La muerte amaestrada
En esta nota, el autor reflexiona en torno a las razones que le han llevado a escribir su libro.
Dice Biffi: «La muerte es moneda corriente en América Latina, ya desde los tiempos de la Conquista. Esa oscura cotidianidad no está originada en lo natural del fenómeno, sino en el desinterés por la vida, una forma de desdén o falta de valor. Y también, en muchos casos, por el desprecio que han sentido y sienten las autoridades de turno y los actores políticos por vastos sectores sociales, por lo general los más desprotegidos, a los que se reprime con violencia en las manifestaciones de protesta.
En este continente injusto se muere por todo y se muere por nada. De tan habituales, las muertes gratuitas han dejado de ser noticia, sobre todo en las últimas décadas, cuando las diferencias entre ricos y pobres se comienzan a medir en distancias incalculables e inauditas para sociólogos y estudiosos. El historiador francés Philippe Aries hablaba de la muerte amaestrada, cuando se refería a aquellos tiempos hasta el comienzo de la Edad Media cuando los hombres comenzaban a advertir que llegaba la muerte. Tenían la muerte «bajo su dominio» y sabían qué hacer ante su presencia. Pero también, y éste es el sentido que tomamos, los hombres recibían señales que indicaban su llegada. En cada una de las historias de este libro, los protagonistas saben, de algún modo, lo que va a ocurrir.
Como periodista prosigue el escritor he recorrido en los últimos veinte años la región de punta a punta, desde México, en donde algunas comunidades
indígenas creen que la muerte es un «tránsito» hacia una vida mejor, pasando por los pueblos centroamericanos y del Caribe, hasta la Argentina, un país donde la muerte no puede ser sino sinónimo de tragedia, dolor y llanto. Aunque no es patrimonio de argentinos, la desaparición de los cuerpos asesinados por la represión del Estado fue un sello local.
En cada uno de los países que visité y en donde trabajé hubo, hay y habrá muertes por todo o por nada. Y hay personajes, también, que van hacia una muerte segura. La selección de historias que aquí se cuentan puede resultar arbitraria, pero cada una de ellas tiene una marca, un sello que las define como latinoamericanas. Acaso ninguna de ellas podría haber ocurrido en otra región que no sea ésta, sobre todo por la manera como sus protagonistas se relacionan con la muerte, propia o ajena.
Dentro de esa arbitrariedad, cada texto muestra, espero, la profunda pasión que siento por esta región, de la que soy parte, y el enorme respeto que me merecen las luchas, los dolores, los sufrimientos, las tristezas y alegrías de sus protagonistas, con los que, de un modo u otro, he estado relacionado. De las doce historias del libro, en diez de ellas he sido testigo, no protagonista, como periodista. Las otras dos las he elegido y reconstruido por el valor testimonial, por la audacia y los ideales de sus personajes. O por el afán de aferrarse a la vida cuando la
muerte parecía segura. ¿No es acaso un ejemplo de lucha, de deseos de libertad, de rebeldía, la «locura» imaginada y ejecutada por más de cien tupamaros uruguayos que escaparon de la muerte lenta, detrás de los muros de la cárcel de Punta Carretas en 1971?
El salvadoreño Salomón Vides es la síntesis de América Latina. Dejó su país rumbo a Honduras para buscar trabajo, hasta que el miedo a una guerra que le era ajena lo empujó a la oscuridad de la selva. Solo, perdido y abandonado por todos, luchó como pudo y con lo que pudo para sobrevivir durante treinta años escapando de un conflicto que apenas duró cien días, en 1969. Y cuando todos lo daban por muerto, sacó su cabeza del monte, ya viejo, pero aún con fuerzas para iniciar una nueva vida. Colombia ha sido y es para mí un desafío profesional. En los últimos doce años he estado allí veintidós veces. Elecciones presidenciales, presidentes acusados de vínculos con el narcotráfico, crímenes políticos, una guerra sin cuartel de más de cuarenta años entre guerrilleros, paramilitares de ultraderecha y el ejército, y un frustrado proceso de paz entre insurgentes y el Estado me han permitido conocer la calidez de su gente, pero también historias turbulentas cuando sobrevuela la muerte.
Hay allí un deseo por sobrevivir. Como Alfredo, que huyendo de la guerra dejó su pueblo en el Urabá antioqueño para llegar a San José de Apartadó, en donde otros desplazados por la violencia dejaron sus casas y sus cosas para buscar refugio en un sitio seguro.
Hay quienes pueden morir por un ideal o por defender a su patria, como los campesinos y los policías del Caquetá, o los guerrilleros que en San Vicente del Caguán vivían en paz en medio de la guerra. Y quienes se aferraron a la vida en medio de la destrucción: Janet dando a luz a su bebé en la devastada Mitú, atacada por las insurgentes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
América Latina y el Caribe tienen muertos en vida. ¿Qué son sino los zombis haitianos, utilizados casi como «animales de carga» para trabajos forzados en el campo, explotados hasta que sus corazones dicen basta?
Haití es una muestra tangible de las paradojas latinoamericanas: aquella nación que en 1804 se erigía como el paradigma de la libertad de los esclavos negros y de la independencia de la Colonia es hoy un país devastado por la violencia, el hambre, en donde la esperanza de vida apenas supera los cincuenta años. Y que pese a todo se aferra a la belleza de su arte, su pintura, su música y su historia para sobrevivir. Los crímenes de Patricia Villalba y Leyla Nazar en Santiago del Estero son otro rasgo distintivo de la región: la impunidad que da el poder. Pero también, la lucha de sus familiares exigiendo «justicia», las masivas movilizaciones en silencio que retumbaron en todo el país, cambiaron para siempre la historia política de una provincia argentina manejada durante décadas con estilo feudal.
El surgimiento de movimientos guerrilleros ha marcado a la región desde mediados de la década de los cincuenta, potenciados luego por el triunfo de la revolución cubana. Casi no ha habido país que no haya pasado por la experiencia de la lucha armada. Aun desde distintas vertientes ideológicas y con distintos grados de arraigo popular, todos los movimientos revolucionarios o de liberación crecieron y se desarrollaron al amparo de las desigualdades sociales, la marginación o la represión política. Estas historias son un pequeño homenaje a América Latina, a una región que sufre y trata de sobrevivir a cada instante también con alegría y esperanza. Y que tiene historias de gente común que merecen ser contadas». *
Compartí tu opinión con toda la comunidad