Escrito por: NELSON DI MAGGIO

P alimpsestos. Escritos sobre arte contemporáneo uruguayo. 1960-2006 (Cuadernos de arte contemporáneo. Dirección: Jacqueline Lacasa, 2006, 155 pp.), es una convocatoria de Lacasa a diferentes integrantes de las artes visuales nacionales para analizar aspectos de la actividad local en los últimos cuarenta años. Pocos se ajustaron a la propuesta. Se superponen varias generaciones, poniendo el acento en las más recientes. Lacasa es una personalidad sacudidora de convenciones que, en pocos años, impuso un accionar inquieto, apasionada por los problemas del arte y sus circunstancias, de gran autenticidad y franqueza, elementos que no siempre suelen distinguir a la comunidad artística. Independiente, abierta al diálogo, curiosa, comunicativa, se multiplica en varios órdenes operativos, partícipe y curadora de exposiciones, organizadora de coloquios y colaboradora de diarios y revistas, con numerosos viajes al exterior y un montón de proyectos en permanente elaboración (muchos concretados), se convirtió en una estimulante presencia en el escenario artístico local.
Ya desde la publicación de La hija natural de JTG, Lacasa encontró un recurso legítimo de comunicación en entrevistas a críticos, curadores, coleccionistas y artistas. No siempre la entrevista directa responde al pensamiento de quien lo emite. Entre la palabra hablada y la transposición a la escritura existe el mismo abismo que entre una pintura original y la reproducción. Falta el contexto, la inflexión de la voz, el ademán que subraya, la mirada expresiva, la relación entre dos protagonistas. Porque la palabra dicha es mitad del que la dice y mitad del que la escucha, aunque la grabación parecería un documento indesmentible. Hay excepciones, claro, cuando los interlocutores tienen un mismo nivel de cultura e inteligencia y son capaces de construir algo diferente de aquella circunstancia efímera.
En Palimpsestos los textos fueron solicitados por escrito. Hoy la computadora es un recurso extraordinario y la fidelidad asegurada. Así, se “convocó a diferentes agentes del campo artístico para que analizaran y dieran su visión en torno a tres ejes: el entorno histórico y social con relación a la producción artística: la diagramación y producción a nivel local y la actividad de corrientes artísticas destacando personalidades y colectivos”. Se solapan 14 reflexiones a considerar. El compendio, irregular, es estimulante y valioso. Predominan las generaciones jóvenes (7) y, en menor medida, la intermedia (4) y la mayor (3). Entre las primeras, conviene corregir datos erróneos ( La galería como bazar y el bazar como galería, Mercedes Bustelo y Gustavo Tabares) que, al ser trasmitidos verbalmente, no tuvieron la correspondiente escritura: las galerías Andreoletti (no Andreoleti), Vert Galant (no Bergalan), Arte Bella (no Artebella), Rafael Quartino (no Cuartito), Lito López (no Tito López), Martín Castillo es hijo de J. Castillo (no de P. Castillo). La Windson Gallery estaba dirigida por Jorge Páez y no por el funcionario de alto nivel intelectual Roberto Pérez Soto, y en 1947 mal pudo organizar la primera exposición de Washington Barcala quien esto escribe, todavía estudiante de bachillerato de abogacía, cuando sí, fue la primera exposición del pintor en Mueblería Caviglia, de la cual ni se enteró por estar indecisas sus preocupaciones intelectuales. El empeñoso intento de registrar las galerías de los años 40 y 50 derivó en una investigación apresurada, superficial, pues faltan muchas (Pintos, Sureña, Zum Zum, Galería Montevideo de Artes Plásticas, Americana, Amigos del Arte, Comisión Nacional de Bellas Artes, Subte Municipal, Galería-Librería Alfa). No obstante puede considerarse un punto de partida para profundizar en el tema, con catálogos a la vista. En la página 44 se menciona a Orlane, por Orlan, para luego repetir en la página 53 el mismo error.
