LIBROS

Las pequeñas memorias

* La vida es una suerte de azaroso aprendizaje que siempre discurre entre las antípodas del júbilo y el desencanto, en un efímero itinerario biológico que impone la emergencia de asumir compromisos y construir proyectos que otorguen un firme sustento a los sueños compartidos.

Escrito por: HUGO ACEVEDO

Domingo 25 de febrero de 2007 | 4:03
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En “Las pequeñas memorias”, el Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago, que actualmente cuenta con 84 años de edad, evoca los tramos más cruciales de su infancia y adolescencia, en un friso literario que recorre el territorio de los afectos, pero también las penurias y las perversas privaciones de la pobreza.

El célebre novelista portugués es, sin dudas, una de las plumas más descollantes de la literatura contemporánea, que sobresale por la brillantez de su decantado lenguaje, su originalidad y la profundidad reflexiva de sus planteos.

Desde su primera obra, “El año de la muerte de Ricardo Reis” (1985), su trabajo cosechó elogios y reconocimiento internacionales.

Su extensa y fecunda producción, siempre marcada por el compromiso, incluye los siguientes títulos: “Manual de pintura y caligrafía”, “Casi un objeto”, “Historia del cerco de Lisboa”, “La balsa de piedra”, “Memorial del convento”, “El Evangelio según Jesucristo”, “Todos los nombres”, “Levantado del sueño”, “Ensayo sobre la ceguera”, “La caverna”, “El hombre duplicado”, “Ensayo sobre la lucidez” y “Las intermitencias de la muerte”.

En este entrañable cuadro retrospectivo, el aclamado escritor emprende un prolongado itinerario rumbo a su pasado en Azinhaga, pequeña aldea portuguesa en la que nació el 16 de noviembre de 1922.

En ese torrencial fluir de nostalgias atesoradas en la memoria, el autor reconstruye algunas de las más perdurables vivencias de su infancia, fuertemente impactada por el conocimiento empírico del ambiente y sus circunstancias.

Hay abundantes referencias a los bucólicos paisajes impregnados en sus retinas, contemporáneamente modificados por la dinámica de la naturaleza pero también por la ­a menudo despiadada­ voluntad humana.

Esa alusión a la desaparición de los olivares del pasado actualmente devenidos en vastas plantaciones de maíz, comporta una clara postura ideológica no exenta de crítica.

En tal sentido, el escritor no soslaya referencias al radical cambio de las estrategias productivas y las políticas de subsidio de la propia Comunidad Económica Europea.

Sin embargo, Saramago renuncia a toda tentación de reflexionar sobre las causas y efectos de la praxis comunitaria y el desarrollo de las teorías sobre la oferta y la demanda.

De todos modos, el narrador no oculta una contemporánea sensación de ajenidad respecto a un espacio que, en más de un sentido, ya no le pertenece, salvo en la íntima geografía de su memoria.

En cambio, el autor asume la compulsiva necesidad de permear la sensibilidad de un infante absorto ante la sobrecogedora belleza del paisaje, un territorio que recién comenzaba a explorar.

Esa suerte de aprendizaje fue una experiencia única e intransferible, en el decurso de su peripecia vital de crecimiento, que jamás estuvo exenta de penurias y privaciones.

Asumiendo una lectura deliberadamente costumbrista de sus vivencias de niño, José Saramago evoca a familiares y amigos y a otros personajes de la escenografía que otrora le rodeaba.

El Premio Nobel de Literatura ironiza en torno a su propia identidad, cuando recuerda que fue bautizado como Saramago ­ que era originalmente un apodo­ por un alcoholizado funcionario del registro civil. Su verdadero nombre era José de Sousa, al igual que su padre.

También afirma que su documento registra que nació el 18 de noviembre de 1922, cuando en realidad vio la luz un 16 de noviembre, la que es otra de las múltiples curiosidades de su historia personal.

El narrador-relator escribe a medida que va recordando, en un discurrir que no se ajusta a pautas predeterminadas ni eventuales rigores cronológicos.

José Saramago atesora bajo su pluma múltiples anécdotas que lo pintan de cuerpo entero como un niño inquieto y desenfadado, cuya avidez por comprender el mundo trascendió a su limitado acceso a la educación.

