Sorpresas que dan las exposiciones
El montaje no se limita a una distribución comprensiva de los elementos que integran una muestra. Hay que sugerir una lectura posible, un itinerario que induzca al visitante a la apropiación inmediata de la totalidad de la obra y la observación pausada, posterior, de cada elemento que la integra. La iluminación juega un papel fundamental y es otra asignatura pendiente del medio artístico local. Cuadros parcialmente iluminados, con sombras y reflejos, una atmósfera espacial inerte, desestimulan la contemplación aunque la comunicación se establezca. La cartelería es otro rubro desdeñado. En general faltan indicaciones sobre técnica, soporte, tamaño, fecha de realización o el tiraje, si son grabados. Menos aún se puede contar con un texto de pared o una sencilla hoja impresa en computadora sobre aspectos esenciales de la exposición que oriente al visitante no especializado. Esos pequeños detalles contribuyen a crear un clima adecuado, determinan el éxito o el fracaso de una obra, más allá de sus virtudes propias, si es que las tiene. Una propuesta mediocre puede estar envuelta de un sugestivo montaje y disimular sus endebleces y una sólida producción resentirse por falta de una correcta recepción.
Dibujos de Espínola Gómez (Galería Latina)
Improvisaciones y Pequeños mundos, llamó Wassily Kandinsky a sus primeras obras abstractas, realizadas entre 1910 y 1925. Trabajos emergentes de una espontaneidad creadora, sin sujetarse enteramente a los carriles de la razón, dinámicos en la liberación del trazo («Saquemos la línea de paseo», recomendó Klee) y el color, admitiendo formas disímiles en alborozado encuentro sobre el plano. Eran también como libres improvisaciones musicales: la pintura se había convertido en un hecho musical.
También Espínola Gómez es, como el maestro ruso, aficionado a la música desde joven por su conocida amistad con Eduardo Fabini. En su tercera exposición del año, presenta (coincidiendo con el vigésimo aniversario de la galería) veinte trabajos ampliados por técnica digital de originales pequeños hechos en la mesa de café. Surgieron como entretenimientos, divertimentos, improvisaciones, en una servilleta o un papel de apuntes. Con bolígrafos de colores, tan poco aptos para recoger las vibraciones íntimas de la emoción, Espínola Gómez comenzó a pergeñar encuentros y desencuentros, superposiones y yuxtaposiciones de formas figurativas y abstractas, dejando la impronta de su caudalosa gestualidad y fantasía, más urgente o más mansa, según los momentos y los días.
El pequeño soporte blanco se fue poblando de franca sexualidad, de erotismo festivo y, a veces, agresivo.
Azules, rojos, verdes y amarillos, apresados entre líneas ondulantes o porfiadas rectas, pero siempre de enérgica expresión. Pocas veces fue tan confesional y directo, dejando abierta la interpretación de los signos, incluso sobre el propio acto de dibujar.
Pero la importancia de la exposición de Manuel Espínola Gómez está en la extraordinaria capacidad para el montaje. Así como fracasó en el Centro Municipal de Exposiciones, aquí derrocha inventiva. Los cuadros siempre oblicuos, convergen en perspectivas cercanas, se separan con bandas y zonas de color marrón y la dinámica visual no se ve alterada por ninguna afectación barroca, ningún recurso fácil o meramente espectacular.
En esa dinámica mural hay sobriedad, contención, para dejar fluir la obra como único elemento del escenario. Este montaje es una obra maestra en sí misma, un alarde de feliz imaginación atrapada en el momento preciso.
Es una lástima que no estén exhibidos los dibujos originales, de un incanjeable sabor intimista, pues la ampliación, de cerca, tiene el inevitable sello de la reproducción.
También hay que destacar, sin que sea novedad, el prólogo de Jorge Abbondanza, en un bien impreso catálogo de mano, entendible para el lector, algo que no ocurre con los devaneos habituales de curadores profesionales.
Pinturas y objetos de Luis Arbondo (Galería Pocitos)
El caso opuesto es la muestra de Luis Arbondo. Volvió al viejo lugar que ofició de taller en sus años mozos y el local, con el paso de los años, además de modesto, se tornó ingrato para cumplir funciones de galería. Los cuadros están enmarcados en un color marrón demasiado fuerte y colocados a una altura poco razonable, en un punto de la pared donde las cervicales acusan, impertinentes, su existencia.
Pues las doce pinturas y los diez objetos plegables de Luis Arbondo, agrupados con el título «Montevideo por dos» invitan a un sereno y sostenido diálogo, a un encuentro entrañable con la ciudad en que se vive, despojada de anécdotas y de cualquier localismo.
Es una reflexión que transcurre entre calles y azoteas, solitarias, en un tiempo detenido pero que recoge, como al acaso, el deterioro inevitable, la incomunicación de una sociedad en clave alusiva a la situación de un país. La pintura se desdobla en continuos planos (hay una pintura de la pintura en ventanas que parecen telas), en composiciones calculadas pero sin rigidez, donde la pincelada se extiende con lentitud en colores suavemente apastelados, con predominio de azules, verdes, ocres amarillentos y algún rojo, difíciles armonías muy bien conseguidas. Esa mirada tierna, melancólica, es también la mirada de otros (por allí asoma Barradas y De Simone en algunos referentes arquitectónicos) la de una ciudad provinciana y recoleta que fue, con sencillas escaleras, rejas de hierro, claraboyas, arcos de medio punto con vidrios como pétalos, chimeneas y, en el interior, alguna jarra y una mesita. Esa riqueza y unidad tonal que envuelve a la temática, siempre mental y no referencial de la realidad inmediata, es también una mirada entristecida, doliente, de la fugacidad de la existencia.
En cambio, en la serie de objetos recortados y plegados, muy bien presentados en soporte de vidrio, interrumpe, en los blancos, como un súbito golpe de luz, el recuerdo vívido del paisaje mediterráneo que se confunde, se solapa y se empalma con la visión reflexiva sobre la ciudad en que vive.
Un aspecto artesanal que se remonta a la infancia y continúa siendo un deleite para los mayores.
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