En Una práctica marginal que se vuelve objeto del deseo, Enrique Aguerre hace un balance rápido del videoarte nacional que, sin duda, tiene antecedentes en películas de arte realizadas por Eugenio Hintz y Enrico Gras, eminente director italiano, entre otros, las exhibiciones de Cinemateca de Alain Resnais sobre Picasso y Van Gogh, de gran impacto, y las proyecciones en la Alianza Francesa durante la dictadura, preparatorias de un clima propicio a la nueva técnica. Pero es probable que el artículo pueda considerarse un bosquejo de guión curatorial a efectuar en el Centro Cultural de España en la actual temporada, recordando los 25 años de videoarte en Uruguay, a partir de mañana.
En Cita y referencia, Adela Casacuberta y Antar Curi, una pareja audaz e innovadora en sus propuestas, desconocidas por la mayoría de la crítica local, efectúan un breve y conciso panorama (virtudes muy estimables en este país de incontenible prosa) de sus ideas, con modestia y convicción. Sonia Bandrymer, otra personalidad surgida con dinamismo operativo, enfoca en El vacío académico en la investigación y docencia de la historia del Arte, una oportuna indagación sobre las carencias en la formación artística en los institutos oficiales.
Es imposible detenerse en cada autor pues escaparía a una reseña periodística, necesariamente breve, no por la disponibilidad de espacio sino para no fatigar al lector. Francisco Tomsich, un talento brillante, jovencísimo (26 años), despliega sus diversificados intereses culturales con largos textos que no siempre resisten la lectura en un semanario. Aunque de indudable interés en su removedor arsenal de ideas, como, ligeramente mayor, lo tiene Rulfo (Raúl Alvarez), admirador de Marcel Duchamp, ambos desdoblados en creadores-curadores, o las generaciones mayores (Santiago Tavella, Patricia Bentancur, Fernando López Lage, Thiago Rocca, Alicia Ubilla y Juliana Rosales). Más veteranos, Alfredo Torres y Gabriel Peluffo. Torres se orienta hacia la crítica de arte en general, con acierto, pero escapando a la propuesta de Lacasa sobre lo nacional en un período acotado.
Peluffo se detiene en José P. Argul (marchand de su propia galería) y Fernando García Esteban (gestor cultural municipal) para analizar la crítica de arte en Uruguay en el período 1954-1964. Dos personalidades de indudable referencia histórica pero lejos de la actitud renovadora y provocativa que constituyó el crítico por antonomasia de la época, Jorge Romero Brest, el pope indiscutido, siempre polémico, del informalismo (tituló una conferencia con su ego habitual, El informalismo y yo) y dominó el escenario artístico nacional como nadie (Facultad de Humanidades, Agrupación Universitaria, Alianza Francesa), mientras una legión de alumnos desde diarios y semanarios (María Luisa Torrens, en El País, Celina Rolleri en El Bien Público, quien escribe en El Nacional, Marcha, Epoca, Acción, Suplemento Familiar de El Día, dirigido por Hugo Rocha) fue la generación de recambio de la crítica de arte en Uruguay, fogueada en las bienales de San Pablo, las visitas a Buenos Aires y la colección de Andrés Percivale.