En un discurrir caótico pero rico en anécdotas e íntimos secretos, el octogenario novelista recuerda sus primeras compulsiones sexuales, que inicialmente se agotaban en una mera experiencia de aprendizaje sensorial, siempre amputado por la rígida censura de una cultura pacata y conservadora.

También afloran imágenes de sus primeros miedos y fantasmas, nacidos del siempre fecundo vientre de la imaginación y adicionalmente potenciados por la materia prima del cine, que para él fue bastante más que un mero pasatiempo.

José Saramago también describe elocuentemente las duras condiciones de convivencia tanto en el campo como en la ciudad, donde habitó en míseras pensiones y casas de inquilinato, que compartió con otras familias tan carenciadas como la suya.

Para ilustrar esa situación de penurias y privaciones, el escritor recuerda, por ejemplo, que en verano su madre enajenaba las mantas y frazadas, como forma de obtener el dinero que garantizara la manutención de sus hijos.

Resulta también muy gráfica la descripción del hacinamiento físico en el que vivía su familia, que además solía racionar equitativamente los alimentos.

Las estrategias de supervivencia extrema narradas por Saramago no difieren sustancialmente de situaciones de desamparo que cotidianamente golpean nuestra sensibilidad, como si el tiempo no hubiera transcurrido.

Otro cuadro dramático de su infancia que lo marcó para toda la vida fue la muerte de su hermano Francisco, una tragedia que enlutó a la familia y estremeció fuertemente la sensibilidad del escritor.

Indagando en su pasado, años después el novelista desarrolló una compleja pesquisa para determinar la fecha del deceso. Aunque pueda parecer inverosímil, no encontró casi evidencias documentales de tan infausto suceso, lo que constituye un cabal testimonio de que, para el sistema, los pobres no existen.

A través de sus pueriles vivencias luego sometidas en tiempos de madurez al examen de la razón, Saramago esboza definiciones en torno a la política y la religión, dos temas recurrentes de su extensa producción literaria.

La evocación de su primer e indirecto conocimiento de la Guerra Civil Española que le llegó a través de las emisiones radiales, fue para el niño un momento de perplejo estupor.

De algún modo, la epopeya de los patriotas españoles en su lucha contra el fascismo que gobernó otrora la península ibérica, fue un auténtico acicate para su posterior prédica y compromiso ético con la dignidad y la libertad de los pueblos.

Su reconocida conciencia crítica, que en este caso concreto se nutre también de los recuerdos de la infancia, invoca también a la religión y su falta de respuestas a tanta terrenal injusticia y discriminación social.

En ese marco, no soslaya alusiones a algunos de sus más dramáticos desencantos infantiles, como cuando el Saramago niño descubrió el engaño de los mayores acerca de la siempre esperada llegada de los reyes magos.

Saramago se emociona cuando recuerda el comienzo de su prematuro romance con la lectura, que para él comportó toda una experiencia de sublime fascinación.

Parte de ese mundo, hasta el momento inexplorado, lo encontró inicialmente en algunos diarios viejos que llegaron a sus manos y un libro de unos tíos, que coadyuvó, a la sazón, a su bautismo como lector y ávido consumidor de literatura.

También evoca sus experiencias de aprendizaje en sucesivas escuelas y liceos de Lisboa, donde casi siempre se sentía un forastero, por las permanentes mudanzas que imponía la precaria situación económica de su familia.

Como otros libros autobiográficos, “Las pequeñas memorias” retrata fragmentos vertebrales de la vida del autor, en un trabajo literario que tiene ciertamente mucho de confesional.

El célebre novelista construye un itinerario retrospectivo cargado de hondas y sensibles reminiscencias, que discurre entre la evocación de meras experiencias de aprendizaje y la descripción de paisajes cotidianos impregnados en las retinas o el corazón del creador.

En el decurso de esta
auténtica aventura intimista, el Premio Nobel de Literatura encara un ejercicio de recuperación de esa identidad atesorada en el laberinto de su pasado.

Aunque la narración no respeta las coordenadas de tiempo y espacio, rescata, sin embargo, la esencia misma del origen del octogenario escritor portugués y su peripecia.

José Saramago mixtura la nostalgia con la reflexión, conformando un vasto friso evocativo que trasciende a la mera acumulación de anécdotas, para transformarse en una auténtica lección de vida y compromiso con su tiempo histórico y la lucha por la causa superior de la felicidad colectiva. *

(Editorial Alfaguara)

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