Los horrores de la hegemonía unipolar
Estas prácticas deleznables, que sólo esporádicamente son condenadas internacionalmente, toman como blanco a las poblaciones civiles, que padecen en carne propia las graves consecuencias de las disputas políticas, económicas y religiosas.
Sería redundante recrear los horrores del siglo XX, un tiempo histórico signado por guerras devastadoras, regímenes totalitarios, fanatismos, odio racial y «limpiezas» étnicas.
En este marco, resulta insoslayable recordar también a las genocidas dictaduras latinoamericanas, que, en el marco de la guerra fría, transformaron a la región en una suerte de campo de concentración, donde se torturó y se asesinó despiadadamente.
Sin embargo, el fin de la bipolaridad no trajo aparejado un auge de la paz, por la recurrencia de los apetitos imperialistas que siguen gobernando el planeta.
En pleno siglo XXI, asistimos absortos a una auténtica resurrección de los peores fantasmas del pasado, por las agre- siones militares perpetradas por el neocolonialismo unipolar, que arrasó las soberanías de Afganistán e Irak.
El ataque a las Torres Gemelas del fatídico 11 de setiembre de 2001 se transformó en el pretexto perfecto para lanzar una operación de represalia contra los afganos y la posterior invasión del territorio iraquí, donde jamás se encontraron las armas de destrucción masiva invocadas por las potencias occidentales.
Estas experiencias de anexión territorial y rapaz apropiación de riquezas ajenas tuvo, además, consecuencias tan o más terribles que los indiscriminados bombardeos.
Los presuntos terroristas, caratulados por los invasores como prisioneros de guerra para el consumo de las cadenas informativas, han sido sometidos a las peores torturas y vejámenes.
Quienes invocaron la democracia y la paz para justificar sus ilegales violaciones del derecho internacional están cometiendo toda suerte de crímenes de lesa humanidad.
El más famoso campo de concentración en el que permanecen confinadas las víctimas de la barbarie imperialista está emplazado en la bahía de Guantánamo, base militar estadounidense situada al sureste de Cuba.
Pese a las restricciones impuestas a la información y a la falta de transparencia, abundan los patéticos testimonios de los prisioneros que permanecieron allí privados de su libertad.
En El camino a Guantánamo, los cineastas británicos independientes Michael Winterbotton y Mat Whitecross construyen un docudrama impactante, que recrea el calvario real de tres jóvenes ingleses musulmanes de origen paquistaní, que estuvieron presos durante dos años en el lugar.
El filme, de trazo aleccionante, es realmente una verdadera crónica del horror. Denuncia la absoluta impunidad con la que actúan las fuerzas militares norteamericanas, ante la más absoluta indiferencia y prescindencia de la comunidad internacional.
El relato reconstruye minuciosamente el tortuoso periplo de estos jóvenes, que inicialmente eran cuatro, quienes fueron capturados en territorio afgano durante la fase más crítica de la ofensiva norteamericana contra el luego derrocado régimen talibán.
El traslado a la temible base de Guantánamo inicia naturalmente el tramo más removedor del filme: la pesadilla que padecieron estas involuntarias víctimas de la barbarie.
Con ajustado ritmo narrativo y sin inconvenientes excesos, los realizadores recrean la peripecia de los protagonistas de esta auténtica odisea, que se transformó, a la sazón, en un crudo testimonio de la violencia irracional.
La sobriedad del planteo incrementa los decibeles de la denuncia, que desnuda con singular contundencia las peores contradicciones de la falaz propaganda del poder unipolar.
La paranoica belicista y el odio están elocuentemente representados en el absurdo discurso de los propios carceleros, quienes, invocando el presunto carácter de terroristas de sus víctimas, pretenden justificar las más incalificables violaciones a los derechos humanos.
Recurriendo a valioso material documental, el filme aporta el testimonio vivo de los protagonistas reales de esta pesadillesca experiencia, que impacta tanto o más que la interpretación de los actores que encarnan a los personajes en la ficción.
Más allá de la mera crónica histórica contemporánea, Michael Winterbotton y Mat Whitecross imprimen a su obra un descarnado realismo, mediante un lenguaje directo y de plausible frontalidad.
Asumiendo un insoslayable compromiso con la verdad, los realizadores demuelen la mentira institucionalizada en torno a las graves consecuencias de uno de los peores conflictos de este tercer milenio.
El camino a Guantánamo es la adaptación cinematográfica de un drama real, que denuncia sin cortapisas la exasperante contradicción entre el discurso de los presuntos apóstoles de la paz y la democracia y la barbarie autoritaria. *
EL CAMINO A GUANTANAMO. Gran Bretaña 2006. Dirección: Michael Winterbotton y Mat Whitecross. Fotografía: Marcel Zyskind. Reparto: Farhad Harun, Arfan Usman, Rizwan Ahmed, Waqar Siddiquí y Shahid Iqbal. En cines Casablanca y Movie Center Montevideo.
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