BALANCE CINEMATOGRAFICO DE 2006

Lo mejor del año en la pantalla grande

Lejos de una visión estandarizada del cine de intriga, «Cache» manejó un potencial alegórico y jugó en medio de esa zona borrosa que separa ficción de realidad. (Filmada en video de altísima definición, la tecnología logra confundir al espectador que, en cierto momento, creía estar viendo la cronología secuencial de un pasaje «real», aunque, sin previo aviso, dicho instante es sorpresivamente rebobinado en pantalla. Poco a poco, esa impresión original de verosimilitud se va contaminando por matices desfasados que coloca al filme en cierto límite intangible entre la vigilia y el despertar. ¿Hasta dónde resulta veraz (y probable) lo que acontece en la película? Quizás no importe demasiado, aunque hay algo que sí resulta claro: nada es lo que parece. En este sentido, el término «escondido» quizás no aluda al supuesto espía (¿) que acecha a la familia sino a una versión más amplia que incluye lo que todos disimulan: una culpa nacional no asumida. Lo inquietante es que ahora, probablemente, los perseguidos se hayan convertido en perseguidores y estén al acecho. Después de todo, cada colectividad alberga la paranoia que se merece. De una turbulencia invisible que desasosiega, » Cache» impactó tanto en el público como en la crítica internacional. Ha conquistado el lauro de Mejor Película Europea 2005; el Premio Fipresci y la Palma de Oro de Cannes al Mejor Director entre otras distinciones, y se alza, con legítimo derecho, como uno de los filmes más removedores del año que finaliza.

Otro de los filmes que merece figurar en la lista de honor, sin lugar a dudas es «Hierro 3″ del cineasta coreano Kim Ki-duk. El largometraje, que propuso la historia de un joven solitario repartidor de volantes, que toma nota de las casas que permanecen deshabitadas para ingresar en ellas como intruso, adquirió un altísimo vuelo poético en su realización. Con una mezcla de un depurado realismo que se confundía con la fantasía característica de las fábulas contemporáneas, «Hierro 3″, se consolidó como un producto único e irrepetible. Una singularidad que permitió que el público ­luego de ese despegue de la «realidad»­ siguiese a bordo de ese microuniverso onírico como si se tratase de una derivación lógica del mundo «real». En resumen, la «magia del cine» llevada a su máxima jerarquización semántica. Impresionante.

Por su parte, «Flores rotas», propuesta minimalista de Jim Jarmusch sobre un personaje donjuanesco que recibe un anónimo y sale a buscar un probable hijo desconocido, se convirtió en un auténtico corte transversal de la sociedad norteamericana a comienzos del Siglo XXI. Con una sensibilidad excepcional a la hora de radiografiar el ocaso del american dream, «Flores rotas» resultó una desencantada travesía por los caminos de Estados Unidos, donde cada escena era pura poesía, y en la que un elenco encabezado por el inmenso Bill Murray otorgó lo mejor de sí en la interpretación de sus roles.

Tampoco debemos olvidar a «La corporación», de Costa Gavras, una película de relevante contenido alegórico, en caligrafía de thriller, sobre ejecutivo desempleado que decide eliminar literalmente a todos aquellos que puedan competir con él por un puesto de trabajo. Desacomodadora y pesadillescamente verosímil, la narración cinematográfica de esta lucha encarnizada por preservar espacios (en la que no se descartan el asesinato como fin que justifica los medios), supuso un fuerte golpe a la quijada del espectador.