Porque los años cincuenta y mediados del sesenta fueron los más intensos de la actividad crítica en todas las modalidades (cine, teatro, música, literatura, danza, editoras, revistas) con un elenco intelectual procedente de ámbitos universitarios sin antecedentes en el país (tan importante como la generación del novecientos), que no se repetirá. Cumplieron la función social de la crítica desde publicaciones que tenían (todas) páginas especializadas, ausentes en la actualidad. Lo importante, sin embargo, fue el hecho de que los diferentes protagonistas (José M. Podestá, ocasionalmente Arturo Despouey, Jorge Arteaga, Hugo Alfaro, H.A.T., Carlos María Gutiérrez, Giselda Zani, por un tiempo Emir Rodríguez Monegal, Hugo Alfaro y quien escribe, formaron un trío en Marcha (cine), Emir Rodríguez Monegal, Carlos Martínez Moreno, Angel Rama, Antonio Larreta, Alejandro Peñasco (teatro), Washington y Horacio Roldán, Manuel Luz Alvarado,
Julio Novoa (música), Isabel Gilbert (ballet), Carlos Herrera Mc Lean, José P. Argul, Luis E. Pombo, Florio Parpagnoli, Fernando García Esteban, Cipriano S. Vitureira, la ubicua Giselda Zani (arte), Mario Benedetti, Carlos Real de Azúa y otros ya citados (literatura) establecieron, con naturalidad, y salvo casos aislados, un diálogo intergeneracional fluido y periódico, directo y cordial, una corriente afectuosa, incluso en la discrepancia, que se prolongaba en los intervalos de los estrenos teatrales y musicales en la inmediatez del comentario de espectáculos recién vistos. Se intercambiaban opiniones hasta en veladas posteriores en casas particulares o en los cafés próximos a los teatros. Los vernissages eran otro momento de encuentro entre artistas y críticos, estrechamente unidos en la estética vanguardista. Surgió una convivencia cultural plural, una comunión de sensibilidades.
Hubo un espíritu crítico (no hipercrítico como se insiste a menudo, en una ciudad minada por el “casalismo”) de saludable convivencia y estimulante actividad. Recogieron el Zeitgeist, el espíritu de su tiempo, algo intangible, que caracterizó a esos años de fervor creador, con numerosas revistas, galerías, galerías-librerías. Los brasileños Mário Pedrosa y Lourival Gómes Machado, ambos directores de bienales paulistas (influyeron más que las ocasionales de Pierre Restany o Clement Greenberg), ampliando más allá de fronteras las relaciones intelectuales conservadas por largo tiempo.
También incidieron en la formación de los jóvenes críticos la presencia regular (muchos en Facultad de Humanidades, que tenía su propia galería) de Jorge Romero Brest, Jorge Luis Borges, José Luis Romero, Eugenio Coseriu, los recitales de Nicolás Guillén, Pablo Neruda, León Felipe, las compañías de Jean-Louis Barrault-Madelaine Renaud, Jean Vilar-María Casares, Vivien Leigh, Emma Gramática, Enrico Maria Salerno, Jacob Ben Ami, los Sakharoff, Mrinalini Sharabai-Chatuni Paniker, Uhtoff, Carmen Amaya, Maia Pliyeskaia, Alicia Alonso, Alicia Markova, Juliette Greco, la versión de Porgy and Bess con puesta original de Estados Unidos, el entonces soberbio ballet del Sodre con la fantástica solista Sunny Lorenczi, los pianistas Hugo Balzo, Nybia Mariño, Mirtha Pérez Barranguet, el violinista ruso David Oistraj, las cantantes Victoria de los Angeles, Kirsten Flagstad y Marian Anderson, los conciertos de los sábados con Juan José Castro como director titular, dejando el podio a grandes directores internacionales, los festivales de cine de Punta de Este y la posterior presencia de Arletty, Jeanne Moreau y Gérard Philippe, saludando al público en el hall del cine Plaza. Y el esforzado empeño de teatros independientes, cine clubes, ferias de arte, artesanías, libros y grabados.
A la distancia, en retrospectiva, Montevideo era una fiesta, de fulgurante esplendor cultural. Los nombres citados son apenas algunos de un impresionante, constante desfile de artistas surgidos al compás del recuerdo, que fueron ilustrando (en el significado latino de dar luz al entendimiento) a una generación de críticos de arte ávidos de interiorizarse en todas las disciplinas artísticas, enriqueciendo la sensibilidad y fortaleciendo el conocimiento. Reducir o concentrar, pues, la compleja y variada riqueza de los años de 1950 y 1960, apenas esbozada aquí, a dos protagonistas (incluidos en consideraciones sociológicas) que no tuvieron la activa participación de los nuevos al igual que la fundamental de Romero Brest (tan argentino como uruguayo), de mayor incidencia en el medio, es deslizar un delicado error de interpretación histórica. *
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