Todas las voces en su poderosa garganta
Era un golpe muy duro, un trago muy amargo. Habíamos perdido para siempre a nuestro juicio la presencia física del mayor exponente del canto popular uruguayo, en una valoración genérica, tomando en cuenta su estilo vocal de profundas resonancias. Fue único e inconfundible, a lo que unió su notable inspiración creativa, tanto en lo poético como en lo musical.
A lo largo de treinta años de actividad artística Alfredo Zitarrosa se plantó en los escenarios en defensa de lo raigal y lo popular. En una curiosa mezcla, supo combinar el barrio, el boliche y hasta lo intelectual, junto con el arrastre rural, dando un tipo de hombre integrado a todo lo nuestro, como una suerte de identidad de la ciudad y el campo. De esa manera marcó profundamente el cantar, la poesía, la música y la sensibilidad de nuestro pueblo, como si todas nuestras voces y todos nuestros sentimientos se encontraran en su poderosa garganta.
Insobornable en sus convicciones, con un profundo sentido social en cada una de sus manifestaciones vitales, Zitarrosa fue un peregrino de los senderos del mundo, en su primera juventud por vocación y luego por los dolorosos y largos ocho años que vivió, en un exilio que lo llevó primero a España y luego a México. En esos años su voz era el símbolo de la canción uruguaya con vocación de libertad.
Un apoteósico recibimiento lo esperaba, el 31 de marzo de 1984, cuando retornó a nuestro país en una jornada en la cual miles de personas le testimoniaron su admiración y afecto, en una caravana desde el Aeropuerto Internacional de Carrasco hasta la sede de Aebu, en Camacuá y Reconquista. Esa tarde, él había recuperado a su gente y la gente lo había recuperado a él.
Sin reposición posible
Alfredo fue hombre de muchos oficios, cantor, poeta, pero le hervía el periodismo en la sangre y por ello fue informativista de radio y locutor en diversas emisoras del medio, así como notero en semanarios y revistas.
Tuvo muchos maestros en el arte, desde un compositor de la estatura de Beethoven, a quien homenajeó con una bellísima canción, hasta figuras de la cátedra y el nivel de Atahualpa Yupanqui, Carlos Gardel, Edmundo Rivero y el «Chango» Rodríguez. Pero su modelo fue la vida misma, el dolor de los de más abajo, el amor y la frustración, las auroras con banderas llevadas por miles de manos, la lucha cotidiana, la solidaridad y la ternura, en cada gesto, en cada palabra, en cada canción.
Hace dieciocho años, bajo un implacable sol de enero, el cuerpo sin vida de Alfredo Zitarrosa era trasladado por una multitud que bajaba por las calles del barrio Sur hasta el Cementerio Central. En medio de la congoja, los llantos y los aplausos, desde las veredas muchos observaban con ojos atónitos el paso de un cortejo que llevaba a enterrar, no sólo a un talentoso artista, llevaba a enterrar a un símbolo del canto de nuestro país, a un pedazo de todos nosotros.
Hoy, que ya no está físicamente, debemos alegrarnos de haber tenido a ese lujo de cantor y de artista, sin reposición posible. Sirve, para esto, recordar aquellas palabras del poeta Federico García Lorca ante la muerte de su amigo, el torero Ignacio Sánchez Mejía: «Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace…». *
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