ARTE

Buen fin de temporada en Buenos Aires

Si viajar es necesario, inclusive a la vecina orilla, hay períodos en que además es benéfico un alejamiento de las tristes intrigas de parroquia por curadorías o nombramientos, de la fatigante improvisación, de artículos periodísticos propios del amarillismo cultural, última moda montevideana. De, en definitiva, a falta de lo esencial, abundancia en lo superfluo, sin planificación amplia, rigurosa, estimulante a los artistas nacionales que, salvo el grupito de oficiantes cercano al poder, siguen tan desamparados como siempre.

 

Diez años de Fundación Proa

Como ya es habitual desde los últimos tiempos, lo mejor de la actividad artística se desplazó de las numerosas galerías particulares, depositarias de la tradición estética, a los museos y centros culturales más arriesgados en sus propuestas. La Fundación Proa, en el corazón de La Boca, celebró ayer su décimo aniversario, con una fiesta al aire libre y la iluminación del puente Avellaneda. En ese barrio marginal, donde el pintor Quinquela Martín instaló su taller, hoy museo, trató unir el arte a la comunidad, Adriana Rosenberg, preside con eficacia una gestión mixta privada (grupo industrial Tenaris-Techint) por donde circularon medio centenar de artistas de nivel internacional de primera línea: Rufino Tamayo, Dan Flavin, Jenny Holzer, Mario Merz, Alighiero Boetti, Jesús Rafael Soto, Lucio Fontana, Anselm Kiefer, Sebastiao Salgado, Andrés Serrano, Rosemarie Trockel, Sol Lewitt, entre los más notorios. A orillas del Riachuelo, lejos del caótico centro urbano, a pesar de la contaminación ambiental que emana generosamente del Riachuelo (ahora con obligatoria promesa a futuro de solución) se instaló la Fundación Proa, una apuesta al arte contemporáneo, un remanso para la reflexión, caracterizada por un profesionalismo sin fallas. No fue desacertada la elección del lugar. El próximo año, el barrio conocerá mejoras sustanciales y se realizará la Primera Feria Bienal de Arte Geométrico en edificios en construcción. Algo impensable en Montevideo.

 

Fluxus en el Malba

En contraste, los centros culturales y museísticos de la elegante Recoleta, con la confitería La Biela como el lugar de los lugares, diversifican sus ofertas de exposiciones. El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) supo conquistar a las generaciones jóvenes con sus múltiples actividades. Hasta fines de enero se puede ver la muestra Fluxus en Alemania, 1962-1994. En su itinerancia mundial (ya estuvo en la Fundación Tomie Otahke de San Pablo) Fluxus, el movimiento de vanguardia más importante de la segunda mitad del siglo XX, que los jóvenes ríoplatenses de hoy imitan sin sospechar su existencia, apareció de la mano del artista y empresario lituano Georges Maciunas, formado en Nueva York y con la notoria influencia de John Cage y del padre protector, Marcel Duchamp. Fluxus fue pensado por Maciunas como el nombre de una revista «del más reciente arte y antiarte, música y antimúsica, poesía y antipoesía, etcétera», convirtiéndose en una compleja red multidireccional de actividades de límites porosos e indefinibles. Movimiento netamente internacional con centros estadounidenses (Nueva York), alemanes (Darmstadt, Düsseldorf, Colonia, Wuppertal, Wiesbaden, Berlín) y ramificaciones por París, Praga, Amsterdam, Londres, Estocolmo, Madrid, Copenague y Japón. Festivales de música, danza, teatro, poesía, performances, objetos, pintura, instalaciones, video, crearon una plataforma para artistas de incontorneable referencia: Joseph Beuys, Georg Brecht. John Cage, Henning Christiansen, Robert Fillou, Al Hansen, Geoffrey Hendricks, Dick Higgins, Joe Jones, Milan Knizak, Alison Knowles, Arthur Köpcke, Nam June Paik, Ben Patterson, Robert Rehfeld, Dieter Roth, Gerhard Rühm, Takako Saito, Tomas Schmit, Daniel Spoerri, Endre Tót, Ben Vautier, Wolf Vostell y Emmett Williams.

Como sucedió con las exposiciones de dadaístas y surrealistas, con las de Marcel Duchamp (La Fundación Proa anuncia una para 2008) o Robert Fillou, los resultados de un activismo frenético, enérgicamente vital y comunicativo en el acto, deja paso a la documentación, al registro de lo que fue. Son mejores los textos, los catálogos, los libros que permiten agitar la imaginación de algo impalpable que ocurrió. Quien no asistió a un recital de John Cage (por ejemplo, en el Cine Imperio de Lisboa, 1967) o a las demostraciones de Vostell en su gigantesca retrospectiva en la Fundación Gulbenkian de la capital portuguesa o en Barcelona, la presentación del Ballet Merce Cunningham (integrado por el pintor Rauschenberg y el pianista David Tudor además), una prolongación del espíritu Fluxus, o se familiarizó con obras de Beuys, Fillou o Vautier, o, por lo menos, haber visitado a Fluxus en la colección del Museo Malpartida de Cáceres, la exposición Fluxus del Malba puede resultar pobre o insuficiente, alejada del prestigio histórico que le corresponde.

