Los vaivenes del Premio Figari

Escrito por: NDM

Martes 26 de diciembre de 2006 | 3:48
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Souvenir de Dachau, 1982, obra de Mario Sagradini.

La XII edición del Premio Figari del Banco Central, sigue sin encontrar un rumbo firme, audaz y de calidad superior. Salvo en 1999 en que participaron Agueda Dicancro, Jorge Abbondanza-Enrique Silveira, Cecilia Brugnini, Wifredo Díaz Valdez y Antonio Frasconi, o incluso en 1998, con el trío escultórico Octavio Podestá, Mario Lorieto y Hugo Nantes, no se volvió a encontrar la coherencia y exigencia de obras y artistas. Con optimismo, se pensó que al variar los jurados, la renovación se instalaría en un certamen de indudable jerarquía, pero venido a menos. Ahora se disponía de una sede propia, apta para instituir un centro cultural vivo y actuante, atractivo para las distintas generaciones, formativo/ informativo para las más jóvenes.

La renovación fue epidérmica. Se procedió a incorporar al premio tres unipersonales de los elegidos a efectuarse a lo largo de la temporada que, como se pudo verificar en la anterior edición, poco se agregó a lo presentado colectivamente, a excepción de los catálogos, a veces de excesivas páginas diseñadas para inducir al sueño.

La unidad que se consiguió ahora en el XII Premio Pedro Figari reposa en factores ajenos a la obra misma: los tres seleccionados tienen una extensa y, en diferente medida, alternadas trayectorias docente, gestión cultural e investigación. Leonilda González , fundadora de Club de Grabado dirigió con energía esa institución durante dos décadas, con hallazgos en la didaccia y en la edición de recordables almanaques. Como xilógrafa, impuso un estilo de insoslayable referencia local, pero que, al contrario de sus colegas Fossatti o Bresciano, no mantiene la síntesis comunicativa de sus imágenes, aferradas a una narrativa de viejo cuño, a la inevitable repetición formal con escasas variaciones.

Carlos Caffera ejerció la crítica de arte y practicó algunas curadorías, pero su inicial prestigio como ceramista fue amenguando hasta la desaparición de esa práctica sustituida, mucho tiempo después, por la elaboración de cajas y libros, usando como soporte fundamental la madera. El envío al XII Premio Figari es una torpe imitación de Washington Barcala, muy alejada de su poética de lo cotidiano y de la humildad de los materiales llevados a una creatividad de inusual envergadura. Aquí, la torpeza se instala en el deficiente corte y ensamblado de los elementos formales, mejor conseguido en la serie de objetos conocidos (y premiados) en un salón nacional.

Mario Sagradini fue, desde joven, insolente y desprejuiciado, perforador de lugares comunes y convencionales, ávido de conocer e intervenir en el medio, de asediar y sacudir los bastiones de la modorra provinciana, en contacto directo con los protagonistas. Con una intensa experiencia en varios países durante su largo exilio, mantiene una mirada alerta, entre desconfiada y escéptica, sobre la realidad inmediata. Tuvo hallazgos curatoriales (Rodolfo Uricchio, Américo Sposito, Alfredo de Simone) pero su obra realizada con fuertes propuestas aisladas ( Made in Uruguay) no ha tenido la regularidad y continuidad deseable acorde con su brío intelectual. Quizá es el único de los tres seleccionados de quien se espera una retrospectiva iluminadora de una producción escasa en muestras individuales.

De cualquier manera, el Espacio Figari debería orientarse hacia una dinámica de compromiso con la actualidad y convertirse en un centro de reunión e irradiación de los múltiples problemas que embretan al arte nacional y dar a conocer, entre otros cometidos posibles, el valioso acervo reunido a lo largo de los años. Tal como está, es un espacio convencional y anémico, al margen de la cambiante cultura local. *

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