"ELLA EN MI CABEZA", DE OSCAR MARTINEZ, EN LA SALA MOVIECENTER

Buenos Aires en mi cabeza

La falta casi absoluta de originalidad, en lo que a falta de palabra mejor llamaremos la «programación» de nuestras carteleras, es desesperante. Pero hay un segundo aspecto, no menos peligroso.

«Ella en mi cabeza» se realiza en nuestro medio «en asociación con el Paseo la Plaza de Argentina…» Avanza la globalización; en el número del 20-26 de enero 2007 de «The Economist» se menciona a unos encoladores y aserradores de una fábrica de muebles de Virginia, U.S.A., que perdieron sus puestos porque China vende muebles más baratos.

Por escasos que sean sus consumidores, el teatro no es invulnerable a la globalización. Esta asociación no es el primer paso: ya tuvimos, el año pasado, al director de escena egipcio ­ francés Adel Hakim, contratado por la Comedia Nacional para dos obras que varios directores uruguayos habrían hecho mejor; en Buenos Aires se dieron ya las versiones norteamericanas de «Chicago», «La bella y la bestia» y «El beso de la mujer araña»; por ahora, con actores, cantantes y bailarines argentinos, pero tiempo vendrá en que actuarán hologramas tridimensionales de los intérpretes de Broadway.

La ilusión local de «trabajar» como actores está empedrando el camino del infierno para un gremio que declara tener un 95% de desocupación.

Quizás cerraríamos los ojos sobre «Ella en mi cabeza» si fuera una obra, no ya sobresaliente, sino mínimamente aceptable. Un caso similar de imitación de lo que tiene éxito de público en Buenos Aires, pero de muy otra calidad, es «Nunca estuviste tan adorable» de Daulte (puesta en escena local de Alvaro Correa), que por lo menos muestra cierto oficio de escritor en algunos diálogos y una mínima, pero real, habilidad para armar y resolver escenas. «Ella en mi cabeza» es, para nosotros, un misterio. No tiene tema alguno: el protagonista Adrián (Jorge Esmoris) monologa hasta el hartazgo en los quince primeros minutos sobre una obsesión con su esposa (Virginia Ramos), obsesión cuyo origen ni nos lo revela, ni se lo cuenta a sí mismo. Interviene un extraño psiquiatra (Sergio Pereyra) cuyos parlamentos no pasan de los más sobados lugares comunes del género, al nivel que podía tener «Patoruzú»; cuando, pasada ya una hora, se vuelve sobre lo mismo y lo mismo, Martínez se siente obligado a poner algo más y no encontró nada más mísero que un doble triángulo.

Adrián está celoso de Marcelo, un seductor; a su vez le ha sido infiel a su esposa, momentos en los cuales no debe haber padecido su pregonado obsesión.

No hay una intriga; no hay personajes que parezcan vivir, por mucho que hablen; no hay acción, porque todo, absolutamente todo, se cuenta por los actores al público, a veces frontalmente. ¿Recuerdan aquellas obras antiguas, Shakespeare, Ibsen, Chejov, donde algo sucedía en el escenario, ante los espectadores? ¡Cuánta vida parecían tener aquellas antigüedades! ¡Cuán poca vida tienen estos parloteos! Al aburrimiento general contribuyen, además, dos factores.

El primero es la ausencia en los diálogos de todo rasgo de ingenio, de la más mínima frase feliz, aún del menor chiste; el segundo es la falta de todo contraste, claroscuro, variación, sorpresa, dialéctica o cambio en las circunstancias, como quizás cambia la vida…

Tal vez por su misma mediocridad «Ella en mi cabeza» está destinada al éxito que tuvo y tiene en Buenos Aires, aunque la noche del estreno no oímos sino aplausos de cumplido.

La versión local tiene el mérito de que Jorge Esmoris, o el director Juan Antonio Saraví, o ambos, evitaron la exasperante sobreactuación de Julio Chávez en el papel protagónico en la puesta en escena argentina; para nosotros es penoso que tan notable como Esmoris actor no haya encontrado, para su regreso al teatro corriente, nada mejor que esta pieza; y anotamos que si Chávez, también un notable actor, sobreactuaba, era porque tenía consciencia de que, sin las morisquetas, exageraciones y payasadas varias, la obra se hundía.

A Esmoris lo preferimos, por supuesto, en «Esmoris presidente», o en «El último orgasmo del marqués de Sade»; en el teatro corriente, en «Tartufo» de Molière o en Raíces» de Milton Schinca. *

ELLA EN MI CABEZA, de Oscar Martínez, con Jorge Esmoris, Sergio Pereira y Virginia Ramos. Adaptación de vestuario y asesoría de arte de Mónica Talamás, luces de Eduardo Guerrero, adaptación de escenografía Ruben Vieira y Lizardo Jáuregui, producción ejecutiva de Soledad Ortiz y Agustina dos Santos, dirección de Juan Antonio Saraví. Estreno del 27 de enero, sala teatro Moviecenter

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