Es que, a diferencia de San Pablo, más concentrada y superpuesta en las estructuras sonoras y visuales, en Buenos Aires, Fluxus obedece a un montaje convencional y rígido, aséptico, próximo al conceptualismo. Un simpático guía conduce al visitante por anecdotarios de obras y autores pero sin trasmitir la trama oculta, el fundamento palpitante de cada ejemplar. Las numerosas obras de Beuys, una veintena, se acoplan bien con las instalaciones de video de Paik, pero son más disfrutables para el conocedor que para el desconcertado público juvenil que se inicia en los nuevos lenguajes. Sin duda que las anteriores incursiones por Fluxus del Museo Reina Sofía (excelente catálogo) o del Centro Pompidou, rozaron con mejor criterio la especificidad del movimiento, aunque de cualquier manera, lo que ofrece el Malba, es un acontecimiento a no perder, por estas latitudes tan ignorantes del arte actual.

 

Moda con identidad criolla

Aunque hay excelentes museos dedicados a la vestimenta y a la moda, los museos tradicionales son reacios a recibirla. Por lo menos con la regularidad y frecuencia necesarias. Jorge Romero Brest desde las salas del Instituto Di Tella acogió, en 1969, Pachamama Prêt ­à-porter. Innovación que no tuvo resonancia en otros lugares. Allí, la tucumana Mary Tapia expuso por primera vez su colección de moda autóctona, confeccionada con tejidos lugareños, del barracán al cuero (luego lo hará en París en famoso teatro vanguardista L´Epée de Bois) en un serio y logrado intento de moda antropológica. Sin caer en falsos estereotipos o folklorismo para consumo europeo, la folk fashion o gaucho look, apareció en Argentina en la década del 50 y germinó en buenos canteros. Con materiales todavía no consagrados por la costura (menos aún, por la Haute-couture), Mary Tapia se convirtió en pionera de la moda criolla. Con sobria elegancia, con sintética y a veces elusiva referencia a diseños de origen indígena o de la indumentaria gauchesca, produjo, luego de una minuciosa investigación, piezas únicas, no comercializables, de gran riqueza de color natural y diseño neto. La pequeña retrospectiva organizada pro Felisa Pinto y Victoria Lescano en el Malba se complementa con la audacia de diez diseñadores que pertenecen a la moda de autor, con gracia y discreción y un video inteligente.

Menos interés ofrecen las escultura en metal de la inefable Marta Minujin o las adquisiciones recientes.

 

Retrospectiva  de Ernesto Deira

El abogado argentino Ernesto Deira (1928-1986), con breve pasaje por los talleres de Torres Agüero y Leopoldo Presas, fue una personalidad artística entrañable (frecuentó Punta del Este en los años dorados de la cultura local). Formó, junto a Macciò, Noé y De la Vega, el grupo Neofiguración en los sesenta, de fuerte incidencia en el medio. Sin la sutileza pictórica de Macciò, la transgresión formal de Noé o la poética de De la Vega, Deira creó un universo expresivo de enorme coherencia y compromiso con la realidad de su tiempo que no fue por
cierto el sello distintivo de sus compañeros. Refinado y culto, conocedor del arte de todos los tiempos, caracteres identificatorios de esta excelente retrospectiva que, partiendo de los sesenta se interna hasta los ochenta. El humor, la crueldad, la ironía, la denuncia (nunca panfletaria) de la violencia, el repaso de los maestros renacentistas, su devoción por Goya o El Greco, el dominio asombroso del dibujo y sus implicaciones con la escritura, lo convirtieron en una actor principal del arte de su país. En la terraza del mismo Museo Nacional de Bellas Artes, la escultora Lucía Pacenza lucha patéticamente con el mármol de Carrara sin lograr el virtuosismo del uruguayo Pablo Achugarry que, el año pasado, expuso aunque esté, quizá, más actualizada en el lenguaje como sucede en dos instalaciones de ciudades, lo más logrado.

 

Los años sesenta

Por el Centro Cultural Recoleta, la curadora Mercedes Casanegra acierta en Los 60 en el Ciudad una abreviada visión de esa época con la aparición del informalismo (Clorindo Testa), la neofiguración (Deira y etc), el cinetismo (Julio Le Parc), la geometría (Carlos Silva, Fernández Muro), los grabados de Antonio Berni y un cuadro pobremente geométrico de Marta Minujin fechado en 1959, de su época estudiantil, lejos, muy lejos, de sus propuestas al final de la misma década. Demasiado reducida, faltó precisamente, las experiencias del Di Tella para redondear la idea.

 

Dos históricos del video

La mirada discreta se hospedó en la Fundación Telefónica. Dos históricos del video, el alemán Marcel Odenbach y el francés Robert Cahen, con curadoría de Solange Farkas, recorren aspectos de su trayectoria permitiendo una comprensión más afinada de sus estilos, ambos en viajes interiores y exteriores de gran interés.

Por el Centro Cultural de España, Un dedo en el río, fotografías de varios artistas sobre el contexto natural modificado y en Ruth Benzacar Alguien Llama, colectiva de jóvenes, olvidable.

 

Formidable grabador

En cambio, el grabador Alfredo Benavídez Bedoya (Empatía, Espacio de Arte) no deja de asombrar con su fecunda imaginación, cargada de fuerza arrolladora, demoledora de mitos cotidianos. Vale la pena insistir en una próxima nota.

Dibujos de Torres García, ilustraciones del libro Universalismo constructivo, demasiado pequeñas para un espacio demasiado amplio, en el Centro Cultural Borges y acuarelas de Fidel Sclavo en Galería Jorge Mara, dan la nota uruguaya en el panorama porteño. *

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