Pedro Almodóvar también se hizo notar este año con «Volver», un delirio melodramático elevado al nivel de tragedia y cierto clima buñuelesco de las mejores cepas. Hay que ver con qué inteligencia el realizador de «Atame» profundizó en el alma de estos seres que guardan oscuras cicatrices de perversiones masculinas. Lo hizo con la destreza de quien conoce a fondo las ambivalencias de la existencia humana, logrando iluminar esos rincones oscuros sin caer en la farsa del culebrón ni dejarse enredar por una historia que invitaba al mamarracho. Por el contrario, Almodóvar consiguió que, desde un primer momento, estuviéramos frente al real grotesco de un modo de vivir y sentir que nos toca de lleno con las mismísimas raíces de la madre patria. Finalmente, cabe señalar que este friso del jardín de las delicias no hubiera sido lo mismo, por cierto, sin las maravillosas actrices que se ponen en el pellejo de esta carne trémula: desde la impagable Chus Lampreave, pasando por Carmen Maura y Penélope Cruz, todas se jugaron la ropa en cada escena. Un peliculón.

A su vez, «Match Point», marcó una de las realizaciones más sombrías de Woody Allen, un siniestro ejercicio fílmico que delató cierta cuota de inmoralidad y hasta una visión clasista sobre la hipocresía. (Un par de asesinatos fríamente calculados oscilan entre la impunidad y la condena, ya que el castigo puede depender del azar antes que de la justicia: una mirada despiadadamente frontal que, sin embargo, atrapó por la contundencia de su caligrafía narrativa, una sutil vuelta de tuerca y el ajustado guión que ­en su momento­ resultó candidato al Oscar dentro del rubro Mejor Guión Original (libreto que apuntó más a la culpa que al peso de la ley, por cierto). Un título importante, sin lugar a dudas.

La misma importancia cinematográfica que puede adjudicársele a «Una historia violenta» de David Cronenberg, otra producción de espesa negritud sobre la condición humana y sus estados alterados. Un auténtico golpe al mentón. Mientras tanto «Historias de familia» («The Squid and the Whale»), confirmó la capacidad narrativa de Noah Baumbach y el ojo crítico para fotografiar los sinsabores cotidianos de una realidad doméstica off Hollywood. Basado en su infancia en Brooklyn, el filme trazó un corte quirúrgico sobre la vida de una familia que se desintegra y los efectos colaterales que este suceso doméstico ocasiona en cada uno de sus integrantes. Sin estridencias, efectos lacrimógenos ni golpes bajos, el mesurado relato del largometraje, casi en borrador, logró radiografiar magistralmente estas pequeñas historias con minúscula y nada de maquillaje. Le sobran méritos para integrar la lista de honor. Imposible eludir, además, a «Paraíso ahora» de Hany Abuu-Assad, un título precedido en forma muy meritoria (Premio del Cine Europeo a Mejor Guión; Premio Golden Globe a Mejor Película Extranjera; Premio de Amnistía Internacional para el director en el Festival de Berlín y hasta una nominación al Premio Oscar de Hollywood como Mejor Película Extranjera, entre otras distinciones). No es para menos ya que esta coproducción le hincó el diente a un tema realmente espinoso: la inmolación de los comandos suicidas palestinos en una lucha donde religiosidad y política juegan un papel clave.

Al finalizar, aseguraríamos que, en el mismo sitial de privilegio pueden ubicarse: «Buenas noches y buena suerte», un demoledor retrato del macarthysmo, dirigido por George Clooney; «La vida secreta de las palabras» dirigida por Isabel Coixet; » El niño«, impactante realización sobre la marginalidad, de la dupla Jean-Pierre y Luc Dardenne (Palma de Oro del Festival de Cannes), la desacomodadora propuesta de «Secreto en la montaña» de Ang Lee; la imperdible Little Miss Sunshine dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris; la producción iraquí «Las tortugas también vuelan» de Bahman Ghodabi; el alucinante largometraje animado «El increíble castillo vagabundo» de Hayao Miyazaki; el entrañable híbrido docu-ficticio «La historia del camello llorón» de Byambasuren Davaá y Luigi Falorni (compartiendo honores, en igual clasificación, con «Tarnation» de Jonathan Caouette) y «La verdad incómoda» de Davis Guggenheim, inquietante mirada sobre el futuro que nos espera si no nos portamos bien con el planeta. No fue un mal año para la pantalla después de todo. *

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