CONCIERTO CON TOQUINHO Y OTROS GRANDES INTERPRETES DEL ARTE SONORO NORTEÑO

El deleite de la música

El placer reflejado en los rostros de los espectadores y los comentarios finales que se oyeron (del tipo «llevan la música y el ritmo en la sangre») son el reconocimiento de que los años pasan y la bossa nova y sus ejecutantes mantienen la jovialidad y la alegría de las primeras épocas.

Cuando el Grupo Sinfónico Arte Viva, con la dirección de Amilson Godoy, inició el concierto con la célebre «Aquarela do Brasil» de Ary Barroso, resultó claro que estábamos ante una orquesta mayúscula, no sólo en el número de sus integrantes (ocho violines, cinco saxofones y flautas, tres trompetas, tres trombones, corno, fagot, oboe, violas, cellos, guitarra, piano, contrabajo, bajo eléctrico, batería, timbales, xilófono, tumbadoras y otras percusiones), sino en la perfección con la que aunaba los espléndidos arreglos de las distintas secciones instrumentales con el ritmo y el swing que exigía el maestro Godoy con su apasionada labor de conductor. Confieso que es la primera vez que veo que a un director de orquesta se le cae el atril con sus partituras por causa de la entusiasta gesticulación de sus brazos (no hubo interrupciones, es obvio que la obra que se estaba ejecutando se la conocía de memoria).

Cuando ingresó el Zimbo Trio fue inevitable pensar que tiene casi cuarenta y tres años de existencia.

Eso se nota en los físicos del pianista Amilton Godoy y el baterista Rubinho Barsotti, dos de los fundadores originales del grupo. Fue sólo la primera impresión, porque el trío mostró que su swing y su empuje siguen incólumes. Rubinho no tiene la vehemencia de sus años jóvenes pero sigue tocando con precisión, buena técnica y elevado sentido rítmico. Los dedos de Amilton recorrieron ágilmente las teclas y resolvieron sin dificultad los pasajes más difíciles que se le presentaron. Sus improvisaciones en «A felicidade» y «Garota de Ipanema» recordaron el fraseo del legendario jazzista Bud Powell. El más joven del trío, Itamar Collaço, no tocó contrabajo sino el bajo eléctrico, y lo hizo con la corrección de quien sabe adecuarse al trabajo en equipo y no despegarse con excesos electrónicos.

El plato fuerte llegó con Toquinho. El cariño y la admiración que le profesa nuestro público se vieron colmados con una actuación llena de simpatía, recuerdos, anécdotas, nostalgias y alto nivel musical. Acompañado por el Grupo Sinfónico Arte Viva, Toquinho repasó con su guitarra y su voz el temario clásico de Vinicius de Moraes, Chico Buarque y Antonio Carlos Jobim, contagiando felicidad en cada una de sus versiones. En el Aria de Johann Sebastian Bach se lució con la evidencia de dominar todos los secretos de su guitarra.

No en balde, en la conferencia de prensa que brindó el día anterior, reconoció que seguía estudiando música y que practicaba todos los días su instrumento porque sentía que todavía podía entregar mucha belleza a los oyentes de este mundo. Palabras de un grande y querido artista. *

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