¿Quiénes eran los tres Reyes Magos?
Rastrear los orígenes de esta tradición lleva irremediablemente a uno de los Evangelios de la Biblia, el de San Mateo. En el capítulo dos, versículos uno al doce, se narra cómo unos magos, guiados por una luminosa estrella, llegaron a Belén para adorar y ofrecer sus místicos dones al recién nacido Mesías, burlando al infanticida más temido y famoso de la historia, Herodes. Pero el mismo San Marcos no ofrece detalles sobre su origen, ni siquiera afirma que fueran reyes, por lo que muchos autores consideran que el evangelista, que escribía para los judíos, los utilizó como recurso para realzar la naturaleza divina y el carácter de Jesús como Mesías.
Algunas interpretaciones afirman que que los reyes magos podrían haber sido astrólogos babilonios o sacerdotes persas, cultivadores de las ciencias particularmente la astronomía desde un punto de vista teológico.
Tampoco cita San Mateo el lugar o país del que procedían, aunque todo apunta a Babilonia o Persia. Babilonia era un gran centro astrológico, donde al igual que en Persia los magos eran una casta con mucha influencia. Lo más probable es que llegasen a Jerusalén dos meses después de que naciera Jesús. En cuanto al número de magos, se acepta el de tres, teniendo en cuenta el número de regalos ofrecidos. No obstante, en determinadas representaciones pictóricas, por razones de perspectiva o capricho del autor sólo aparecen dos y, en algunas ocasiones, cuatro.
Los tres nombres que han llegado hasta nosotros en la tradición occidental Melchor, Gaspar y Baltasar no son los nombres primitivos u originales de los magos, los cuales se desconocen por completo (Mateo tampoco los menciona). La representación de uno de los reyes magos como hombre de raza negra no comenzó sino hasta el siglo XIV. El venerable monje benedictino Beda, doctor de la Iglesia, los describió así en un códice: «Melchor, anciano de blancos cabellos y larga barba del mismo color; Gaspar, más joven y rubio; Baltasar, negro». Beda los consideró representantes de Europa, Asia y Africa, para así acentuar la soberanía universal de Cristo sobre todas las razas y países.
Los magos y sus nombres
Los nombres son distintos en diversas lenguas. En griego, Appellicon, Amerín y Damascón; en hebreo, Magalath, Galgalath y Serakin. Los armenios suponen que fueron doce, por lo que les asignan doce nombres diferentes.
Su destino, tras la adoración, fue incierto. San Mateo sólo dice que regresaron a su país por otro camino para burlar a Herodes.
La tradición piadosa afirma que fueron discípulos de Santo Tomás. Otros afirman que fueron consagrados obispos y murieron martirizados hacia el año 70 de nuestra era. Sus supuestas reliquias fueron transportadas de Milán a Colonia en el siglo XII, donde aún hoy son veneradas en un relicario bizantino de la catedral de esa ciudad alemana.
Otro de los enigmas de los Reyes Magos más estudiados es la naturaleza del brillante astro que les condujo hasta el pesebre de Jesús. Para muchos autores no era sino un cometa o meteoro luminoso. Hay quien mantiene que pudo tratarse del cometa Halley. Kepler, en 1606, afirmó que pudo nacer de la conjunción triple de dos planetas, Saturno y Júpiter, en la constelación de Piscis.
Por último, en la biblioteca de la Universidad de Salamanca se encuentra un curioso códice del siglo XV titulado «Historia de los Reyes Magos». Plagado de citas del Antiguo Testamento, relata su trayectoria durante y después de la adoración. Destaca además el episodio de las tentaciones que sufrieron los tres reyes a cargo de Satanás.
La estrella que los guió
Que los magos pensaron que la estrella les dirigía es evidente por las palabras que emplea Mateo ( eidomen gar autou ton astera) en 2, 2. ¿Era realmente una estrella? Los racionalistas y los protestantes racionalistas, en sus esfuerzos por evadirse del sobrenatural, elaboraron algunas hipótesis:
La palabra aster puede significar un cometa; la estrella de los magos era un cometa.
La estrella pudo haber sido la conjunción de Júpiter y Saturno (7 a C), o de Júpiter y Venus (6 a C).
Los magos pudieron haber visto una stella nova, una estrella que aumenta de repente en tamaño y brillo y luego disminuye de nuevo.
