Los insondables abismos del fanatismo
No en vano en los tiempos de la denominada Santa Inquisición, liderada por la Iglesia Católica, los cuerpos de los opositores a la omnipotencia clerical acusados de herejes fueron consumidos por las llamas.
En nombre de Dios se perpetró toda suerte de atropellos contra la dignidad y los derechos humanos, horriblemente conculcados por una ideología dominante que no toleraba el disenso ni el debate libre de las ideas.
No obstante, sin desmedro de los abundantes crímenes cometidos por el poder teocrático en el pasado, las más severas masacres tuvieron como escenario al tumultuoso siglo XX.
La proliferación de nacionalismos ciegos e irreflexivos en Europa originó el totalitarismo nazi fascista, una doctrina que promovió la inverosímil tesis de la superioridad racial mediante masivos fusilamientos, cámaras de gas y campos de concentración.
El resultado fue una hecatombe que sumió al viejo continente en la tragedia, con millones de muertos, mutilados, refugiados y destrucción por doquier. Aunque el nazismo ha alimentado abundantemente a la industria cinematográfica, la mayoría de los títulos explotó casi siempre el ángulo comercial del tema, desestimando una eventual lectura conceptual.
De la abundante filmografía que alude a los oscuros tiempos del Tercer Reich, Hollywood aportó por lo menos un filme digno de recordar: La lista Schindler, que más allá de su eventual espectacularidad cinematográfica, aporta una cruda visión testimonial.
El cine alemán, aún algo renuente al revisionismo de su historia reciente, tuvo, en La caída y El noveno día, a dos exponentes de fuerte impronta crítica.
En Sophie Sholl, película nominada al Oscar en el rubro Mejor Filme Extranjero, el realizador germano Marc Rothemund construye un friso histórico testimonial de lenguaje moroso pero no exento de crudeza, para recrear uno de los episodios menos conocidos acaecidos en la Alemania hitleriana: la ejecución de tres jóvenes opositores.
En la década de 1940 un grupo de estudiantes fundó el movimiento La Rosa Blanca, que empleó estrategias pacíficas de propaganda clandestina para denunciar los atropellos de la dictadura nazi.
Uno de los propósitos de la organización era alertar a la población sobre una inminente derrota militar a manos de los aliados y la factible destrucción de la propia Alemania.
El relato se centra precisamente sobre las actividades cuasi subterráneas de esos jóvenes, quienes imprimían panfletos que colocaban en lugares públicos de importante circulación y también enviaban por correo.
La tarea, que se desarrollaba en un sótano, era extremadamente compleja, ya que los activistas corrían el riesgo de ser descubiertos por la temible policía secreta del Reich, responsable de detenciones masivas, torturas y ejecuciones ilegales.
Narrado con una extrema sobriedad propia del cine europeo, la historia evoluciona desde el operativo de propaganda realizado por los jóvenes hasta su ejecución por el cargo de «alta traición», luego de un juicio que fue, naturalmente, una parodia.
Aunque casi toda la acción transcurre dentro del despacho en el que la joven es sometida a extenuantes interrogatorios o en la celda en la que aguardó su muerte, el filme logra transmitir el hondo dramatismo de esa experiencia pesadillesca.
Marc Rothemund construye una obra incisiva y despojada, que se transforma, a la sazón, en una suerte de duelo dialéctico entre la joven acusada y su interrogador.
Aunque el realizador cede a la tentación de idealizar a esa heroína real, el filme jamás cae en el melodrama barato que seguramente le hubiera aportado la impronta hollywoodense.
La película no es, obviamente, una radiografía del nazismo como fenómeno ideológico o sociológico ni tampoco pretende serlo sino un alegato contra la barbarie y la intolerancia de una doctrina absurda y deshumanizada.
Sin embargo, la historia que está muy bien actuada por un elenco parejo y competente enfatiza algunos aspectos éticos del tema y de la conducta humana, ensayando múltiples lecturas en torno a la fe religiosa a través del estoicismo de la protagonista.
Asimismo, presenta modelos radicalmente diferentes de nazis: el interrogador, que es una suerte de inteligente manipulador psicológico, y el juez, que es una caricatura del fanatismo.
Impacta también la morosidad casi aséptica del relato, que sugiere la pesadilla de los acusados a través de una atmósfera tensa y opresiva, soslayando la violencia explícita tan habitual en los exponentes del género.
Incluso la propia secuencia del bombardeo, que ya avizoraba los tiempos de la liberación de Alemania, asediada por los aliados, conserva la estética de la sobriedad.
Aunque se le podría imputar cierta falta de vuelo dramático, Sophie Sholl tiene, sin dudas, un inestimable valor documental, al recrear un episodio bastante difundido de los tiempos más oscuros de la historia contemporánea. Puede verse. *
SOPHIE SCHOLL. Producción: Alemania 2005. Dirección: Marc Rothemund. Fotografía: Martin Langer. Reparto: Julia Jentsch, Fabian Hinrichs y Gerad Alexander Held.
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