El acusticazo de Joaquín Sabina
Raúl Forlán Lamarque
Sabina, que el año pasado en el Velódromo Municipal redondeó el que quizás fuera su mejor concierto en Uruguay presentando su último disco de estudio 19 Días y 500 Noches, cruzó el medio siglo de vida y no hay mejor manera que revisarlo –en términos artísticos– que despojándose de todo y, en una fase acústica, otorgarle una revitalización y probar con la desnudez que permite un show unplugged cuánta vigencia hay en su obra fundada.
Una vuelta a las raíces podría considerarse, de alguna manera, este espectáculo Nos sobran los motivos, donde no faltará la guitarra compañera de tantos recorridos como la de Pancho Varona, una especie de lugarteniente y arreglador y hasta co-compositor de algunas de las canciones del andaluz.
Decíamos regreso a las raíces, acaso porque Sabina –después de su exilio en Londres en tiempos del gobierno dictatorial de Franco– a su regreso a España y a aquella Madrid del destape y la movida que dejó retratada en una de sus mejores baladas melancólicas, logró concitar la atención de un fluido público con aquel proyecto acústico que se llamó La Mandrágora y que incluía a otros compositores excelentísimos como Javier Krahe, entre otros. Revisar la obra fundada entonces, como medidor crudo y discreto, sin estridencia alguna, de esa acumulación de rocanroles y baladas rotas (cuya influencia dylaniana, como asimismo la de Leonard Cohen son más que visibles) es todo un acierto: no hay mejor manera de chequear la posibilidad de la vigencia de los materiales elaborados en un concierto que tendrá por cierto sus refinamientos varios, pero insoslayablemente también es química despojada donde se elevan o se fracturan las canciones.
¿Todo un desafío para Sabina tal proyecto? Para nada. Pese a zonas cumbres y otras más previsibles, el cantautor posee ya ese sello de la perdurabilidad que lo sitúa más allá de cualquier consideración en contra o esas críticas tan descartables que a veces producimos los uruguayos en esta era del ya era y de la era del «punto com» a la que venimos asistiendo.
Si hasta se ha llegado a decir públicamente que Caetano Veloso –uno de los compositores mayores del siglo XX– tan sólo ha compuesto tres buenas canciones, bueno, las críticas para Sabina podrían ser aún más severas.
Pero esta mezcla de rocker del hueso y trovador que últimamente ha hecho de su obra una especie de mestizaje sonoro –sobre todo con la visita a recreación de géneros musicales latinoamericanos–, puede esbozar una larga sonrisa stone, beberse una de un soplo y salir a la cancha –como lo hará en el Teatro de Verano– con su voz cada vez más alcohólica a ladrar sus estupendas baladas rotas y esos rocanroles de una mordacidad por momentos extrema y de extrema lucidez.
Bienvenido una vez más, Joaquín. Usted mande las canciones: las de todas las épocas y las recién horneadas.
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