Estas teorías dejan de lado la explicación de que la estrella que habían visto en el oriente estaba delante de ellos hasta que vino a pararse sobre el lugar donde estaba el Niño (Mateo 2,9). La posición de una estrella fija en el cielo varía al menos un grado cada día. Una estrella no fija pudo moverse delante de los magos hasta conducirles a Belén; ninguna estrella fija ni ningún cometa pudo haber desaparecido y aparecido ni tampoco detenerse, naturalmente. La estrella de Belén sólo pudo haber sido un fenómeno milagroso, como fue la columna de fuego que permaneció en el campamento durante el Éxodo de Israel (Éxodo 13, 21) o el «resplandor de Dios» que brilló en torno a los pastores (Lucas 2, 9), o «la luz proveniente del cielo» que abatió a Saulo (Hechos 9, 3).
La filosofía de los magos, aunque errónea, les condujo en su viaje hasta que encontraron a Cristo. La astrología de los magos postulaba una contrapartida celestial como complemento del hombre terreno y condicionaba por completo la personalidad humana. Su «doble» (los fravashi de los parsis) se desarrollaba junto con cada hombre bueno, unidos los dos hasta la muerte. La aparición repentina de una nueva y brillante estrella sugirió a los magos el nacimiento de alguien importante. Ellos vinieron a adorarlo, a conocer la divinidad de este rey recién nacido. Algunos Padres, como por ejemplo San Ireneo, pensaron que los magos vieron en «su estrella» un cumplimiento de la profecía de Balaam: «Una estrella brillará sobre Jacob y un cetro brotará de Israel» (Números 24, 17). Pero en el paralelismo de la profecía, la «estrella» de Balaam es un gran príncipe, no un cuerpo celeste; es difícil que en virtud de este mensaje profético los magos siguieran a una estrella particular del firmamento como un signo del Mesías. Además, es probable que los magos estuvieran familiarizados con las grandes profecías mesiánicas.
Muchos judíos no volvieron del exilio con Nehemías. Cuando nació Cristo, había indudablemente población hebrea en Babilonia y probablemente también en Persia. Por alguna razón, la tradición hebrea sobrevivió en Persia. Por otra parte, Virgilio, Horacio, Tácito y Suetonio dan testimonio de que, en tiempos del nacimiento de Cristo, había por todo el Imperio Romano una inquietud y expectación generalizadas de una Edad de Oro y un gran liberador. Se puede admitir sin dificultad que los magos estaban guiados por tales influencias hebraicas y gentiles para esperar al Mesías que pronto vendría. Pero debió de ser alguna revelación especial divina el motivo por el cual supieron que «su estrella» significaba el nacimiento de un rey, que ese rey recién nacido era el verdadero Dios y que debían seguir «su estrella» hasta el lugar del nacimiento del Dios-Rey (San León, Serm. xxxiv, (In Epiphan.), IV, 3).
La venida de los magos causó gran conmoción en Jerusalén; todos, incluso el rey Herodes, escucharon su pregunta. Herodes y sus sacerdotes deberían haberse puesto contentos con las noticias, pero estaban tristes. Llama la atención que los sacerdotes mostrasen a los magos el camino, de lo cual se deduce que no habrían hecho el camino por sí mismos. Los magos siguieron la estrella unos once kilómetros hacia el sur de Belén «y entrando en la casa [ eis ten oikian], encontraron al niño» (v. 11). No hay razón para suponer, como algunos Padres (San Agustín) que el Niño aún estaba en el establo.
El significado de los regalos
Los magos adoraron ( prosekynesan) al Niño Dios y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Dar regalos obedecía a una costumbre oriental. La intención del oro es clara: el Niño era pobre. No conocemos la intención de los otros reg
alos. Los magos no pretenden probablemente un significado simbólico. Los Padres han encontrado numerosos y variados significados simbólicos en los tres regalos. (cf. Knabenbauer, (in Matth.), 1892).
Los magos escucharon en sueños que no volviesen a Herodes y «volvieron a su país por otro camino» (versículo 12). Ese camino pudo haber sido un camino por el Jordán, de tal manera que eludiese Jerusalén y Jericó; o un rodeo hacia el sur a través de Berseba, al este del camino principal (ahora la ruta de La Meca) en el territorio de Moab y allende el Mar Muerto. Se dice que después de su retorno a su patria los magos fueron bautizados por Santo Tomás y trabajaron mucho para la propagación de la fe en Cristo. La historia es narrada por un escritor arriano no antes del siglo VI, cuya obra está impresa como «Opus imperfectum in Mattheum» entre los escritos de San Juan Crisóstomo (P. G. LVI, 644).
Este autor admite que lo ha descrito a partir del apócrifo «Libro de Seth» y escribe sobre los magos algo que es claramente legendario.
La catedral alemana de Colonia contiene los que pretenden ser los restos de los magos, los cuales, se dice, fueron descubiertos en Persia, llevados a Constantinopla por Santa Elena, transferidos a Milán en el siglo V y a Colonia en 1163 (Acta SS., I, 323). *
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