Neuronas y neurosis

Del dicho al hecho

La suerte no siempre acompaña. Veníamos en déficit con Gerardo Sotelo. Es uno de los periodistas que más labura, tanto en radio, en la web, en los diarios y en la televisión. Sus años de experiencia le han dado un lugar privilegiado que estaría bien ganado. Alguna vez se ha descarriado ­como aquel caso de los robos en el Parlamento–pero en general parece dominar e imponer su presencia, fundamentalmente en Canal 10.

 

Cuatro en rojo

El pasado martes 5 le seguimos todo el tiempo de «Dicho y hecho». Aparece rodeado de tres comunicadores más, José Sena, Juan Sader y Graciela Caffera. Uno espera, por tanto, un programa periodístico movido, potente, con garra pero el final da rojo en el balance. Uno debe preguntarse ¿por qué?

Debemos pensar que fue un mal día, no siempre se logra lo querido, por eso la suerte no fue buena compañera. O habrá algo más que está pensado para aligerar contenidos y ahorrar, además, palabras y así creer que con la liviandad se mantiene un programa que va en día central y en horario idem.

¿Será estratégico el cambio de estilo? Nuestra memoria tiene a Sotelo como un preguntón ágil, casi siempre dando en los puntos debidos, y lo que vimos en ese referido martes fue más bien un espacio en el que predominó la presencia de otros, de afuera, sin nervio del conductor, con poco entusiasmo en cada bloque, y con sus acompañantes gastando al mínimo su imagen en una o dos preguntas poco comprometidas.

 

Chanchos, chifles y gofios

El inicio fue dedicado a una charla sobre José Mujica, «el Pepe». Se aclaró que había sido invitado pero había excusado su presencia. Hubo un intercambio de opiniones de los comunicadores sobre si el líder emepepista podría ser Presidente de la República por su mayoría en las internas frentistas, pero además por sus años o su falta de pilchas Versace o Armani. Dedicaron sus dichos más que nada a «la bohemia», al «desaliño» de Mujica, y Sotelo llegó a reclamar que cambie su campera que estaría a punto de convertirse en un icono como el del sobretodo del otro «Pepe» Batlle, dejando colgadas algunas dudas sobre si esa prenda aguantaría mucho más. Se olvidó que «la pinta es lo de menos». Lo demás fue parte de trozos de un documental y de la entrevista que todos los canales ya habían emitido en sus informativos. Y como aderezo declaraciones de politólogos y un semiótico, con sus reflexiones grabadas, sin presencia en estudio. O sea, poco o nada para incorporar con espontaneidad.

El segundo bloque estuvo dedicado a la educación y la propuesta de reforma. Dos invitados, en este caso en vivo, que defendieron y atacaron lo que el otro decía, sin mayores interrogantes de parte del conductor, que dejó correr el tiempo sin agitación, casi como con indiferencia, sin vehemencia.

El tercer bloque tuvo como centro la inauguración del Instituto Pasteur en Uruguay. Allí todo estuvo en una grabación con datos y frases hilvanadas por el doctor Guillermo Dighiero, con todas sus esperanzas puestas en llenar un vacío muy grande en la investigación científica. También, entonces, faltó la inquisición, la consulta, el exprimir todo el conocimiento de ese uruguayo que triunfó en París y que está procurando devolverle algo a este Uruguay abandonado por tantos años en ese campo de la ciencia.

Y el cuarto, último tramo, fue apenas para hablar del «tiempo que se pasó rápidamente», de los fuegos artificiales de cada fin de año de Canal 10, y la despedida tan simple como si allí todo fuera así, elemental, sin una preocupación real de qué era «lo dicho y lo hecho», muy poco en ambos conceptos

 

Jugarretas del cerebro

Damos vuelta la página y nos introducimos en la publicidad. En estos tiempos está corriendo la pauta de uno de los mejores avisos del año, el del Banco de Seguros del Estado, ese donde la gente es malabarista, trapecista, acróbata y anda por los cielos montevideanos hasta que al final uno cae pero cae en una red segura. Merece destacar lo hecho por la agencia Punto. Hay creatividad en todos los casos con una buena banda sonora y un mensaje corto, protector.

En este repaso de los comerciales vistos en la tele hay uno que nos sumerge en una gran duda por su contradicción. El de las pinturas Lusol. Todo el mensaje se afirma en el valor de esos colores, y si uno sigue solo al locutor y lee los mensajes impresos, «para durar», termina convencido que se trata de un buen producto. Pero, siempre hay peros. La bondad de lo dicho lleva a un absurdo poco comprensible. El diálogo que se crea en las diferentes situaciones, entre un hombre y una mujer que están pintando ya sea una puerta, una pared o una reja, se desmorona por el exceso del publicitario, ya que al afirmarse por una de las partes «qué bien quedó esa puerta» el pintor muestra, pincel en mano, con cara de sorprendido, sus problemas de razonamiento cuando pregunta «¿Qué puerta?», y entonces a uno le vienen los deseos de dudar de todo porque él o ella parecen tontos, pasmados o botarates o nos están tomando el pelo. ¿Habría alguna puerta, alguna pared, alguna reja? Equilibrio es algo que se necesita para no desmadrarse. *

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