como Los Estómagos, Los Traidores y Los Tontos.

Tanto en lo musical como en lo que atañe a su imagen y presentación, estos grupos de post dictadura fueron parricidas, porque marcaron un cambio radical con el perfil del movimiento anterior al gobierno autoritario.

El análisis de los autores permite comprender que estos jóvenes también se desmarcaron claramente de sus predecesores, por su explícito sentimiento de desencanto cuasi nihilista, absolutamente divorciado de la identidad crítica y hasta militante de los arquitectos del rock nacional.

Obviamente, la cuidada cronología abarca el fenómeno roquero nacional contemporáneo, con abundantes referencias a conocidos conjuntos y solistas.

El variado catálogo incluye, naturalmente, abundantes fotos y afiches de época, que, en muchos casos, constituyen invalorables fragmentos de nuestra historia y de la identidad cultural uruguaya.

«Rock que me hiciste mal» es un trabajo de investigación serio, minucioso y muy bien documentando, que recorre un vasto y variopinto itinerario de más de cuatro décadas.

Esta prolongada cabalgata por varias generaciones, permite recuperar la memoria del espíritu que inspiró a los pioneros del rock uruguayo.

Aunque analizan particularmente el ángulo artístico del tema, Fernando Peláez y Gabriel Peveroni no soslayan
la dimensión sociológica del fenómeno abordado.

Las oportunas referencias al movimiento hippie y la estética punk entre otras contestatarias manifestaciones que trascienden a lo meramente musical, permiten comprender algunas de las más cruciales transformaciones culturales de nuestro tiempo.

Este libro confirma la plena vigencia de una creación artística nacional en permanente evolución, que ha operado como privilegiado vehículo de expresión individual y colectiva.

Asimismo, ratifica la crucial incidencia de la producción intelectual en su conjunto, en la construcción de la trama identitaria y ética de nuestra sociedad.

(Edición de la Banda Oriental)

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